KYOTO es una ciudad que difícilmente aburre a un turista: con más de 1.600 templos budistas,
cientos de sintoístas, las villas imperiales, 200 jardines catalogados y algunos de los mejores
museos del país, despierta pasiones en las personas por lo que seguramente nos iremos con ganas
volver.

Como guardianes infalibles, los árboles de cerezo se sitúan bordeando el sendero que desemboca
en uno de los lagos más bellos de Kyoto, ciudad ubicada a 370 kilómetros de Tokyo, en el
maravilloso e intrigante Japón. Miro con fascinación la belleza del lugar, sin prestar atención más
allá de lo que está frente a mis ojos.

Cualquiera que me viera en ese instante, afirmaría que era una estatua. No podía creer aún que
estuviera en estas tierras, un lugar donde los antiguos samuráis y los imponentes edificios de
negocios, se mezclan en su cultura con tanta facilidad. Llegar a uno de los atractivos más ansiados de Kyoto, el Camino de la Filosofía Zen, es un sueño hecho realidad, porque el camino está emplazado junto a un canal cubierto por cerezos, en el que se respira tanta tranquilidad, que abundan la calma y belleza, por lo que uno se pierde dentro de sus propios pensamientos. A lo largo del camino hay diversos templos a muy poca distancia, por lo que es recomendable ir con tiempo y dedicarle al paseo la mayor parte de un día, dejando que el ambiente sea uno con nosotros. Este lugar con tanta paz, dentro del ruido de la ciudad, que se encuentra a muy poca distancia montaña abajo, se vuelve una obligación para cualquier persona que desee visitar la ciudad y sentir realmente la esencia de la antigua capital de Japón. 

La ciudad tiene muchos árboles de cerezo que adornan los caminos

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