KAROSHI: muerto de tanto trabajar en el País del Sol Naciente.

muerto de tanto trabajar

 Advertencia de que mucho trabajar mata.

Japón, 1969. Un joven en la flor de la vida que  está trabajando en el departamento de facturación de una de las grandes compañías nipona muere súbitamente en su puesto de trabajo. La investigación concluye que su fallecimiento se produjo con altas probabilidades a consecuencia del cansancio y el agotamiento físico y psicológico excesivo de los últimos meses.

Según las noticias disponibles este es el primer caso documentado de Karoshi, palabra que signifique lo que  signifique en japonés, lleva aparejada la muerte al que rotulan con ella. Como es el caso del infortunado muchacho de esta fotografía.

El pueblo japonés tratando de redimirse de la sangrienta II Guerra Mundial, encauzó sus muchas energías vitales a la reconstrucción de un país roto y destrozado por las bombas de Hirosima y Nagasaki, y el horror colectivo de la locura humana, prisionera ciega de las fuerzas destructoras de una noche tenebrosa y oscura, donde las luces de la razón se apagaron y el militarísmo irrumpió con el lenguaje de las armas más atroces, quitando la paz del mundo.

En apenas una veintena de años, resurgió Japón de los escombros y de las cenizas, ostentando para el asombro de la humanidad el ranking de segunda potencia económica, hablando de tu a tú a los norteaméricanos, primeros en el escalafón planetario.

Este noble pueblo cuya obediencia jamás cuestiona las órdenes dadas avanzó a pasos de gigante en la línea del progreso y las prosperidades materiales. Pronto sus productos tecnológicos inundaron la tierra y las grandes corporaciones, las mastodónticas compañías, atraían el dinero como si fueran el centro magnético o el campo gravitatorio de un agujero negro del universo.

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Este llamado milagro fue posible a que el pueblo japonés trabajaba hasta la extenuación como una obligación sagrada al igual que consideraron la suya los kamikaces pilotos de los aviones de combate.

Y, así, por amor a su patria, se han ido dejando la vida en el trabajo obedientes a ese destino. Pero aquellos logros que engrandecieron a una nación han traído consigo un problema social de inmensa magnitud humana, de tragedias familiares que ya no tienen arreglos, y que están soliviantando los espíritus más dóciles y sumisos, ante una realidad que los humilla y empequeñece por su atrocidad. Esta cruel y tristísima realidad, se llama Karoshi, nombre con que los japoneses han etiquetado la barbarie laboral de la muerte súbita en el puesto de trabajo. 

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Las cifras del Karoshi bailan al son de quien toca la música, como cuando en una guerra, se falsea el número  de bajas tratando de confundir y desorientar al enemigo. Si el Gobierno nipón fija en sus estadísticas las víctimas del Karoshi en algunas centenares al año (reconociéndo pues, que la problemática existe) el Consejo Nacional de Defensa de Víctimas del Karoshi, según sus estudios las eleva a miles y miles de afectados tantas como 10.000 en un año. Miren por sus propios ojos como sucumben estas personas al stress y el agotamiento.

 

¿Qué familia puede exigir esto a unos de sus miembros? ¿No es este un precio demasiado alto que pagar en una sociedad civilizada? ¿Qué esposa o qué hijo quiere que su padre o su madre termine así?

¿Queremos que este sea nuestro padre?

¿Tal vez este que aún aguanta sin morir pero depresivo?

¿Es mejor tener abundancia material y no tener padres?

¿Son santos porque mueren para una empresa?

¿Que, sigo poniendo fotos? Tengo muchas que podrían herir la sensibilidad y nuestras conciencias. Pero creo que, con que las padezca yo, eso que se ahorran ustedes.

Karoshi es algo que debiera sonarnos a maldito y que se hace necesario erradicar de la praxis  de las corporaciones y de las multinacionales a quienes les cuesta bien poco sustituir a nuestro padre o madre o hermano o hijo por otro a los dos días de su entierro. Pero, ¿quién lo sustituirá a nuestro lado y en nuestra casa? ¿Acaso hay más de repuesto como el que ocupará su sitio al día siguiente en la fábrica? ¿De verdad que tenemos repuestos para nuestra familia?

 

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A las personas no nos fabrican en serie como a los automóviles.

 

¿Hay alguna cadena de montaje que fabrique en serie, padres y madres, hijos y hermanos, abuelas y abuelos, para que podamos darnos el lujo de perderlos como si tal cosa? ¿Merece nuestra familia un final como ese, el final que le dan las empresas como si no pasara nada? ¡Nos pido a todos que reflexionemos sobre ello!

La plaga de el Karoshi a traspasado las fronteras del país del sol naciente y su virulencia se propaga imparable a la China, Corea, Taiwán y los países limítrofes en una escalada que está dejando viudas y huerfanos para avergonzar al más duro de los hombres. Desde aquellas lejanas tierras orientales, desde aquel emporio asiático, oigo el grito desesperado de sus hijos abandonados a una muerte horrible, el mismo grito desgarrador que oigo ya en el occidente europeo.

 

 

¡Todos regimentados a la prusiana con la misma frialdad de la maquinaria guerrera! ¿Que más da que el modelo empresarial japonés destruya a sus hijos? De la misma manera que se exportan sus productos se exportan sus métodos revolucionarios en el arte de tratar a sus empleados. ¡Los que mueran los cambiaremos por otros que están esperando en las largas filas del paro! Tenemos material humano de sobra recursos suficientes aunque haya que cambiar las plantillas enteras cada seis meses. ¿Qué más da que tú estés o no? El mundo seguirá igual sin ti.

Fue en la década de los 90 cuando los periódicos occidentales empezaron a airear las informaciones sobre el Karoshi y sus adversos efectos sobre la población laboral. Miles de ejecutivos y de mandos intermedios y ni se sabe cuántos de los de más abajo morían de ataques cardíacos o derrames cerebrales por el aumento de la presión sanguína a consecuencia del estrés y de la tensión acumulada, y de la falta de descanso y de ocio.

Las muertes de ataques al corazón se disparan pòr el agobio.

Igual que los ataques cerebrovasculares. El estrés mata.

Como pueden ver este no es un asunto baladí. Por el momento solo se habla esporádicamente de ello silenciando así la voz de las víctimas débiles y oprimidas por un mundo injusto, egoísta y cruel.

Hace algunos años que el Gobierno japonés abrió oficinas de información para que sus súbditos del extranjero sepan algo sobre este tema que a mí me enerva tanto. Incluso ha sido debatido ante un subcomité de los Derechos Humanos de la ONU. Y en Japón se ha establecido una especie de protocolo para cobrar compensación si se demuestra la muerte por Karoshi. Pocos cobran para los que tenían que cobrar porque probarlo puede matarte de desesperación.

Con la crisis las empresas se han vuelto más despiadas si cabe de lo que eran y casi exigen la muerte de sus empleados para salvar sus beneficios. Los largos horarios japoneses que tanto hemos criticado desde hace años ahora son los nuestros y tenemos que callarnos porque una palabra nos pone de patitas en la calle con lo de ejecución social que eso conlleva. De doce a quince horas o más podemos hacer por día si a alguien en la escala de mandos se le cruzan los cables y sin tenerlos cruzados también. No vale la pena ni ir a descansar unas horas en casa.

Vamos tan exprimidos que ya nos pasa lo que a los japoneses. Están tan, tan cansados, que se duermen en cualquier parte hasta la más inverosimil como en el suelo en los vagones de metro.

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A muchos no les merece la pena el tiempo que gastan en volver a sus casas y duermen en hoteles cápsulas por lo que la familia no les ve el pelo tal vez en todo el mes. Conque buscan una super-realización mediante el trabajo terminan convertidos en trabajólicos que es la nueva forma de llamar a los adictos al trabajo. Pronto tendremos asociaciones de "Trabajólicos Anónimos". Tiempo al tiempo. Si pueden lean algo de lo escrito sobre este tema por Brian Robinson. En internet lo encontrarán seguro que pasan un buen rato.

 

 

Un buen entrenamiento para acostumbrarse a la idea de que pronto nos meterán en un nicho parecido pero del que ya nunca saldremos por culpa del Karoshi. Por desgracia este va ser el panorama general y no va a actuar aleatoriamente.

 

Nichos para los cuerpos que no vivieron en vida de tanto trabajar.

 

Al menos aquí la familia podrá venir a vernos aunque nosotros no los veamos a ellos. ¡Y no, no nos explotarán! Libres al fin, al fin, libres. Las empresas aquí ya no nos quieren porque no somos productivos.

Te diría que no lo pensaras y dejarás tu comentario. Un saludo.

 

Ver más:  http://artigoo.com/holocausto-laboral-globalizacion

Más de 10.000 japoneses mueren al año víctimas del KAROSHI.

En Japón el Karoshi mata más de 10.000 japoneses al año.


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