El mayor activo que tiene una sociedad es, indudablemente, la capacidad, la imaginación y la iniciativa de la juventud. Pero todos estos valores se quedan anulados por culpa, principalmente de dos factores; en un primer lugar, el sistema educativo es impropio de un país avanzado, ya que no se buscan las posibilidades reales de los estudiantes y así es muy difícil hallar las vocaciones necesarias que actúan de engranajes en el progreso del Estado. Desde pequeños se les quiere orientar por un itinerario sin haber analizado en ningún momento cuál es el camino adecuado en cada caso en particular. Ellos son muy jóvenes para decidir sobre qué quieren hacer, y nosotros somos lerdos pastores que no sabemos qué pueden en verdad hacer. Es imposible orientar a un adolescente para su futuro, cuando no tenemos la capacidad de elegir ni tan siquiera el nuestro. Todo esto genera desgana, aburrimiento, fracaso en definitiva.

Por otro lado está la actitud de la sociedad ante el joven que, carente de oportunidades y vilipendiado en su formación, vegeta pues no tiene otra cosa que hacer. Lo fácil es encuadrarlos en grupos con apellidos peyorativos (como lo de la generación Ni-ni) y convertirles en el problema, desviar hacia ellos las culpas de nuestra impotencia, responsabilizarles de su situación cuando los únicos causantes de todo el desaguisado hemos de buscarlos en el origen. Y en este origen estamos, como en una escalera, todos los adultos; abajo, en el primer peldaño, los padres. Avanzas al segundo, los centros y sus profesores. Sigues subiendo, los rectores públicos que mal ejecutan malas leyes educativas. Y arriba del todo, los grandes autores del crimen que se está cometiendo con la juventud, los responsables políticos, inútiles, incapaces e indecentes gestores de los destinos del Estado, más preocupados de asegurarse su futuro personal que de garantizar el de toda la sociedad. O esto cambia desde ya, o alcanzaremos el punto del NO FUTURE.

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