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La obra de este pintor andaluz se puede admirar en su Museo de Córdoba, su ciudad natal, donde se encuentran muchos de sus cuadros donados por sus familiares y descendientes. Nació en 1874 y murió con solo 55 años en Córdoba donde transcurrió su vida y trayectoria pictórica y pese a morir muy joven dejó un legado para el arte de gran importancia y valía. En la Córdoba de primeros de siglo donde las clases altas podían elegir a sus criados y a sus amantes, Julio Romero gustaba de pintar escenas costumbristas, reflejos de la vida cotidiana y como no, le fascinaban las mujeres cordobesas bellas como ningunas con sus ojos negros y profundos, reminiscencias de un pasado morisco.

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Hijo del también pintor y director del Museo de Bellas Artes de Códoba, su vida trancurrió entre cuadros y pintores por lo que su formación desde niño era muy consistente y además poseía una gran vocación. La que fuera su musa por más tiempo, Amalia Fernádez Heredia, era una gitanílla que se quedó huérfana con solo ocho años y se buscaba la vida recogiendo cartones y bailando con un grupo flamenco en teatríllos, fiestas familiares o celebraciones de cualquier tipo. Según propias confesiones, cuando julio la pintó por primera vez teniá 19 años y le siguieron después unos veinte cuadros como figura estelar o secundaria si el cuadro lo requería.

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Amalia posaba por diez reales diarios que le quitaron de pasar hambre y el pintor la plasmó con su piel tersa y morena en varios de sus mejores obras. Pero Julio tuvo otras modelos y una de ellas pasó a la historia de este país por aparecer en los antiguos billetes de cien pesetas. María Teresa López, que era de origen argentino pero afincada en Córdoba que posó también para el cuadro "La cuiquita piconera" y por los avatares del destino murió pobre en un asilo y sin una de esas pesetas en las que su rostro aparecía.

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Muchas historia y leyendas se han contado por Córdoba del artista que pintó la mujer morena cordobesa, pero la anécdota sobre la gitana es la más bonita y en cierto modo romántica. Se dice que estaba el pintor sentado en la terraza del casino y escucho como un rico terrateniente comentaba a su criado al pasar la gitanílla, "a esa morena tráemela". Julio Romero se levantó y adelantándose al criado alcanzó a la joven y le propuso, "soy Julio Romero de Torres y me gustaría pintarla a usted". Así fue como la gitanílla entro en la vida del pintor.

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En aquella época, donde la hipocrecía y la falsedad imperaba entre la gente, ser musa de un artista la estigmatizó y llevo siempre la etiqueta de ser la amante del pintor. En los años que posaba, con los diez reales que Julio le pagaba, su vida floreció y se la veía alegre y lozana pero el pintor murió y la gitana de los bellos ojos moriscos volvió a la miseria y su rastro se perdió para siempre. Solo su rostro enigmático y bello, destaca en los cuadros del museo.

 

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