juana isabel

Juana Isabel nació un siglo después, al que pertenecía su corazón.

Ella parecía un ángel, una mariposa, una amiga, una esposa, y una dulce flaca; o por lo menos, así la llamaban los hombres que la rodeaban, y creían poder intentar nombrar algo de ella, pero Juana Isabel no se sentía mujer, claramente, en realidad de ninguno.

Bueno había uno, con el que se arriesgó, otro con el que se arriesgaba, con el sigilo que él mismo le enseñaba, y otro con el que quizás se arriesgaría. Lo que faltaba por definir, era si esas conjugaciones de tiempo del verbo arriesgar, se transformarían en amar, y si ellas, pasado, presente y futuro, serían acciones conjugadas con hombres diferentes, o finalmente serían con el mismo, o también sería posible, que al final de cuentas, no fueran con ninguno.

Un escritor extranjero, un amigo de universidad, un profesor de colegio, un piloto de aviación y un ajedrecista, eran quienes osaban rodearla. Tratando de asir y a su vez, esquivar el deseo de Juana Isabel, tan femenino, como la conugación desear;  al mismo compás en que la endulzaban con eufemismos, que a veces, la distraían de lo que ella necesitaba.

El escritor venido del Uruguay, era un hombre perfecto, no tenía presa mala, como le decía alguien, para referir que era un hombre realmente atractivo y tan apuesto como él solo; contaba con la dulzura de lidiar la cotidianidad de Juana Isabel , de acompañarla y cuidarla al vaivén de un acento, con sabor a tango. 

Inventaba una casa en el árbol cada día para ella, y un mundo de fantasía en el que su amor decía él, viajaría por el mundo de sus cuerpos y sus letras. Le gustaba pasar con ella las rutinas de lo diario, las minucias de la vida y estar atento de todo lo que para JUANA ISABEL fuera importante, desde comer, caminar, hablar, pasear, dormir, hasta soñar, dudar y escribir. Este la llamaba, mi mariposa.

Inventaba dulces circunstancias para intentar algún roce a la piel, que los unía de a pocos en una canción dedicada, en una milonga, en noches en un pueblito cercano a la capital, en las que avanzaba despacio, muy despacio, como si sintiera que cualquier paso en falso, la haría a la mariposa, deshacerse, y volar de él.

Su amigo de universidad, era un hombre embebido aún en el letargo de letras muertas, aprendidas de libros y autores, le proponía caminos otoñales para acompañarse en los días y las noches; anhelando pasiones refundidas, que según él redescubría al lado de Juana Isabel.

Era medido y racional, la entendía y se comunicaba permanentemente con ella por teléfono, wasap, correo, y le regalaba largas conversaciones en las que la escuchaba sin dormirse, le ayudaba a atar cabos, en medio de las cantaletas femeninas sobre las búsquedas fundamentales de la vida y compartía el mejor capricho posible de vivir con ella: el helado. La llamaba, mi dulce flaca.

Este, quizás por la confianza relativa, ganada con los años, le insistía con tranquilidad y mucha decencia, en quedarse a dormir con ella, como lo hacían antes, cuando dormían como hermanos, pero ahora con la claridad de buscar en su abrazo, algo que decía él, no volvería a dejar pasar, por un excesivo respeto, del que siempre se arrepintió.

El profesor de colegio, era un hombre casado.

La asediaba con conversaciones subidas de tono, que a ella incomodaban a veces, y otras le hacían reír, ante el descaro de su urgencia. Le aseguraba como un viejo zorro, que dejaría su vida marital, solo por una oportunidad al lado de Juana Isabel, ya que según él, ella le parecía a lo largo y ancho, era la mujer que él buscaba, a quien había esperado por algunos años, con la que él creía que viviría siendo él mismo, y la amaría con ternura, cuentos, paseos, y dedicación. Sin intromisiones, enfatizaba.

El le proponía abiertamente todo, en medio de cierto romanticismo inventado, que JUANA ISABEL esquivaba con la sentencia clara, de no meterse con hombres casados, a lo que él le proponía una solución fácil, separarse y ahí sí volver a hablar, si ella tan solo le regalaba una minúscula esperanza. El decía que ella era un ángel allegado desde la sonrisa, para él.

El piloto de aviación, había sido su esposo por varios años; contaba con la fuerza de un hombre de familia, que construye y arriesga bondades compartidas, también contaba a su favor con los años de convivencia en la que habían aprendido, los vericuetos de la compañía y de ser felices en medio de un amor tranquilo.

El le pedía un nuevo tiempo juntos, para resarcir lo equivocado, para vivir los secretos entrañables de un hogar, y para morir a su lado.

El ajedrecista, no prometía nada, no proponía nada; se imponía creyéndose seguro en ella, posiblemente porque así lo fue, por algún tiempo.

No la nombraba más que como una amiga, pero también de manera dulce y lenta le decía que la quería, y de maneras sutiles la consideraba suya; Juana Isabel lo quería más de lo que se imaginaba; no entendía por qué lo quería, pero le derretía esa manera en que él se rendía a sus propias barreras, la específica dulzura de sus besos y la sensualidad que no controlaba, que resultan siendo las dos caras de la ternura.

El la requería para resolver enigmas propios, sobre sus silencios, no sabía si para algo más, no sabía si quería algo diferente; daba pasos medidos y simples, cuidando quizás no desbordarse en caminos que no se le antojaban; la visitaba, conversaba con ella y de cuando en cuando, se fundían en un éxtasis de magia, que alguien llamaría pasión, siendo un revuelto de juegos, risas, deseos, intimidad, compañía, exploraciones, entregas, y deleite.

El en su simpleza, ya que parecía no le gustaba vivir con ella, nada más allá de los posible en las cuatro paredes de sus delirios compartidos, dejaba escabullir y atrapaba a la vez, algunos arranques de la posibilidad del amor.

No había entre ellos, ni más, pero tampoco menos, que eso.

Juana Isabel lo quería; deseaba estar a su lado, no esquivaba su abrazo, era el único abrazo que no rechazaba, pero también esperaba lo que sucedería al abrir las paredes de sus encuentros, pues al compás de un duelo de ajedrez, entendía que su vida no dependía solamente de lo que él quisiera, ni de lo ella quisiera, sino de un deseo compartido, y si no lograban encontrarlo, pues no había nada más qué hacer.

Cinco hombres, cinco historias posibles, ninguna verdadera como futuro, como diría la novena popular.

Con el escritor extranjero, sentía la plenitud del exquisito cuidado cotidiano, con el profesor de colegio, el halago de la persistencia arriesgada en la adultez, de un supuesto deseo, que en realidad ella no compartía. Con el amigo de universidad, la antigüedad juvenil de la historia, con el que fue su esposo, la tranquilidad cierta de lo vivido, y con el ajedrecista... con el ajedrecista, el intento a fondo, muy a fondo, con la suavidad femenina y el empuje masculino, de una historia no finalizada.

¿Qué deseaba Juana Isabel? Quizás deseaba todo, o quizásm nada de eso.

En ese momento solo uno de ellos, contaba con su deseo inquieto y fiel; con él aprendía a vivir sola, a vivir queriendo a un HOMBRE ausente, un hombre que quería solo partes de ella, y eso claro, la hacía también replantear su manera de quererlo. Ella no sabía si eso era lo que quería para su vida, aunque por ahora tal vez, era lo que necesitaba.

El profesor de colegio y su amigo de universidad, no tenían esperanza con JUANA ISABEL, ninguna, ni remota, ni cercana; así se los aclaraba, cada vez que ellos se lo permitían y se detenían a escuchar; el escritor extranjero, era una dulce pregunta abierta que no la soltaba, y su exesposo una historia que la confundía.

Pero en medio de ellos, Juana Isabel, atravesaba su propio deseo, lo que creía que anhelaba con tanta certeza, ya se le antojaba insuficiente, y lo que ahora se le antojaba, empezaba paradójicamente a desprenderse de sus avatares al lado de un HOMBRE.

Al empezar a sentir que quizás, no necesitaba de ninguno,  era como si ella empezara a ser otra MUJER; surgía entonces, una nueva pregunta, ¿qué seguiría ahora, para Juana Isabel? ¿qué hombre sería, al que amaría esta mujer?

Comparte este Goo:

¿Tiene contenido inapropiado?

Comparte este goo con un amigo: