Llegó en una noche anticipada, sería después y allá; pero llegó aquí, cuando aquí era ella, y era hoy.

Juan Márquez, llegaba de Montevideo, luego de un pequeño viaje a su tierra, que según él sería muy largo.

El tiempo con él era incierto, un domingo era un sábado, un después era un ya, la espera tediosa de varios días, la convertía en imperceptible y cuando ella empezaba a extrañarlo, aparecía por cosas que solo a él le pasaban, como decidir volver antes que después, porque no encontraba sus gafas para leer, diciendo haberlas dejado con ella, aun cuando él las llevara puestas.

Al tiempo lo convertía en un capricho, como un mago sacando un conejo y no un pez del sombrero; sabía bien que el tiempo nombra la ausencia.

Juan Márquez, era experto en engañar a la melancolía, que la ausencia trae; entonces cuando se iba, que de hecho nunca lo hacía del todo, dejaba un operativo dispuesto para rodear a Raquel, de aromas, huellas y edecanes como para un vals del futuro, y como filigranas de su encanto y presencia.

Al volver llevaba una caja beige, envuelta en cinta lila y morada, color mariposa. Era su presente, ante su incierta ausencia para Raquel. Ella lo destapó evocando las navidades con su abuela, hacía mucho no le daban una cajita con algo adentro; encontró en ella una botellita con rastros de un mar celoso, que llevaba el nombre de Juan. El señor Márquez, le habló de una cancioncita que lo acompañó en sus días de viaje, él la tarareó en medio de las vigilias mientras hablaba con la sirena consejera de los náufragos. A ella le expuso su caso, ante una corte encaravanada de estrellas, algas y caballos de mar que hacían la venia a la sirena.

Al final de escuchar los detalles, la sentencia de la dulce consejera, fue matar al marinero del que él hablaba con desdicha, un marinero que le robaba a RAQUEL; para eso le recordó el cuento antiguo que relataba la cancioncita que JUAN MARQUEZ tarareaba: el mar se enamora de una mujer que duerme entreverada con un hombre fuego y ella tierra; hacen llamas al amanecer. El mar ya no soporta verla, prefiere no mirar, porque está loco por ella, al evitar mirar el dormir de ella con el hombre en la playa, priva a las playas mismas de sus olas. Entonces, creyendo que el hombre, es su único obstáculo, lo enviste mientras éste marineaba desprevenido, robándolo al mundo acuático, donde solo sería ya un recuerdo para la mujer, como quizás lo es el poema.

Juan Márquez, era un dulce mar celoso, que en ese momento le rogaba a Raquel, no dejarlo más, sumido en la tortura de pensar en ella durante sus noches; envidiaba la oscuridad que la arropaba, la luz que la despertaba y no soportaba pensar más, si algún marinero dormía a su lado. Raquel se sintió encandelillada, ¿ hay acaso algo más dulce, que un hombre celoso, con tanto encanto?.

En la cajita beige, con alas moradas como una especie de mariposa ulises, había algo más, era un vestido blanco, empacado como para una princesa, con petalitos de rosas rosadas que lo hacían simplemente irresistible. Era un vestido diseñado para RAQUEL, en lugares y tiempos ajenos a ella; un vestido blanco, para el día en que ella duerma con el mar, durmiera con Juan.

Juan Márquez, le pidió despedirse de cualquier hombre o dios y mejor, fundirse a él, rociarse de su agua salada, salvar las playas que lo esperan, desterrar cualquier marinero de otra estirpe a la de los amantes, regalarle su canturreo al amanecer, y derretir sus letras de mujer en sus cuentos de MAR, para pertrechar la novela de los dos.

Raquel lo miró, lucía iluminado por la luna que cargaba en su cabeza y no se resistió al encanto de sus celos, ¿cómo hacerlo, acaso quien sería ella si lograra la indolencia de una mujer ante un MAR celoso?, finalmente los marineros, van y vienen con las olas del mar, sin luchar por la mujer del puerto de las aguas, necesitando siempre despedirse; pero este mar la necesitaba con la fiereza de no soltarla, y eso era suficiente para ella.

Juan Márquez, le hizo una promesa, si dedicas para mí ese vestido blanco, yo dedicaré cada minuto de mi vida a hacerte feliz; al fin y al cabo ya dediqué mi vida a todo, y al fin y al cabo repitió, hacerte feliz convertirá a este Tritón en el hombre que no cesará de dormir contigo; dame un beso amor, y espera quietica.

el hombre mar

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