Sobre el Camello y el Desierto

Dunas que como marea pasmada truncaban el desierto.

El, cargado a cuesta árida, con el grano de arena a la deriva en la pantalla de la ventisca vetada de la estéril montaña, volviéndose uno con las piedras lentamente envolviendo cactus y lagartijas en el eterno ahora que el recuerdo nunca acaba de sujetar entre migajas de espejismos, impulsado por su laguna hasta el nuevo cargar del viejo gesto al lanzarse hacia el que.

Tras el huracán perseguido por huellas desdibujadas fervientemente en su colonización de la última gota vuelta rivera.

Calor a color en sed insaciable sofocándola, en su largo caminar en rasgadas laderas que en su rutinario visitar fueron cuna sobre el desierto y armería de cinceles, luz entre rendijas entonando el silbar del viento en puerta de cosmogonía al oído de la isla del tiempo, al joven camello a voz de hueso acompaña, ante la gota de sudor que lava el hollín del inhóspito preámbulo, en fe, al abrir de parpados y sentir de rugosas palmas.

Sobre el Viejo Elefante

Sobre el Viejo Elefante

Miel de nube marfil acudiendo a su memoria

Como las cicatrices y arrugas lo hacen a su piel

Despaciosa vida de tortuga que estalla en desenfrenado sacudir

Con grueso aguante guerrero y canto colosal errante de agua

Estremecido de la libertad en vuelo de paloma

Cuando la sombra se devora al sol jugando cual luciérnaga

Hasta que la obscuridad cae otra vez en su sitio, con la mañana

Y brilla su rostro estrujando la agonía

En envilecido corazón de socavón de ultratumba

Con llave de incendio la humedad sollozante evapora

Allá va corriendo con su silueta de martillo oxidado

Entonando la jungla y la rivera en extender de selva y costa

En caminar aturdidor de niño jugando

De cofres de hoyuelos y de lágrima enterrada

A vórtice de tonos en vestidura de arcilla y roca.

 

Allá va corriendo con su silueta de martillo oxidado

Calor a color en sed insaciable

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