Pidiendo disculpas por la comparación, la política se ha convertido en el mayor espectáculo del mundo, en un circo en el que no falta de nada. Tenemos magos, audaces timadores que sacan conejos de plástico de chisteras vacías y hacen desaparecer grandes cantidades de dinero sin usar  polvos mágicos. Contamos con expertos domadores, valientes personajes que con el látigo impositivo controlan unas fieras cansadas y adormecidas a las que ya no les quedan ni dientes para masticar. Los trapecistas ejecutan sus números enganchados a cables  y con doble red para protegerles en sus caídas, mientras los malabaristas se pasan entre ellos los bártulos del poder. Los acróbatas realizan piruetas destinadas a provocar el asombro necesario para que el respetable no se percate de lo absurdo de sus ejercicios, y los mimos, personajes inexpresivos e insustanciales, pululan por la arena llevándoselo calentito sin hacer nada.

Y, cómo no, los payasos, los más numerosos. Está el payaso tranquilo, listo y astuto, que con su maquillaje discreto y su comportamiento correcto, lía todo el embrollo. Después, el despistado, que no sabe nada, que pasaba por allí y al ver luz entró. Intenta repartir a la vez que esquiva los golpes con maestría. Y, el tercer componente, el más gracioso, el que se las lleva todas a la vez que intenta soltar alguna; es el más torpe, pero acapara toda la atención, todo gira en torno a él. Les acompañan los bufones, secundarios que marean más que actúan, y ya tenemos la compañía casi completa. Casi, porque no hay circo sin mujer barbuda. Y la echamos en falta. Hasta que, por fin, parece que se va a incorporar.

Eran pocos los trepas, y parió la burra. Ha olfateado negocio y se ha lanzado en picado. Seguro que aún queda algo de carroña para él. Y si no, ya se la buscará. El amigo Joan Laporta de tonto no tiene un pelo; apoyándose en la popularidad que le proporcionan otros, los futbolistas del Barcelona, no está dispuesto a dejar escapar la oportunidad de meter sus manos en la saca. Se sabe vender muy bien y maneja la voluntad independentista de algunos en beneficio propio. Si la regeneración política de este país pasa por elementos como este señor, estamos perdidos sin solución. Tenemos dos opciones; o compramos entradas y acudimos como espectadores al evento, o le pegamos fuego a la carpa. Me inclino más por lo segundo.

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