Frotaba con sus manos aquellos ojos, todavía seguían algo cerrados después de haber pisado con sus fríos pies el suelo al salir de la cama, Jimena había llorado gran parte de la noche hasta que sus ojos habían cedido al sueño, las estrellas lucían en la oscura noche a la vez que desaparecían cuando los primeros rayos de sol anunciaban el nuevo día.

Le había hecho daño, se sentía como un jarrón roto en pedazos, la había cogido, usado y tirado, la ira se había cambiado por todas las mentiras que habían sido parte del día a día, nadie la había herido como él, y sin embargo seguía hablándole igual que antes, ¿ no se daba cuenta de que eso le dolía?

El no se daba cuenta de que a Jimena le dolía, sin embargo, Jimena tampoco se daba cuenta de que en otra cama también alguien había llorado, y también él se preguntaba si Jimena no se daba cuenta del daño que hacía.

Ninguno de los tres estaba cómodo, ninguno de los tres disfrutaba con la situación, y ninguno había pensado si al otro le hacía daño.

Sin quererlo proyectaron en los demás, lo que ellos le habían echo, lo habían sufrido pero no habían reparado en el que venía detrás, que había sido el blanco de lo que a ellos le habían echo.

El aire era frió en aquella tarde, había llovido fuerte, y la naricita roja de Jimena era la primera en sentirlo, esperaban los tres en la plaza debajo del reloj, el saludo fue frió y tras eso vinieron los gritos, que al poco tiempo les acompaño el silencio.

Ahora habían parado a percatarse del otro, el de abajo reclama al del medio lo mismo que el del medio reclamaba al de arriba, y el de arriba contestaba al del medio de la misma manera que el del medio contesto al de abajo.

El daño lo habían echo los tres aunque ninguno se hubiera dado cuenta, y lejos de ese circulo la cadena seguía, lagrimas ante heridas.

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