¿Estamos ante un hombre de carne y hueso o ante un mito? El debate sobre esta cuestión, surgido a finales del siglo XVIII, sigue abierto y cuenta con una abundante bibliografía. Hemos resumido los principales argumentos de ambas posiciones para hacer un balance y extraer algunas conclusiones.

Nadie cuestionó la existencia his­tórica de Jesús hasta finales del siglo XVIII. Constantin F. Voney (1791) y Charles F. Dupuis (1794) fueron los primeros historiadores en plantear la duda, cuando el racionalismo triunfante decidió examinar críticamente las fuentes. Desde entonces, y hasta la segunda mitad del siglo XX, se registra una corrien­te de autores escépticos, provenientes de dis­tintos campos del saber, que se inclinaron a creer que Jesús es sólo un mito. Los argu­mentos de mayor peso para sostener esta te­oría fueron los siguientes:

  • Fuera de los Evangelios, que pertene­cen al género apologético y propagandístico, no puede aducirse ninguna base documental que permita establecer su existencia históri­ca. En cambio, la simetría que presenta con los mitos y cultos solares de su misma épo­ca, como el de Mitra, sugiere que se trató de una leyenda inspirada en éstos.
  • Ningún historiador judío, como Filón de Alejandría o Flavio Josefo, habla de Je­sús, a pesar de haberse ocupado ambos de la historia de Palestina durante el período que corresponde a su vida. Tampoco Justo de Tiberiades, que fue su contemporáneo.
  • Entre los historiadores romanos, sólo hay una referencia de Tácito, en el siglo II, que recoge lo que creían los cristianos sobre la muerte de Jesús, no lo que él piensa.
  • Los pasajes de las Antigüedades judaicas de Josefo que lo mencionan son interpolaciones posteriores realizadas por cristianos, puesto que dichos pasajes son favorables a Jesús y se descarta que Josefo valorara posi­tivamente su figura.

Sin embargo, actualmente casi nadie pone en duda la existencia histórica de Jesús, aunque existan infinidad de hipótesis sobre su vida y magisterio. Este consenso también con­testa a los escépticos, a la vez que aporta su crítica a dicha posición y llama la atención so­bre otras fuentes documentales.

Sus princi­pales argumentos son los siguientes:

  • Aunque los Evangelios canónicos y apócrifos sean apologéticos y no hayan sido concebidos como historia en el sentido mo­derno, eso no les resta valor como fuente.
  • El hecho de que uno de los dos pasajes cuestionados de las Antigüedades Josefo ha­ya sido manipulado por cristianos para pro­yectar otra imagen de Jesús -añadiendo adjetivos como «sabio y virtuoso»- no significa que éste no hiciera mención de Jesús en el mismo texto. En la versión ára­be, el mismo pasaje también aparece en una variante distinta. No hay ra­zones técnicas para rechazar la otra mención, en la cual Josefo da por co­nocida su existencia a propósito del juicio de su hermano Santiago.
  • Las fuentes rabínicas (Talmud) anteriores al siglo II que mencionan a Jesús le son claramente hostiles y, por tanto, no hay razón para dudar de su gran valor documental. En es­tos textos se recoge no sólo su existencia, sino también que:

--Su nacimiento no era estimado normal y corriente, pues se afirma que era hijo de padre desconocido.

--Proclamó su filiación divina, por lo cual le acusan de mentiroso.

--Le crucificaron en vísperas de la Pascua de los judíos.

--Prometió resucitar.

--Su magisterio tuvo un carácter fuertemente rupturista (por lo cual le acusan de «llevar a Israel por el mal ca­mino», de «burlarse de las palabras de los sabios» y de ser «un gran transgresor de Israel»). Todas estas acusacio­nes coinciden con el relato de los Evan­gelios y la tradición cristiana y básicamente avalan los hechos narra­dos:

  • En la versión griega de La Gue­rra de los judíos Josefo habla de varios Mesías correspondientes al tiempo de Jesús, de quienes no facilita la identi­dad. Hay especialmente uno de ellos, a quien llama siempre «el embauca­dor» y atribuye «milagros» propios de un ilusionista, en línea con lo que dicen las otras fuentes rabínicas de Jesús. Además, Josefo lo sitúa en el contex­to de una dura represión de sus segui­dores bajo Pondo Pilatos.
  • En la versión eslava de La Gue­rra de los judíos -descubierta en Rusia en 1930 y traducida del primer texto que Josefo redactó en arameo, en el año 71- se menciona tanto a Juan el Bautista como a Jesús, de quien se di­ce que fue crucificado bajo la acusa­ción de dirigir un movimiento armado contra Roma.
  • Si la existencia de Jesús hubiese sigo alguna vez puesta en duda por los romanos. Tácito (56 d.C-115 d.C.) lo habría mencionado al referirse a él. En cambio, este historiador no cuestiona que fue crucificado, gobernando Tibe­rio, por orden de Poncio Pilatos y no contradice ni califica como erróneo o legendario este hecho. También Suetonio afirma que, entre  los años 41 d.C. y 54 d.C., Claudio expulsó a los judíos de Roma por­que «instigados por Cresto causaban conti­nuas perturbaciones».
  • Los Evangelios recogen muchos deta­lles de la sociedad judía de su tiempo -por ejemplo, el escándalo que producía en ésta la relación de Jesús con las mujeres- que po­nen en evidencia que se recogieron de origi­nales redactados por testigos directos.
  • No es creíble que un mito fraguado después del año 34 d.C. sobre una figura ine­xistente hubiese dado lugar a un movimien­to que, pocos años más tarde, ya había consolidado comunidades en todo el Mediterráneo y en la misma Roma, sin que pue­da aducirse ninguna fuente contemporánea que pusiera en duda la existencia de su fun­dador ni su crucifixión, incluyendo a sus de­tractores paganos, como Celso, que llegan a acusarle de «feo, deforme y de figura inde­corosa», pero no niegan su existencia.

De esta exposición, se deducen algunas conclusiones importantes para resumir el es­tado actual de esta cuestión:

1. No hay razones para dudar de la exis­tencia histórica de Jesús. Esta posición se derivó del desconocimiento de muchas fuen­tes y del talante positivista radical que pre­dominó en las ciencias humanas en el siglo XIX y primera mitad del XX, pero que hoy resulta anacrónico. En la misma línea, también se puso en duda la existencia de Ho­mero y hasta la de Sócrates, cuyas existencias tampoco se cuestionan actualmente.

2.   Las fuentes judías que le son adversas respaldan la versión de los evangelios canó­nicos en sus líneas generales. Todos los he­chos que se le atribuyen indican que fueron parte de las convicciones de sus discípulos originales y no interpolaciones posteriores, algo que descarta el mito, puesto que según todos los especialistas éste se crea a lo largo de un proceso evolutivo, mediante la adop­ción e incorporación de nuevos elementos y a lo largo de muchas generaciones.

3.   Los estudios arqueológicos realizados avalan la precisión con que algunos evange­lios describen muchos detalles de Jerusalén en su tiempo (incluyendo el de Juan, consi­derado el más místico y el menos histórico de los cuatro), lo que sugiere que estos textos recogen fielmente los originales perdidos.

 

 

 

 

 

 

 

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