Amin Maalouf, el escritor libanes, en su novela historica Los Jardines de la Luz, nos cuenta la vida y andanzas del príncipe MANI, fundador de una religión, de la que sólo han sobrevivido palabras despreciativas como maniqueísmo, utilizadas por aquellos que fueron sus enemigos para desprestigiar una doctrina que se les enfrentaba.

Mani un príncipe parto que nació en la primavera del años 216 de nuestra era; en el ultimo reinado de un rey parto, Caracalla gobernaba Roma y a dos siglos de la muerte de Jesús de Nazareth.

De niño Mani vive en un palmeral a orillas del Tigris, en una secta cristiana denominada los Túnicas Blancas, llevado por su padre un príncipe convertido al fanatismo de la miseria, y con él nos asomamos al fanatismo de las primeras comunidades cristianas, cerradas e intransigentes. De niño y adolescente Mani vive en un mundo represivo y protector, atontado a fuerza de ayunos, mortificaciones e interminables letanías de arrepentimiento. Hasta los veinticuatro años no abandono a esta secta claustrofobica y agobiante, y partió solo y repudiado.

Mani anuncia una religión de la belleza y el conocimiento. En todos los seres se mezcla la luz y las tinieblas; nuestros sentidos están hechos para captar la belleza, tocarla, respirarla, saborearla, escucharla, contemplarla.

La inteligencia de Mani florece en los círculos del rey, y a la sombra del mago Kirdir, pontífice de los magos que ven su poder en peligro. Sapor ve en la fe de Mani una alianza contra el poder de los magos de la corte: es ya la hora de una nueva fe que defienda la armonía entre todas las fes y sobe todo, que prohíba a los sacerdotes poseer tierras y metales preciosos.

Mani intento dar a los hombres una nueva forma de ver el mundo y de entender a Dios, aunque su final podía preverse, fue perseguido, humillado y finalmente torturado y asesinado, como tantos profetas que se enfrentaron al poder religioso establecido.

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