El cantante desconocido

De vez en cuando tenían que huir. Isaura y su hijo, algunas veces huían solos, cuando las cosas en su hogar, compuesto por tres, se hacían peligrosas para ella; cogían algo de dinero, algo de ropas, algo de las entrañas, y salían. Esta vez se fueron a Guasca, un pueblito cercano a Bogotá, que alguien algunos años antes, había evocado fervorosamente. 

Habían preparado todo con el sigilo propio de un desertor, era sábado, Isaura recogió a su hijo, a las cinco en punto, de su clase de música, y a pesar de las mil dudas encima, del murmullo de su conciencia, no se detuvo y se fue con él. Tomaron un colectivo que salía para el pueblo, con las personas que iban para allá, de paseo o porque salían de sus trabajos y esa era la rutina acostumbrada para ellos, al volver a casa. A los dos, todos les resultaba nuevo, el viaje en colectivo público, el camino, las conversaciones privadas que todos oían, estar solos, la sensación de la huída; pero en medio de lo nuevo, Isaura solo pensaba en los días anteriores.

Su esposo había llegado de nuevo tan borracho, que no podía caminar. Se tiró al suelo y ahí durmió, luego de un rato le dijo que había dejado el carro en una bomba de gasolina cercana. ISAURA fue y lo encontró abierto, sin llave, con un bolso y una maleta desconocidos para ella. Volvió y no dijo nada, no dijo nada los dos siguientes días, solo pensó en que se iría unos días, necesitaba tomar aire y tal vez, ese aire le devolvería la posibilidad de respirar.

Llegaron a Guasca en la noche. Sin conocer nada de allí, empezaron a preguntar por hospedajes a los habitantes nocturnos, en tiendas y calles discutían entre ellos, a dónde enviarlos, ese sitio no, ese sitio no es como para ellos, necesitan un lugar apropiado, decían ellos. Finalmente, por conceso general los enviaron a Las Violetas; llegaron al hospedaje, el dueño del lugar, les mostró la única habitación disponible, pequeña en un tercer piso al que conducía una escalera angosta y demasiado empinada, parecía más una buhardilla, ellos la tomaron inmediatamente, más resignados que convencidos, ante la premura de la noche. Dejaron allí las maletas, y salieron a comer, mientras el celular no paraba de sonar, con llamadas del papá y esposo, que Isaura no contestaba.

Comieron algo suave, una sopa de menudencias con arroz, y algo de pollo, que compartieron, pues no tenían mucha hambre. Allí sentados, hablaban y reían como acostumbraban a hacerlo en su vida cotidiana, Isaura tenía con su pequeño hijo, una relación tan particular que parecían cómplices amorosos y fieles en medio de los avatares de la vida, a los que siempre les ponían la mejor cara. Al niño le encantaban esas aventuras que se inventaba la mamá, para huir de a pocos, para intentar renacer de tanto en tanto, a pesar de las circunstancias, ella decoraba la escena, con toques de paseo y alegría.

Pero esa noche, mientras su HIJO terminaba de comer, ella pensaba algo triste y silenciosa, pensaba en las luchas juntos, con su esposo, en los sueños juntos, en el cierto temor que él le causaba, en qué pasaría al volver, en si tenía el derecho de haberse ido así, o era solo una cuenta de cobro tardía, de ella hacia él; en qué se debiera hacer frente a las formas del amado, que duelen, que dañan, en si era ella muy egoísta al no soportarlas, en si ella era la que no sabía amar. Pensaba, en silencio, viendo a su dulce hijo terminar la sopa, y reír con el programa antiguo de los sábados por la noche, que pasaban por la televisión del lugar.

Terminada la comida, caminaron un poco, conociendo otras formas de vivir, en un lugar en el que en cada cuadra había una cantina de personas tomando licor, parecía que esa, fuera la única posibilidad de un sábado por la noche en Guasca. Se retiraron a su hogar provisional, tan provisional como el sentirse libres de angustias con razones o sin razones, solo al entrar a la habitación, solo en ese momento se dieron cuenta que la habitación no tenía ventanas. Que tenía una puerta adicional que al abrirla daba a otro cuarto, en el que se escuchaban los escarseos amorosos de una pareja que parecía se escondían del mundo entero. Notaron que detrás de la cama, al correr un velo oscuro, que estaba inexplicablemente allí, había en la parte inferior un agujero que conducía a una especie de depósito muy grande.

Estos descubrimientos les causaron algo de inquietud, parecía una habitación a la que podía entrar por cualquier lado, alguien extraño, una bestia escondida tal vez, en el depósito, como la del cuento, o quizás algún asesino en serie, que tenía esa habitación como su nido secreto, o un psicópata, que huía por el hueco sin ser atrapado nunca. El hueco que llevaba al depósito los invadió de la impresión, alimentada, de encontrarse en medio de una escena de película de terror, no entendían para qué existía ese pasadizo, quizás no era hecho para entrar, sino para salir, tal vez era una salida de emergencia para escapar, y esa habitación había sido diseñada para prófugos, desertores, o hasta para amantes perseguidos.

Pasaron la noche allí, Isaura sin dormir, sus pensamientos habían sido reemplazados, por estrategias nocturnas para proteger a su hijo en caso de entrar la bestia, el asesino, el psicópata, o el amante. Dormía por ratos, ya que la falta de ventilación le ahogaba tanto el aliento, como las ganas de llorar, al anhelar que su esposo estuviera allí, los cuidara como nunca lo había hecho.

Cuando empezó a aclarar por el imperio del amanecer, los pájaros le recordaban que cada día puede ser un nuevo comienzo, Isaura besó dulcemente a su hijo, sintió el olor cálido y de niño, que la llenaba de fuerzas, lo cubrió con la manta, pues ahora hacía frío.

Prendió su celular, registraba cien llamadas perdidas, mensajes de voz con insultos y amenazas, ese era su esposo; ella sabía que cuando se sentía culpable, optaba por atacar y por eso le temía, él atacaba, en vez de reparar; pero también ISAURA sabía que si esperaba, él tal vez empezaría a entender, entender cómo ella se sentía a su lado, a pesar de amarlo tanto. Ella creía que tal vez, si él entendía, algo cambiaría, pues hasta ese momento, no creía que dejarlo fuera el camino, pues finalmente lo amaba, aunque casi siempre se ahogara, y tuviera que inventar mil artimañas para ser feliz.

Ella en calma, en silencio, tomó un café caliente. Oró como lo hacía cada mañana, y rogó que su vida fuera llena de inspiración divina, para hacer lo que su Dios deseaba. Muchas veces rogó porque Dios la sacara de ese laberinto de inseguridad, muchas veces rogó por amar realmente a su esposo, es decir por no prevalecer tanto sus propios sueños y anhelos, sino más bien prevaleciera lo que tenían juntos, contante y sonante; aún así, rogaba porque él dejara algunas conductas que les dañaban tanto, rogó porque ella dejara de dolerse con esas conductas, rogó por saber qué rogar.

Al despertar el niño, se alistaron para un día de paseo, desayunaron y se fueron a un pozo de aguas termales, del que el calor salía del piso, era un charco grande, algo sucio, con aguas calientes, de hecho así se llamaba, como nombre mexicano AGUAS CALIENTES, y como hoyos sopladores salía del fondo, ráfagas de calor. Comieron fresas con chocolate, fresas con crema, fresas solas, las fresas eran las frutas matrona de la zona, las acompañaron de papas fritas, trozos de carne que asaban ahí mismo, y galguerías que al niño le encantaron.

Era un sitio escondido, en medio de los alrededores de un pueblo que no existía para nadie, que pudiera buscarlos; literalmente estaban lejos de todo. Nuevamente Isaura, cayó presa de sus pensamientos, luego de jugar con su hijito en el charco grande, de besarlo hasta cansarse, de jugar a quien aguantaba más las ráfagas de calor, salió, se bañó, se visitó, y se hundió en su nostalgia. 

Para Isaura era tan asfixiante estar con su esposo, como no estar con él. Se debatía en qué debía ella hacer, siempre fue la obsesión de su mente; solo algunos meses después, cuando lo hubo dejado, cuando amaba en cierta tranquilidad, a alguien más, entendería que el amor hay que dejarlo ser, a riesgo de todo, pero será mejor, en cuanto menos se piense; pues finalmente hasta ese momento, logró estar segura de sí misma: si había que hacer algo, sin mucho pensarlo, ahora sabía, que ella lo haría.

Hacia la tarde volvieron al pueblo, querían almorzar. Entraron al único lugar que anunciaba hamburguesas, ella pidió una de pollo y el hijito una de carne. Luego de un largo rato, les trajeron a ella un pan, con lechuga y tomate, y un pedazo de pechuga asada adentro. Y al niño, lo mismo pero con un pedazo de carne frita. Entendieron que en Guasca a eso, llamaban hamburguesa, lo que era más bien, un almuerzo normal metido todo dentro de un pan.

Al volver a la habitación, se dispusieron a dormir una siesta, arrunchados, él uno con el otro. Su HIJO la abrazaba cálidamente, mientras ella le relataba un cuento inexistente, de un caballo blanco en una pradera, un caballo que se había perdido y era feliz solo con correr. Poco a poco, fueron cayendo en un profundo sueño, reparador y tranquilo. De pronto ISAURA se despertó por un ruido que no identificaba ni qué era, ni de dónde venía, se levantó y escuchó que venía del hueco detrás de la cama. Era un canto, parecido a los cantos gregorianos, de un solista que lo entonaba con dolor.

Ella escuchó, se recostó de nuevo, sintiendo sin un control posible, que la entonación bajaba por su cuerpo, como el agua caliente al bañarse, parecía una tímida caricia que le empezaba a quitar el aliento, bajaba lentamente en medio de un susurro emotivo y doloroso. Isaura se reincorporó al estupor del momento, riendo por la situación y creyendo que el poder del canto, se lo otorgaba el poder de su nostalgia. Bajó a la barra de café, tomó un café caliente, tratando de averiguar con alguien, quién podría cantar de esa manera. Pero todos con quienes tocó el tema, negaban saber algo, de algún cantante así.

Subió a su habitación, su hijo seguía durmiendo, lo contempló un momento, sabiendo que solo por esa imagen que veía, todo estaría bien en su vida. Tocó sus cabellos, lo besó delicadamente, le susurró cuánto lo amaba. Sacó una hoja y un lápiz para escribir un poco y allí, encontró en el borde de una repisa a la entrada del baño, una rosa roja en una botellita encantadora de vitral artesanal, que estaba segura no estaba antes allí; creyó que tal vez, había sido un detalle compensatorio del hospedaje, hacia los clientes que aceptaban la habitación sin ventanas.

Empezó a escribir una carta para su esposo, una carta en la que le trataba de explicar nuevamente, cómo se sentía con lo que pasaba, cómo creía injusto pedirle que cambiara, pero igualmente injusto seguir esperando que ella aceptara, lo que no podía acoger en su ser, reconocía tal vez,  una debilidad más de ella que de él, o por lo menos, no solo de él. Escribía mientras lloraba con tristeza y calma, creía que el escribir era una manera de decir lo que el alma no habla, de tocar una esencia en el otro, muda a cualquier enunciación diferente a las de las letras.

Empezó de nuevo el canto, ella despertó a su hijo, y hablaron sobre ese cantante misterioso, él también lo escuchaba, les parecía increíble que nadie más lo oyera. Corrieron la cama, Isaura se asomó por el hueco, y ya allí, oía a plena intensidad la voz; iluminó con una linterna el lugar, no se veía, sino cajas y algunas ropas viejas al lado de un piano, en el que había tres rosas rojas. Entró muy nerviosa por el alto riesgo de presencia de ratones, palpitaba cada gota de su sangre, ya no por miedo, sino por el efecto de esa voz misteriosa en ella; sintió que sus pechos se disponían incontrolables, como cuando amamantaba en el pasado a su hijo, que gotas de sudor corrían por su espalda, casi no podía soportar caminar más, hacia la luz detrás de una puerta; parecía otro cuarto dentro de la bóveda, de la que ella en ese momento sentía no saber nada, no pensaba nada. Llegó a la puerta pegando su oído a ella, por fin descubrió, que de ahí venía la voz.

ISAURA, apagó la linterna, y se entregó al deleite orgánico del eco de notas cantadas con dolor, y tal seducción suave y varonil. Parecía que la recorrían, bajando por su espalda húmeda, se devolvían por sus muslos como si quisieran introducirse por sus poros. Intempestivamente la voz se acalló, Isaura corrió a tientas, tropezando con algunas cajas y huyó. 

Pasaron su segunda noche, la tercera, la cuarta, y así cumplieron quince días en un paseo programado, como una huída de uno o dos días. Sonó el celular, y esta vez era su amiga Maite de la Coruña, la hija del hombre más rico de la ciudad de dónde Isaura venía, le comentó que el esposo, era otro, no lo había vuelto a ver emborracharse, sino más bien preparar todo para su regreso; estaba tan desconsolado y arrepentido que le había pedido a Maité hacerle llegara Isaura, una carta que él le escribió. Isaura le dijo que se la enviara al correo de Sopó y ella iría a reclamarla allí.

Al leerla, parecía de otro. Le decía cuánto la amaba, cuánto lamentaba haberla expuesto a dolores irremediables, cuánto anhelaba que volvieran, le prometió que todo cambiaría, que no volvería a pasar los episodios de los últimos meses, que no le haría nunca más daño. ISAURA terminó de leer la carta, y se silenció.

Cada mañana durante las últimas dos semanas, había encontrado una rosa roja en la habitación, y cada tarde oía el canto , como una cita con el desconocido. Esa noche al volver a la habitación, acostó a su hijo, y decidió bajar, se acercó y tocó la puerta, pero nadie salió. Al marcharse, la puerta se abrió, con una voz que ella reconoció, era el cantante, que le dijo: Espera, ven. Isaura se quedó quieta, y él se acercó en medio de la oscuridad, de repente sin mediar palabras, simplemente la envistió con la fuerza y dulzura de los enamorados de antes, levantó su falda, y acarició sus muslos, su entrepierna, soltó su blusa, mientras la besaba sin reparos. Ella lo exploró, tocó su cuello, su cabello, su pecho, y el órgano que lo hacía hombre, tal vez queriendo comprobar si lo era. El la alzó y la llevó en medio de un gran beso a su cama, donde terminaron de desvestirse, y todo se consumó.

Pasaron allí toda la noche, sin dejar nada para después, cada orificio fue desgarrado en medio de permisos jadeantes, una y otra vez, hasta que amaneció y se vieron a los ojos. Ella lo conocía, era el hombre que dejó, para casarse diez años antes. Sonrío en medio de lágrimas, y él le dijo; ya entendí, he esperado diez años en esta bóveda tu regreso, entendí y aquí estoy.

He rogado por diez años que llegues aquí, y ahora no te soltaré. Ella aturdida por la noche, por las palabras, por la carta del esposo, por ese amor inquietántemente certero, lo abrazó en medio de una cama llena de pétalo de rosas rojas y le dijo, oh mi amor, cuánto tarda un hombre en entender.

Termales Guasca

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