Amaba este invierno

De nieves y lloviznas.

Porque el invierno es siempre

La señal cierta de nuestro alma desnuda.

Anhelante eterna de ráfagas de sol.

Amaba este invierno gélido.

Porque desde su imponencia altiva.

Podía soñar mejor el sueño de tu calor rozándome

Y el de mis abrazos

Envolviéndote en el océano de mis ternuras.

Este, mi amor.

Este volcán estallante de ansias contenidas.

De tanta angustia sin rumbo,

De tanta pasión que quema,

De esta suave hoguera que me consume.

Necesitaba el contrapeso de ese invierno hondo,

Intenso, inmaculado.

La escena era una ruta solitaria,

Desde el suave andar de un auto.

En noche desbordante en plenitud.

Con los silencios simples.

La magia de ir juntos.

De estar, porque sí.

Estar, sólo estar.

Porque el amor nos cifra con sus ritos,

Con sus pequeños intersticios que son refugio.

Mientras afuera, hiere la intemperie.

La escena era un lugar tranquilo, cualquiera,

Con leños y calor,

Con luz apenas necesaria para contemplar tú maravilla.

Ese deslizarse suave por los entresijos de tu belleza.

Por los pliegues de tu alma.

La escena éramos nosotros,

Con las canciones de siempre.

Con la magia de ir acompañándonos.

La escena eran nuestras miradas.

Las miradas encendidas, las manos entrelazadas.

Y así, me imaginaba paseando de tu mano,

Como eternos novios adolescentes,

Y los infaltables besos a la luz de la luna,

Y el chocolate marca “te quiero mucho; me gustás mucho, sabés; me gustás vos,”

Y los infinitos mares de ternura.

Y ese fondo de angustia por no acertar a ser un Dios.

Y poder entonces parar el tiempo

Para quedarnos así, acá adentro,

del lado seguro;

Resguardados del afuera,

Donde la intemperie del invierno crudo

Y la más feroz del tiempo,

Nos arrebatará, inexorable,

Sin piedad de nuestros corazones maravillados.

La escena era esa escena,

Los sueños, esos sueños.

Pero, sólo fueron eso: vanos simulacros de fantasmas hechos de espuma.

Porque afuera reina la intemperie cierta del invierno crudo.

Y no llegaste.

Y, mientras te esperaba, escribí estos versos tristes,

En ese invierno seco que me golpea el alma,

Anhelante eterna de ráfagas de sol.

Ese, tú sol.

El que no pudo ser.

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