No sólo hay que demonizar a José Luis Rodríguez Zapatero y a sus compañeros de escudería, pues la condena se la imponen ellos mismos con su desgobierno; sus  actos y ausentes iniciativas positivas les califican sin generar ningún tipo de duda. Están también los otros. Aquellos políticos que ven los toros desde la barrera, exigiendo arte y triunfos sin aportar nada. Cada uno tiene un estilo distinto, una motivación ajena a la del rival, pero un idéntico objetivo, el mismo que en su día reconoció Manuel Azaña; lo que  interesa de veras es mandar, no ser un estadista.

El líder de la oposición mayoritaria se nos muestra como un personaje anodino, en cierta forma vacío y sin atractivo. No llega a transmitir sensaciones, no comunica con la claridad imprescindible para crear confianza (y eso que ahora lo tiene a tiro). Rosa Díez no está aprovechando las facilidades que le están ofreciendo los unos y los otros, no sale ante nosotros aportando luz y nitidez, y esa oscuridad ensombrece el centro político. Llamazares, resucitado de sus cenizas, podría exprimir más la situación y capturar el voto hastiado de la izquierda socialista, pero carece de carisma y credibilidad. En cuanto a los representantes nacionalistas, ruego disculpen que no opine, pues soy un mísero inculto que sólo domina el castellano. Entonces, no sé si me entenderían.

Resumiendo. Un halo de incapacidad, de inutilidad, de inoperancia manifiesta cubre totalmente los estamentos políticos del país. No se puede evitar la sensación de abandono y desamparo cuando se asiste al triste espectáculo que escenifican burdamente todos y cada uno de ellos. Todo lo que hacen y deshacen es o quimera o burla. Tenemos que cambiar el motor, y arreglar  chapa y  pintura. Necesitamos un vehículo nuevo.

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