La gente que obra compulsivamente  probablemente lo haga bajo el influjo del sentimiento de vacío crónico o insatisfacción, que caracteriza a las personas que gastan demasiado, comen por ansiedad o son adictos al trabajo o al sexo.

Ellos comparten la sensación de que nada les satisface y es esta insatisfacción la que los inclina a buscar constantemente  “algo” que los llene, que los complete y que le otorgue sentido a sus vidas. Patéticamente nada ni nadie logra nunca parecerse o acercarse al elevado ideal al que aspiran y así transcurren la vida en la eterna búsqueda de lo que creen necesitar, pero cuidándose muy bien de no encontrarlo para poder justificar en la desilusión sus reacciones impulsivas, sus continuas quejas, su falta de compromiso, y su arrogancia. Pero detrás de estos actos de aparente egoísmo y desinterés se esconden los verdaderos causantes de su angustia: el autodesprecio, la inseguridad y el miedo.

Porque aunque diga y repita que lo que tengo es menos de lo que me corresponde, en realidad  yo creo que no valgo demasiado; y como esta verdad me produce una terrible angustia, la niego; trato de culpar al otro de mis carencias y de este modo evito ser yo el responsable de mi desesperación. Entonces reniego de mis circunstancias, de que no tengo la vida que quiero, de que no gano lo suficiente, de que mi mujer no me comprende (si soy hombre), de la ingratitud de mis hijos, del poco valor de mi marido (si soy mujer)…, creyendo que si las cosas fueran diferentes yo sería feliz. Pero me engaño nuevamente porque aunque viviera en un palacio, tuviera la mejor mujer/hombre, un alto cargo ejecutivo, hijos ejemplares ó un marido exitoso, aquella creencia de “valer poco” que mantuve enterrada bajo un cúmulo de reclamos, no me permitiría disfrutar de esto y me haría buscar (hasta encontrar) la manera de elevar mis exigencias o de desacreditar a quienes me rodean y hacerlos descender hasta lo más hondo de mi frustración.

Quizás la herida esté en nuestra infancia. Quizás, por algún motivo, no pudimos sentirnos queridos, valorados, protegidos y pensamos que era nuestra culpa; que no hicimos lo necesario, que no fuimos lo suficientemente buenos, que no merecímos que nos amen. Y entonces, a ese dolor terrible, a ese anhelo de amor, a ese niño herido tratamos de complacer con objetos, comida, dinero, alcohol, sexo o poder, sin conseguirlo.

Es difícil curar estas heridas, pero vale la pena el intento. Podemos pensar que si nuestros padres o quienes nos dañaron, no tuvieron la suficiente capacidad ó voluntad para enfrentar sus propios problemas y querernos y valorarnos como correspondía, no fue nuestra responsabilidad. No puedo ser yo el responsable de los actos de otro, no tengo ese poder. No lo tengo ahora y no podría haberlo tenido en ese momento. Cualquier castigo o abandono que pudieran haberme hecho no tiene ninguna relación conmigo, con mi valor, porque yo era un niño; ellos eran los grandes, ellos eran los que debían saber que hacer. Ahora soy un adulto, no puedo volver el tiempo atrás, pero sí puedo dejar de esperar que el amor venga del pasado o de engañarme con que pueda venir en el futuro y decidirme a quererme HOY, a brindarme a mí mismo lo que en los días tristes de mi infancia soñaba recibir: una palabra de estímulo, muchas de afecto, caricias, cuidados, comprensión…

No digo que no deba anhelar el amor de otros (pareja, amigos, hijos) sino que pueda advertir que el que necesito para llenar mi vacío nunca provendrá de ellos, porque aunque puedan quererme mucho no lo harán con un amor incondicional, su amor siempre va a estar unido a mis acciones, a una interacción, a que yo sea para ellos también lo que ellos pretenden para sí. Lo intenté antes, ¡cuántas veces! Y sufrí, y también los hice sufrir a ellos porque les impuse una carga imposible de llevar y después los castigué por su fracaso. Les hice creer que mi felicidad dependía de sus demostraciones de afecto y los obligué a probarme la cuantía de su amor una y otra vez sin confesarles que a pesar de todos sus esfuerzos mi agujero existencial seguía igual de vacío.

Ahora lo sé, ahora lo comprendo, y entonces ahora puedo hacer algo por mí y por el niño herido que llevo dentro: me tengo que rendir! tengo que dejar de batallar con los demás y seguir adelante. No mentirme más, ni malograr un solo segundo de mi vida. Tengo que dejar de buscar y encontrarme. Y puedo hacerlo así: cuidándome, sintiéndome querido y pidiéndome perdón por haberme dejado tanto tiempo solo.

Dolor

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