después del infierno

Después del infierno puede suceder que cualquier cosa parezca el cielo, creer que lo refundido es lo oportuno, y lo escaso la buena lluvia y su granizo una indulgencia rogada, y el sosiego su futuro.

Hay quienes van al cielo llorando.

Es tan fácil ver la belleza en un mujer bonita, pero hay de aquel que la ve en la mujer corriente a la que besa; y es tan natural reconocer la sensualidad en el hombre calificado y seductor, pero resulta etéreo, casi sublime presentir el hechizo del hombre con el que se amanecerá cada mañana… cada mañana.

Relativos son nuestros sentidos que en esa suerte de indeterminación logran regalarnos ficciones, verdades en su cara más volátil, permiten desperdigarnos en el recuerdo paralelo, y sentenciar nuestra alma a lo tangible, aunque eso ya no exista.

Creo y percibo, como aquel bohemio del domingo, que he vivido en un cielo de ficicones en el que invento cada tarde una forma olvidada, como en una memoria compartida, vertida en la mirada fugaz y transitoria.

La neblina nos confunde, confunde a lo relativo, el CIELO no era cielo  más bien fue un paraiso, que resplandeció por efecto arcánico de la física o metafísica a las puertas rusientes de un Hades vencido.

Mi forma se desvanece, y se acaba la perorota, el cielo sigue intacto, forastero y oculto, esperando quizás que lo visite.

Las ficciones estremecen mientras el futuro ojea a una mujer sin belleza cuando el amor se escabulle,  no hay olvido sin excusa ya que la valentía es escasa, ni mirada sin sentencia porque los sentidos nos relativizan.

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