MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA

DON QUIJOTE DE LA MANCHA

CAPÍTULO LXXIV

De cómo Don Quijote cayó malo y del testamento que hizo y su muerte

“Donde hay niños existe la Edad de Oro”.

Novalis

Llegan a su fin en este capítulo las grandes hazañas y aventuras del gran hidalgo Don Quijote de la Mancha, “como todas las cosas humanas (…) yendo siempre en declinación de sus principios hasta llegar a su último fin” (Cervantes, 1099). Sus amigos lloran, animándolo a seguir viviendo su vida ficticia, motivándolo para seguir con sus aventuras donde sólo es importante el honor, la caballería y el amor, pero no, él había vuelto a la cordura, a la realidad, a la edad de hierro, dejando atrás la Dorada, atrás donde por obligación y no otra cosa debía estar.

Se logran distinguir, debido a los hechos, tres partes que dividen el capítulo, la primera en donde Don Quijote regresa a la cordura; la segunda en donde ya cuerdo dice su testamento, y la tercera en donde se habla del mismo narrador, a modo de desenlace de la historia. En los siguientes párrafos se mencionarán los elementos que a interpretación propia fueron los más sobresalientes de este texto, y estando consciente de que son tantas las interpretaciones como los lectores que de esta obra existan.

En la primera parte un narrador extradiegético nos ubica en la casa de nuestro caballero, donde éste se ve tumbado en la cama, dormido, débil, triste, y tristes con él sus amigos y su familia, quienes al principio ignoraban que Don Quijote ya no existía. Cide Hamete Benengeli nos narra que después de dormir un largo rato, Don Quijote se despierta cuerdo, y con un lenguaje en el que se resalta en odio y repulsión hacia los libros de caballería, Alonso Quijano muestra que había vuelto en sí, como muestra el párrafo siguiente:

“Las misericordias, sobrina, son las que en este instante ha usado Dios conmigo (…). Yo tengo juicio ya libre y claro, sin las sobras caliginosas de la ignorancia que sobre él me pusieron mi amarga y continua leyenda de los detestables libros de caballería. Ya conozco sus disparates y sus embelecos, y no me pesa sino que este desengaño ha llegado tan tarde (…)”. (Cervantes, 1100).

En esta obra los acontecimientos de la llamada Edad Dorada, la época de las caballerías, era vista como algo fantástico, tonto, de locos, pueril. Por lo tanto el hecho de que Don Quijote hubiera muerto representa también el hecho de que Alonso Quijano pasó de ser niño a adulto: una persona centrada, madura y realista, y esto es plasmado con el abandono del fantástico, mágico y maravilloso universo medieval para regresar a la realidad que en esa época se estaba viviendo, una sociedad de crisis en toda la extensión de la palabra.

Por otra parte, la tristeza, muy resaltada por el narrador en frases figuradas como “ojos preñados” (p. 1101) y “reventar las lágrimas de los ojos y mil suspiros del pecho” (p. 1102) se representa en el sentido de que un adulto, debido a que tras el tiempo adquiere razón de las cosas que están a su alrededor, se ve obligado inconscientemente a dejar de lado las creencias en cosas fantásticas y se preocupa por realizar cosas que un niño no hace. Adquiere consciencia de las cosas –en su mayoría desagradables- que suceden a su alrededor y esto provoca la pérdida de inocencia y alegría que caracteriza a todo niño y que caracterizaba a Don Quijote.

Pasando la segunda parte del texto, el testamento, la mayoría de él está en voz de Alonso Quijano, exceptuando algunas pequeñas intervenciones del narrador, para indicar el cambio de destinatario en las conversaciones del Quijote. El testamento comienza por deslindar de toda deuda que en su locura (v. 1102) metió a Sancho Panza al hacerlo su escudero, además de que si al pagar todo eso sobrase algo, que fuera para él. Exalta además la fidelidad que éste le tuvo durante toda la historia: “y si, como estando yo loco fui parte para darle el gobierno de la ínsula, pudiera ahora, estando cuerdo, darle el de un reino, se le diera, porque la sencillez de su condición y fidelidad de su trato lo merece”. (p. 1102) acto seguido Alonso Quijano expresa un perdón en el que se ve sumamente arrepentido el cual hace que Sancho se eche a llorar, rogándole en un lenguaje cortés, como acostumbrado estaba, que no se dejara morir, pues “la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más” (p. 1102).

En cuanto a su sobrina, pide que se case con un hombre que no sepa de libros de caballería, además de dejarle toda su hacienda. Y pagarle todo el servicio a su ama. En esta parte, con lo dicho a la sobrina vuelve a mostrar esa nueva repulsión a lo fantástico de lo caballeresco, con lo cual marco una constante en este capítulo. Se marca bien esta repulsión en el hecho de que indica claramente que si su sobrina, sabiendo que algún hombre conoce de libros de caballería, aun así insiste en casarse con él, él le quitará toda su herencia.

Por último dice que si alguien conoce al autor de la Segunda parte de las hazañas de don Quijote de la Mancha, le dijesen que pedía perdón por haberlo provocado a escribir tantos y tan grandes disparates. Con esto prevalece la constante del esa repulsión a los libros de caballería y todo lo que ellos implica.

Después se narran los desmayos frecuentes que tuvo Alonso Quijano antes de morir, representativos en este análisis, pues se interpretan como un colapso del alma de este personaje, o del estado de la crisis que sufre una persona cuando experimenta el cambio de niño a adulto.

La última parte, como se mencionó anteriormente es el desenlace escrito a modo metaficticio, pues ahora se habla del mismo narrador extradiegético Cide Hamete Benengeli: “Y el prudentísimo Cide Hemete dijo a su pluma: “aquí quedarás colgada de esta espeta y de este hilo de alambre, ni sé si bien cortada o mal tajada péñola mía (…)”. (p. 1005).

En esta metaficción existe un cambio de voz que va desde el que habla del narrador a la pluma de éste, es más extenso el discurso de la última, la cual, por medio de sus propias palabras se va cargando de un significado espectacular, tanto que es capaz de ser inmortal, por el simple hecho de ser la pluma que usó nuestro narrado Cide Hemete para escribir parte de esta magnífica obra.

Lo que se pretende en esta parte es reconocer al Quijote como algo valioso e inmortal, y se defiende a este personaje con mucho fervor, la pluma al hablar cumple con el objetivo de desbordar sensaciones extraordinarias al decir algo como “solos los dos somos para en uno, a despecho y pesar del escritor fingido y tordesillesco que se atrevió o se ha de atrever con pluma de avestruz grosera y mal deliñada las hazañas de mi valeroso caballero, porque no es carga de sus hombros ni asunto de su resfriado ingenio” (p. 1105)

Una interpretación a esta defensa, siguiendo el enfoque de este análisis, es que Don Quijote es tan valioso por el hecho de que no dejó de ser niño hasta sus últimos días. ¿Acaso eso no es de felicitar y de admirar? Él nunca dejó de creer en algo más allá de lo que podía ver, un ejemplo claro es el capítulo de los molinos de viento, por cierto el más importante y más característico.

Concluyendo, se nota una constante en la repulsión a los libros de caballerías, marcando así el despertar de la adultez de Alonso Quijano, quien olvida de plano lo maravilloso que existe en el mundo y ahora se enfoca en quehaceres de gente madura, como preocuparse para que sus bienes, cosas materiales e inertes (sin alma), queden a salvo cuando él muera.

Ésta no es una interpretación común del Quijote, pues por lo general estas interpretaciones están enfocadas a contextos socio-históricos y crisis en la España del siglo XVI, pero no por eso debería ser menos válida que los demás, pues a juicio propio, lo más importante es el espíritu y de qué está lleno, pues de él dependen todas las cosas del hombre, y es de todos sabido que el espíritu de un niño está lleno de inocencia y luz que lamentablemente se va perdiendo con el tiempo y con las cosas que nos bombardean a nuestro alrededor, convirtiéndose en algo oscuro y por lo general sin capacidad para hacer algo bueno por los demás, es por eso que han pasado tantas cosas malas provocadas por el hombre a lo largo de los años.

El ver al Quijote desde esta perspectiva deja entonces una reflexión y sirve como una obra incluso didáctica, pues para quien la lea y esté de acuerdo con este análisis podrá entonces verse a sí mismo y las cosas que está haciendo por él y por los demás, y le permitirá compararse con sus hijos o niños que le rodean; podría darse cuenta que un niño sabe más de lo que pensamos por el hecho de creer en algo maravilloso como la magia o las cosas indescriptibles que su imaginación le crea y recrea.

Así que ojalá y todos tuviéramos algo de Quijote en nuestra alma, pues así es seguro que encontraremos nuestra felicidad, que es todo lo que busca el hombre. Lo que esta vez deja Cervantes en una mente es que cortarle las alas a un niño es como matar a una persona o peor, pues un niño sin alas sigue vivo, pero sin poder volar.

Dice Juana de Ibarbourou que “la niñez es la etapa en que todos los hombres son creadores”, un niño, debido a sus capacidades físicas e intelectuales no puede hacerse cargo de algo tan complejo como el mundo, sin embargo un adulto que guarda en su espíritu un niño puede lograrlo, es una reflexión que provoca nuestro Quijote a ser leído.

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