La INDOLENCIA se reviste de capas de civilización, se camufla en medio del ladrillo que hace a las ciudades; escribe versos para almas anhelantes, sin nombrarlas nunca.

¿Qué es la civilización, si el dolor o la necesidad ajena, parecieran manchas que dañan, los destellos de un cuadro, que hemos construido solo con brochas, que pintan un triste anhelo de prosperidad permanente?. Estar bien, estar sanos, estar económicamente a flote, estar con relaciones aparentemente buenas, estar sin dolor, estar tan vivos...

Indolencia: insensibilidad, que no siente el dolor.

Los indolentes somos todos; realmente tan ocupados en nuestras propias vidas, que hay poco campo para el otro, y menos con su dolor a cuestas. Nos aterra el dolor, parece una señal importante de nuestra tendencia al placer; le tememos tanto, que huimos de todo aquel que nos lo recuerda, como una postal con mensajes ancestrales; huimos de maneras diplomáticas, de lo que en nosotros mismos lo trae. Como si fuera una peste, tal vez, como lo fue la lepra; ansiosos de un lugar para confinarlo, que no nos contagie.

Hay una película hermosa "el Gran Hotel de Budapest"; allí el protagonista lidia con la dureza humana a costa de su propia vida; dice en algún momento: "Aún quedan destellos de civilización en este bárbaro matadero que alguna vez, fue conocido como humanidad" tal vez, los destellos a los que él se refiera, sean las manifestaciones del amor.

En estos días he sido conmovida por ese tipo de amor de los cercanos; ese amor que me derrumba, con gestos que tienen un costo importante para sus vidas, y que asumen solo por estar a mi lado; así mismo, me he encontrado con la indolencia de otros, a los que quiero; preguntándome ¿ qué tan indolente, he sido con sus propio dolor y necesidad en la vida?, ¿ he tratado de borrarlos de mi paisaje?, o ¿me arriesgo a incomodarme realmente, en medio de todo lo que construyo como artefacto de bienestar para mí, solo para lograrles dar?...dura es esta palabra!!, decían los discípulos al escuchar a Jesús.

A veces, vivimos creyendo que el que pasa tiempos malos, lleva en sí la peste que hay que alejar. Como si el fracaso, el error, necesitar a otros; no fuese parte de la vida misma; y creyéramos, como los bárbaros, que lo único que hay que salvar es el propio pellejo, y el orgullo, que en él se encarna.

Le escuche a Woody Allen decir, "más que en ningún otro momento de la historia, la humanidad se halla en una encrucijada. Un camino conduce a la desesperación absoluta. El otro, a la extinción total. Quiera Dios que tengamos la sabiduría de elegir correctamente" como siempre encantador y pertinente don Woody Allen, pero claro que podemos hacer nuestras interpretaciones.

La desesperación humana, la propongo como la tendencia a no soportar el DOLOR. El dolor como todo lo que no corresponde a este mundo tan positivista, todo lo que un terrícola por excelencia llamaría fracaso; la desesperación humana encontraría en el sufrimiento una alternativa; siendo el sufrimiento, diferente al dolor, como lo proponen los tibetanos, solo como una opción frente a él. Encontraría la desesperación humana otro alterativa frete al dolor en intentar ignorarlo, desterrarlo, o invisibilizarlo, como a los leprosos.

La extinción creo yo, es el futuro cierto, de no entender el único camino que tenemos, para no desaparecer como humanidad, ni real, ni simbólicamente: la solidaridad del AMOR.

Según la cita, entonces escogeríamos entre la indolencia y el amor, quiera Dios que elijamos… lo que nos permita tocarnos, siendo todos parte de un mundo, cruelmente civilizado.

Hoy se me antoja empalagante, tánto cuidado que tenemos de nosotros mismos; un cuidado a costa de negar tocarnos, o untarnos unos de otros; lo que llegará a implicar, de maneras incómodas nuestras propias vidas.

Se me antoja empalagante, el que giremos extasiados en el espejismo de nosotros mismos, como condenados al mundo del ego.

¿Sobre qué basamos nuestra tranquilidad, cuando ella parece estar tan cerca más bien, de lo que es el confort?. Todos creemos que sin tener tranquilidad propia, es imposible dar a otros. Que amarnos a nosotros mismos, es fundamental para ahí sí amar a otros; decimos frases lapidarias, como que es imposible, que un ciego guíe a otro ciego; por ello hasta que estemos sanos, felices, prósperos, nos sobre vida... pareciera que podemos ayudar a otros, por ejemplo.

Claro, si todos nos amaramos como corresponde, a nosotros mismos, este mundo sería otro; posiblemente no sería necesario, dar; posiblemente no sería necesario tampoco, pedir.

Pero no es así; podemos plantear, que el AMOR o el desamor más bien, está en el centro de todos nuestros problemas. Que saltan a la vista, las consecuencias por no saber, o haber refundido el camino, para amarnos  a nosotros y a los otros; las vidas sufren más de lo que creemos, y también hacen sufrir. Pero el sufrir se agudiza, cuando seguimos queriendo borrar del cuadro, las imperfecciones del DOLOR.

Mientras que como en una selva bárbara, cada quien cree que aplica el dicho: sálvese quien pueda; ¿qué haremos entonces ?, ¿seguir intentando, solo amarnos a nosotros mismos?

Tal vez, sean solo elucubraciones lo que expongo; tal vez, en realidad en medio de esta barbarie, sea la exaltación de lo propio, la única opción que queda; o … quién sabe, tal vez como diría el tremendo Maeterlinck “en cada encrucijada del sendero que lleva al futuro, la tradición ha colocado diez mil hombres para custodiar el pasado” y el DOLOR ajeno, sea esa encrucijada que nos invita a escoger, en qué lugar de la historia anónima, en qué lugar del futuro de nuestro AMOR, nos instalamos.

Dar la vida

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