pareja de edad madura

 

Entre las crisis asociadas al inevitable paso de los años, la de los 50 es, sin duda, la más problemática. Este guarismo rotundo, indicativo del pleno ingreso en la mediana edad, provoca a quienes lo detentan un estado de desasosiego que, a menudo, les induce a replantearse la existencia, haciendo balance de lo vivido y encarando el futuro con cierta angustia.

Si uno viaja cómoda­mente sentado en el au­tobús y desearía ceder su asien­to a una persona mayor, pero «no puede», es que, probable­mente, está ingresando ya en la «crisis de la mediana edad». Psicólogos y sociólogos siempre se han interesado por las distin­tas crisis que el ser humano atra­viesa a lo largo de su existencia. Pero la de la transición de mitad de la vida parece constituir un momento decisivo. En realidad, es un período normal en nues­tra evolución. Pero son muchos los que lo viven de forma traumática. Salvo algunas mujeres, si nos atenemos al criterio clasificatorio de Bernard Shaw: «La mujer tiene siete edades: bebé, niña, adolescente, joven, joven, joven y joven».

 

Muchos son los factores que in­fluyen en que la crisis de la «mediana edad» se experimen­te con cierta angustia. Cual­quier día nos invade un sudor frío al comprobar aterrados que nos encontramos en la mitad de nuestra existencia. Ahí em­pezamos a reflexionar sobre la vida pasada y lo que queda de la futura de una manera mucho más realista. Incluso la parali­zante idea de la muerte -antes inexistente- asoma ahora de vez en cuando con su rostro fantasmal.

Curiosamente, em­pezamos a advertir ¡que se mueren personas que nunca antes se murieron!

 Asimismo, aparece un irresistible impulso por hacer «balance ge­neral» de todo. En la cincuente­na, la gente traza una línea divi­soria entre la juventud y la peli­grosa ascensión hacia lo que eufemísticamente se ha dado en llamar «tercera edad». El pode­roso símbolo del guarismo 50 en nuestra cultura provoca, a los in­mersos en esta crisis, problemas de toda índole que condicionan muchas de sus actividades. En el aspecto sexual, por ejemplo, marca un punto de inflexión. Unos creen que hay que empe­zar a retirarse de tan saludable deporte y se vuelven puritanos. Hasta verían con buenos ojos que sus fantasías oníricas tuvie­ran, como en las películas, avisos precautorios como: «Este sueño contiene escenas que pueden herir su susceptibilidad».

Otros, por el contrario, reaccionan con ansias de aprovechar al máximo sus «últimas» energías eróticas. Es la peligrosa etapa de la infide­lidad y del divorcio. Sacarle más partido al sexo es su obsesión. Por una lógica inferencia: «Ser casto es gratis. Hasta el momen­to ha sido imposible hallarle otra ventaja»

Por otro lado, la sensación de fracaso cuando no se logra al­canzar determinadas metas profesionales y el riesgo de ser desplazado del puesto, o más aún, despedido del trabajo con fórmulas tan diplomáticas co­mo: «En fin, no sé qué vamos a hacer sin ti, pero desde el lunes lo ensayaremos», hace que los cincuentones sean más pro­pensos a la depresión. En cuan­to a la salud física, exacerban el desagrado ante los primeros síntomas de envejecimiento. ¡Hasta atribuyen a la decaden­cia física la eventual dificultad en descorchar una botella de champaña!

Sin embargo, hay que reconocer que atinan con el pronóstico según el cual ¡la salud es una situación provisio­nal y transitoria que no presa­gia nada bueno!

 

Juventud perdida

El balance afectivo no es menos frustrante para los que padecen la crisis del meridiano de la vida. A menudo, el hogar se vuelve un lugar Inflamable. Sienten extrañeza, inquietud e, incluso, an­gustia ante cualquier cambio en la relación o actitud de pareja. En este sentido, piensan en la posibilidad de replantearse su vi­da: abandono del cónyuge, hi­jos, casa y perro. Han de dejar lo que creen les hace infelices y empezar una nueva vida. Se tra­ta de una huida en la que pre­tenden reencontrarse con la juventud perdida, empareján­dose con hombres o mu­jeres muchísimo más jóvenes. Estos cambios pueden ser muy estimulan­tes y gozosos.

Pero pensar que con ellos podemos desafiar las leyes biológicas ¡es tan irrealista como tratar de retrasar el ama­necer disparando contra el gallo!

Cada crisis supone una etapa en el proceso de crecimiento y maduración. O de fracaso y re­gresión en la que se incrementa la vulnerabilidad si no se saben asumir las reglas del juego evo­lutivo. Pero, en cualquier caso, cada crisis que se supera es un paso adelante hacia la plenitud. La madurez es maravi­llosa...

¡aunque, a veces, sea duro verla en el espejo!


 COMO UNA MISERABLE CRISIS EN LA MEDIANA EDAD PUEDE CONVERTIRSE EN UNA MARAVILLOSA TRANSICIÓN


La cincuentena es un período de pleno rendi­miento y madurez en el que se puede empezar a disfrutar de lo consegui­do. Los siguientes pasos le ayuda­rán a afrontar la crisis de la media­na edad en vez de caer en la depresión:

- NO PIERDA EL D.N.I. EMOCIONAL

El factor más importante que usted necesita para so­brellevar su transi­ción es conservar un fuerte sentido de identidad. Pregúntese: «¿Estoy vivien­do para mi o persigo las expec­tativas de otros?» Las personas que saben lo que son y lo que quie­ren en la vida no experimen­tan, por lo ge­neral, altibajos emocionales. Son los inseguros quie­nes sufren crisis de identidad. ¡Esos que guardan sus carnés de identidad en el frigorífico para que no caduquen!

- ASUMA LA REALIDAD

A menos que empiece a aceptar algunos acontecimientos ine­vitables de la vida, usted se sentirá frustrado. Pregúntese: «¿Puedo permitir que los demás me ayuden sin sentirme desgraciado?- o «¿Puedo aceptar la realidad de la vida y no sólo la visión idealista de la misma?» La asunción de la reali­dad es un signo de inteli­gencia y equilibrio. Es uno de los objetivos del psicoanálisis. ¡El otro es aportar aberraciones gramaticales al idioma!

- NO TRATE DE CONTROLAR LO QUE NO PUEDE

Controlar las situacio­nes es importante. Pero en la mediana edad usted debe ser capaz de aceptar algunas pérdidas de control. Algunos cambios se imponen. Por ejemplo: no importa cuánto se esfuerce en el ejercicio físico. Usted nunca po­drá hacer lo que hacía cuando tenía 18 años. Pregúntese: «¿Qué acti­tud adopto cuando mis amigos cambian, se divorcian o mueren?» o «¿Soy flexible para adaptarme a los cambios de la vida?»

- LA VIDA EMPIEZA A LOS 50

Las personas que creen verdaderamente que la vida empieza a los 50 son las que realmente encaran su transición creativamente. Orientan toda su energía a experimentar nuevas expresiones de las emociones, la intimidad y la sexualidad. ¡Envejecer no es nada dramático si se considera una alternativa!

 

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