? Identidad Propia

La calle fue el lugar común de encuentro, en ella tranquilamente se vivía, era el lugar de toda actividad, sin temores o zozobras, nuestra generación en su niñez y adolescencia no conoció el obligado confinamiento del apartamento. Éste sufrido y padecido por generaciones posteriores, quienes quizás en el centro comercial de hoy encuentran el encanto que vivimos nosotros en la calle del barrio.

Familiar lugar de casas macizas, de ladrillo burdo a la vista, de altas fachadas y cubiertas de pronunciadas pendientes, formando inclinados ángulos, facilitando buhardillas; forradas éstas en teja de barro acanalado color terracota, donde de mañana y en la tarde soleada de luz, se acentuaban multiplicándose, incestuosamente las sombras. Destacando su caprichosa volumetría de colores ocre, naranja o rojo de la característica arcilla sabanera, en armónico contraste con la variada gama de verdes desplegados por el urapán, el pino, la acacia o el gigantesco, imponente y aromático eucalipto, bellos e insustituibles árboles a pesar de la connotación estigmatizante de que son objeto y en cuyas ramas habitaban colonias de copetones despeluzados, pajarillos tan bogotanos y citadinos como el campeonato del Olaya. Todo aquello enmarcado en los siempre visibles y macizos cerros orientales, de azulado gris y pardo plomizo, donde desde su base la ciudad nació.

Descomunales masas de roca, centinelas naturales, cuyo perfil es algunos días cortado por un celeste cielo limpio, moteado por pequeñas y aisladas nubes platinadas. Estas expuestas al vaivén caprichoso de los fuertes y alevosos vientos sabaneros, las adelgazan y achatan, o sorpresivamente las acorralan en densos y amenazantes nubarrones negros, que en un instante sueltan su cruda furia en torrenciales aguaceros e incontrolables y amenazantes descargas eléctricas, que retumbando rasgan y penetran el horizonte, apaciguándose rápido, llegando pronto la cerrada calma. O produciendo contrariamente, la silenciosa, y cernida llovizna en un perpetuo cortejo con la húmeda niebla en fríos amaneceres consecutivos. Ha sido éste el telón de fondo, donde en un rápido instante de nuestra única existencia, como fugaz fogonazo se enmarca esta evocación de episodios.

Escenario que percibimos generoso por lo anodino de nuestra condición, que observamos maravillados ante una grandeza visible que la naturaleza nos ofrece. Pero que infortunadamente contrasta con una realidad social amarga, de rampante pobreza , de abrupta disparidad. Tangible a cada paso, no solo de forma material, sino quizás peor, espiritual. Miseria y marginalidad engendrada en Ibero-América, por ese sorpresivo pero inevitable cruce de desiguales civilizaciones. Mezcla inmadura que todavía no se estabiliza, por el contrario actuando de forma inversa, cual infección endémica por generaciones consecutivas como llaga purulenta de difícil sanación.

Sin desconocer tan identificable condición, dentro de esa violencia ciega, que siempre nos ahoga en especial la que vivimos, resultado de una secuencia inapropiada de tentativas políticas propias de sociedades deformes. Estos episodios aspiran de algún modo actuar como sedante mitigando, espero nuestra desesperante adversidad.

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