Buenos Aires está lleno de gente. Mucha gente. Pero desde hace algunos años y especialmente atraídos por la “fiesta del uno a uno menemista”, se puede ver en las calles inmigrantes de nacionalidades que apenas conocíamos. La historia de Ibrahim.

Así se fueron sumando, a la multitud de coreanos que comenzaron a llegar hace más de diez años, gentes llegadas de los países de la antigua Unión Soviética. Generalmente mujeres y niños provenientes de Bosnia, Servia, Croacia y la República Checa. Han llegado escapándole a las guerras y la falta de trabajo.

Se han bajado en este puerto, también, una buena cantidad de mujeres centroamericanas (de República Dominicana, Perú) importadas por cafiolos porteños, especialmente para ejercer la prostitución y que hoy, sin el favor la relación “peso – dólar” que les permitía enviar buen dinero a sus casas, quedaron por su cuenta intentando un multitudinario éxodo hacia sus países de origen. Brasileños artesanos, capoeiras y bohemios han también recalado en estas costas atraídos por quien sabe qué de esta ciudad.

¿Alguna vez vio a esos brasileños morenos que se paran solos en las esquinas vendiendo joyas de oro y plata con un paraguas por la calle? ¿Alguna vez habló con alguno de ellos?

Recorriendo la feria de la Recoleta pudimos charlar brevemente con uno de ellos y para nuestra sorpresa no es brasileño: es (sud) africano. Y en los pocos años que lleva en argentina ha logrado un muy buen, aunque bastante tosco, español con acento del Río de la Plata.

Ibrahim es un negro carbón, robusto, de unos treinta y pico de años (aunque es difícil asegurar su edad). Está abrigado de pies a cabeza y solo se le puede ver la cara, o más bien los ojos y la boca, porque el resto se confunde con la noche.

Este vendedor, de voz gruesa y pastosa, de aspecto parco y desconfiado en principio, un poco molesto por que ya eran las últimás horas de la jornada y, tras haber vendido poco, nosotros no dejábamos acercarse alguna posible clienta, comenzó sin ganas a contarnos que había llegado hace cuatro años de su país, como muchos otros, atraído por la facilidad de trabajo y radicación. Nos cuenta que llegó solo (aunque por algún motivo intuyo que son varios los paisanos que llegaron en el mismo avión). Nos cuenta que ha venido directamente hacia argentina, que no ha conocido otros países y que solo ha salido de Buenos Aires para hacer “algunas temporadas” en la costa.

Sin mostrarse melancólico o arrepentido, explica que las cosas hoy se han puesto difíciles. Esto no es nada novedoso para nosotros. Nos explica que ahora para conseguir la radicación, y tras ella la ansiada la posibilidad de un trabajo prospero, es necesario casarse con alguna argentina.

La crisis le afecto, como a todos los que andamos por las pampas. Su negocio de venta de alhajas ha decaído, asegura, un noventa por ciento, los argentinos ya no compran. – no pasa nada- dice - se vende algo si hay turistas, sino no pasa nada.

Así y todo, ya con un poco más de confianza expresada con una sonrisa nos habla de los argentinos, pero no se explaya mucho, se limita a decir que, como en todos lados, hay gente buena y gente mala. Y la gente con quien vive, sus amigos, lo tratan como un hermano.

Ibrahim dice que es una lastima lo que está pasando ahora, que ojalá mejore para que pueda quedarse en argentina. Nosotros tenemos el mismo deseo.

Ya son casi las siete, es de noche y el frío nos está torturando, logramos sacarle una foto bajo estricta promesa de llevarle una copia. Nos despedimos de a uno y nos vamos dando por concluido nuestro trabajo. Ibrahim se va a quedar un rato más, tomando mate con algunos amigos para ver si algún turista le compra algo.

De este modo se hizo la Argentina y eso es lo que somos: un conjunto de gentes venidas de cualquier parte del planeta,que llegamos a estas costas escapando a las desgracias o siguiendo nuestros sueños. ¿Será por eso que tenemos que vivir siempre remando y remando para no hundirnos?

De cualquier modo así somos y así es como me gusta que seamos.

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