El día siguiente decidimos pasarlo visitando el interior de la isla. Desde Sant Antoni, nos dirigimos hacia la población de santa Agnés de Corona (hacia el norte). Por esta carretera se pueden observar las casas rurales blancas típicas, de paredes gruesas, tejados planos y escaleras de yeso. Esta zona, entre Sant Antoni i Santa Agnés es conocida como el Pla de Corona y es un llano repleto de campos de almendros, algarrobos y olivos con las casas diseminadas entre los campos y con numerosas y pequeñas iglesias blanqueadas también. Pasar por esta carretera da la sensación de estar en otro mundo totalmente distinto al que existe por las zonas de la costa.

La población de Santa Agnés es bastante reducida, limitándose a la plaza y a unas pocas calles. En la plaza hay un par de cafés; en el Can Cosme nos comimos unos magníficos bocadillos de tortilla de patata excelente, acompañados de un buen vino local.

Saliendo de Santa Agnés continuamos hasta Sant Miquel de Balansat, pasando antes por Sant Mateu d’Albarca. Sant Miquel está situado en la cima de una colina y tiene una impresionante iglesia fortificada. En la plaza principal había montado un bonito mercadillo de con tenderetes de artesanos fabricando y vendiendo sus productos: cerámicas, collares, etc.

Vale la pena bajar hasta la cala del puerto, aunque la carretera tiene muchas curvas, pero el paisaje rodeado de pinos es muy bonito. La cala del puerto es una playa muy tranquila con una gran zona de arena. El paisaje no es todo lo agradable que se desearía ya que hay algunos edificios construidos sobre los acantilados que rompen con la armonía de la cala. Cerca de la cala hay unas cuevas, llamadas de Can Marçà, pero nosotros no las visitamos.

Después intentamos llegar a la Cala Benirràs, pero no encontramos el camino. Supongo que por eso dicen que es una cala tan tranquila, porque es bastante difícil de encontrar. Nos quedamos con las ganas.

Volviendo del puerto de Sant Miquel hacia la población, no metimos por un camino a la derecha de la carretera que nos llevó hasta el Hotel Na Xemena. Es un conjunto hotelero de estilo ibicenco con una torre vigía de piedra seca. Tiene varios restaurantes a los que se puede acceder libremente. Nosotros cenamos en el llamado El Edén, que consta de varias terrazas que dan directamente al mar, en las que se puede ver magníficamente la puesta de sol. Pedimos pescado para cenar y estaba realmente exquisito. El trato muy amable y la cuenta bastante elevada, pero el lugar merece la pena.

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