¿Te imaginas pasar unas vacaciones en un hotel esperpéntico? No te estoy hablando de un hotel cutre sino lujoso y en Milán, en concreto en el barrio de Brera, un barrio lleno de vidilla. Por allí la gente acostumbra a salir a pasear y a tomar un aperitivo que llaman Apperol Spritz.

Yo no salí mucho. Quedé impactada por un hotel esperpéntico que llaman La Maison Moschino de Milán. Es un hotel que combina el lujo con la moda. Miras para el techo y encuentras vestidos y bolso a modo de lámparas. Las sillas tienen vestidos de alta costura como respaldo. Los sillones son como nubes. Todo te sorprende, empezando por un desayuno que te llega a la mesa dentro de una especie de caja de zapatos. El contenido de la caja no difiere mucho de un desayuno convencional: zumo de naranja natural, huevos revueltos y otras delicatessen en pequeñas cantidades porque se supone que los ricos no tienen mucha hambre por la mañana.

No creo que vuelvan a tenerme de cliente. Un hotel esperpéntico no es el tipo de alojamiento que me gusta. Ni siquiera los toques lujosos merecen la pena; al menos para mí. Mi marido decía que era como estar dentro de un cuento de hadas. Le echa mucha imaginación al asunto. Yo me sentí en un hotel ridículo, en el que los chmpús y geles estaban colgados como las llaves en mi casa y los sanitarios parecían haber salido del Cuento de las mil y una noches.

Este hotel esperpéntico llamado La Maison Moschino de Milán no es grande. Sólo tiene 54 habitaciones y 15 suites. Su directora creativa es Rossella Jardini. Ella misma ha diseñado los interiores del hotel con la colaboración de Jo Ann Tan.

La única ventaja que le encuentro a mis vacaciones en este hotel esperpéntico de Milán es que nunca las voy a olvidar. Marché con pesadillas. Durante semanas estuve mirando para el techo en mi casa. Los vestidos y bolsos colgados como si fueran lámparas me dejaron traumatizada. Aquello más que un cuento de hadas parecía un cuento de Drácula.

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