El Sacamantecas

El Sacamantecas, era una figura inventada por los adultos con el fin de conseguir que los niños se fueran pronto a la cama. 

Este personaje actuaba de forma cruel. Entraba de manera silenciosa en la habitación del niño, normalmente solía hacerlo por la ventana, una vez que estaba en el interior cojía al niño y se lo llevaba a un lugar apartado, allí le habría la tripa y le sacaba la grasa del cuerpo, él se la vendía a alguien para que untándose con esa grasa se pudiera curar de la enfermedad que padecía. 

La figura del asustador de niños

Durante años los adultos utilizaron esta historia para conseguir que los niños les obedecieran. Evidentemente no parecía la mejor manera de conseguir el objetivo que perseguían. 

El asustador de niños se ha representado de diversas formas en todo el mundo. Lo que lleva a pensar que la leyenda podría haber sido realidad en alguna ocasión. 

La leyenda se convirtió en realidad

Los padres metían el miedo en el cuerpo de los niños llevados por la desesperación, pero de lo que no eran conscientes es que con esa historia ellos mismos podían estar creando un monstruo. 

Así en el año 1880 en España, los medios de comunicación de aquella época bautizaron a Juan Díaz de Gargayo, como el Sacamantecas. Este hombre era un agricultor de Álava, tenía un aspecto parecido al de un simio, abusó y sacó las tripas a seis mujeres, lo que le llevó a morir ajusticiado en Valladolid. 

Este no fue el único caso que se produjo, en los años 1910 y 1912, Francisco Ortega y Enriqueta Martí, cometieron dos crímenes parecidos por los que también fueron ajusticiados. 

Leyenda o realidad

Las habladurías sobre sucesos de este tipo no solo se han producido en España. Durante muchos años, se escuchó que algunas empresas dedicadas a la cosmética usaban en sus productos grasa humana. De echo, no hace mucho tiempo, concretamente en el años 2009, se desarticuló en Perú, una banda que recibía el nombre de Sacamantecas, ya que se cree que utilizaban grasa humana para fabricar cremas hidratantes. 

Queda claro que en más de una ocasión, los adultos no utilizan los mejores métodos para educar a sus hijos. Y es que parece que no termina de entenderse que el fin no justifica los medios. 

 

 

 

 


 

 


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