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La ciudad de Loudun en Francia albergó en 1626 un convento de ursulinas donde llegaron 17 monjas para reforzar la fe en un tiempo donde los protestantes hugonotes se habían convertido en mayoría. Una de las monjas era Juana de los Ángeles (nombre religioso), su nombre verdadero era Jeanne de Belciery era hija de una familia de pocos recursos y tenia el defecto físico de andar encorvada por una enfermedad que sufrió de pequeña.   

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Ingresó con 20 años en las ursulinas de Potiers y más tarde la trasladaron al este convento de Loudun donde fue elegida superiora del convento. Allí conoció Ángeles al padre Urbain Grandier que era cura de una de las parroquias más importantes del lugar. El padre Urbain era elegante, atractivo y con gran capacidad oratoria que dejaba a los fieles extasiados con sus sermones, especialmente al sexo femenino y casi todas querían confesarse con él.   

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Muy pronto demostró este cura que le importaba muy poco el voto de castidad y tomó como amante a una joven del pueblo, Madeleine  de Brou, y la convenció para que se casara con él en una boda clandestina en la que el cura era el novio y a la vez el sacerdote que oficiaba la boda. Al mismo tiempo sedujo a la joven y hermosa hija del fiscal de Loudun y la dejó embarazada. Para evitar el escándalo el padre le organizó una boda de conveniencia con otro hombre del pueblo pero juró que se vengaría del cura y lo denunció junto con otros que ya lo tenían entre ceja y ceja por sus andanzas clandestinas. 

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El cura Urbain fue detenido y juzgado pero por sus influencias y buena labia fue declarado inocente y regresó a Loudun triunfante. Tras los muros del convento, Juana de los Ángeles supo de su regreso y con el fin de atraerlo lo nombró su consejero espiritual, este se negó disculpándose alegando mucho trabajo y le mandó un ramo de rosas. Las altas autoridades de la Iglesia mandaron otro cura, el canónigo Mignou un gran enemigo de Urbain, pero esto a la superiora no le gusto nada y empezaron en el convento a suceder muchos sucesos anormales.     

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Las monjas empezaron a tener crisis de histeria diciendo que veían sombras saliendo de las paredes, veían por las noches un hombre de espaldas y otros muchos fenómenos que hicieron pensar que estaban poseídas por el diablo, en especial Juana de los Ángeles, que entraba en trance emitiendo chillidos que recordaban un cerdo pequeño. Al serenarse manifestó que se sentía embrujada por Utbain desde que le mandó el ramo de rosas en el que introdujo un pacto con el diablo. 

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Los nenemigos de Urbain la tenían lo que buscaba y acusaron al cura de brujería, fue arrestado mientras las monjas fueron sometidas a duros exorcísmos para sacar el diablo del cuerpo. El cardenal Richelieu obtuvo del rey Luis XIII autorización para abrir nuevamente el caso de Urbain y acusarlo ahora de brujería. Llevado a declarar, este negó las acusaciones pero el tribunal, viendo el estado de las monjas, lo condenó a morir en la hoguera y el 18 de agosto de 1634 fue atado a un poste y vestido con una camisa mojada en azufre, le propusieron estrangularlo para que no sufriera con el fuego si confesaba, como negó nuevamente los hechos fue quemado vivo. Sus últimas palabras fueron: "Dios mío, tened piedad de mi, perdónalos señor, ¡Pedonad a mis enemigos!".   

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