Los hinchas presentes en la Copa América de Argentina, reflejan la amarga sicología idealista, triunfalista que raya en la irrisoria imagen de un país poco acostumbrado a ganar.

 

Siendo chileno de nacimiento, con una clara pasión por el deporte rey, me veo inmerso en uno de los grandes acontecimientos de nuestro continente, nuestro propio mundial, la excusa ideal para echar afuera esos sentimientos que tenemos un tanto guardado la mayor parte del año.

Como sucede en el amor, siempre se busca el idealismo, una perfección no existente tanto en el hombre como en la mujer, pero como ya se sabe, eso es imposible y jamás existirá (lamento decepcionar a las cazadoras del príncipe azul). Pero aún así, las relaciones de pareja funcionan. Hasta que surge el quiebre.

Hasta el momento el hincha que cree ciegamente en su selección, está viviendo una epopeya, una historia de esas que conmueven el alma, visualizar a once guerreros con camisetas rojas venidos del mismo Olimpo, con poderes que superan con creces la imaginación, la perfección inaudita en el juego de Valdivia y Sánchez gracias al auspicio de Harry Potter, en fin. La pasión en su máxima expresión. Pero nuestra idionsicracia nos traiciona. Y no deseo que llegue ese quiebre. La euforia exultante del hincha chileno es bipolar, de la alegría pasa a la depresión en cosa de segundos. ¿Cuándo va a llegar el día en que seamos mesurados en nuestro actuar? Si nunca hemos sido un país de campeones ¿por qué al primer triunfo ya estamos hablando de tener la copa? Es cierto que estamos frente a una de las mejores generaciones de jugadores de nuestra historia, pero eso no significa nada aún. Nada.

El fútbol es el opio del pueblo. Y si ahora es el momento para que Chile sea campeón de América por primera vez en su historia, sería excelente, pero va a ser un momento en que van a pasar dos cosas: o se va a mostrar la hilacha como siempre, ¡feriado nacional por un mes! o se demostrará que nuestra cultura cívica ha progresado siquiera para creer que en el fondo el fútbol es sólo una distracción y entretiene. Pero en realidad señores, hay problemas más serios que atender en casa.

 

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