Al fin se fueron Helena y José, cogieron un morral, sin trasteo de mobiliarios, solo algunas ropas pertinentes para el frío, para el calor, solo las necesarias para irse al fin del mundo.

Helena consideró esa madrugada, sacar del morral medicamentos que ocupaban un espacio necesario, y empacó allí, su computador portátil, en el que leía, escuchaba, se comunicaba, y escribía. José, en cambio, olvidó hasta lo más imprescindible, y solo empacó un libro, pues todo el campo de su morral, lo ocupaba el costal gigante de sentirse aterrado, pero libre.

El cerró todos los negocios que llevaba en la ciudad, por varios años intentó administrar el último circo, antes de la extinción. Lidió con el hambre de bestias enjauladas, pimpones perdidos para narices de payasos tristes, exigencias de acróbatas y malabaristas obsoletos, gritos de magos con trucos patéticos, que no encantaban ya a nadie. Cerró ese y algunos otros negocios, de parafernalias insulsas, que lo torturaron diplomáticamente por años.

Helena por su parte, dejó todo, cosas resueltas, cosas a medias, cosas sin medida previsible; dejó todo lo que ella alguna vez fue; menos a su hijo, para quien arregló lo necesario mientras mandaba por él, para llevarlo al pueblo, cuando algunas cosas, especialmente un tiempo solos que necesitaban con José, estuvieran listas.

También mandarían luego, por sus perros, quienes a su vez, ellos tendrían que aprender a vivir juntos.

Al llegar al destino elegido, un pueblo de los tiempos infantiles de José, HELENA se sentó en el andén, fumando un cigarrillo detrás de otro, acompañado de un tinto orgánico; mientras él, hacía los ajustes finales, para recibir las llaves de la casa escogida un mes antes, para empezar su feliz destierro, auto impugnado.

Helena sabía que tenía, allí en el andén, el último instante para solucionar una suerte de culpa, revuelta con tristeza y nostalgia, que la atribulaba al sentirse tan feliz. Sabía que al entrar a su nueva casa, el pasado debía sellarse, con culpas o sin ellas, al recóndito lugar de los recuerdos. Sabía que JOSE y ella, merecían la expectativa de un alma naciente, sin saldos en rojo, sin embargos de heridas pasadas, sin más que la disposición, a intentarlo realmente.

Sus días empezaron lentos, definiendo en las noches, lugares de cada cual, que a veces durante el día no conciliaban cuando avanzaban en las importantes decisiones rutinarias, de lo que se desayuna, de lo que se compra, de quien hace qué; había días de acuerdos plenos, y días de peloteras dulces, por definir las bondades de los alimentos que más les convenía, o por definir juntos si a su casa entraría la costumbre de sentirse el uno sin el otro, o más bien permitirse, intentar todo, como nuevos en el mundo del amor, siendo uno, y no dos.

En los primeros tres meses, evacuaron cualquier duda rondante, sobre las posibilidades físicas y elásticas, de cuanta posición, conocieron, indagaron y escucharon, que se habían inventado los maestros en las artimañas del tango de catre; prefiriendo algunas y desechando otras, diseñaron el mapa de sus noches, que los acompañaría como una geografía conquistada, hasta la noche anterior al ocaso de Helena.

También acordaron en juntas de gobierno, que quedaron registradas en actas selladas con besos, algunas tareas domésticas, y en juntas silenciosas, cada uno también inventó, un espacio para estar a solas con el espejo.

Cada mes, Helena aplicaba sobre José, un ritual minucioso de belleza, lo peluqueaba con algunos desaciertos, para lo cual prefirió regalarle el sombrero que había buscado por varios meses; le hacía un agónico manicure, tratando de delinear el ataque feroz que él por año hizo a sus uñas, buscando comprobar su hipótesis que los humanos, vivirían mejor sin ellas; le hacía un conjuro de ingredientes secretos, que le aplicaba a manera de mascarilla, mientras se sentaba en sus piernas medio desnuda, o mejor medio vestida y de a pocos remendaba su rostro cercano a la vejez. Le cubría amorosamente, hombros y espalda con aceites conseguidos en la botica del pueblo, que según aseguraba el vendedor, redimían cualquier exceso de algunas noches de faenas muy largas.

Cuando Helena decidía preparar una cena especial, a base de pescado y arroz, escuchaba jazz; pero cuando eran sopas, que levantaban al más muerto de los muertos, escuchaba salsa; cuando era pastas cocinadas de mil maneras, con ensaladas exquisitas preparadas con mil verduras, prefería la voz cadenciosa de Diego el Cigala, y cuando eran los platos de su casa de niña como fríjoles, lengua en salsa, ajiaco, cocido boyacense, arroz con pollo, escuchaba los cantantes de la nueva era de la música de plancha, tarareando para tortura de José, cada una de las canciones que sonaban de Ha ash, Luis fonsi, Ricardo Arjona, Alejandro Sáenz, Franco De Vita ;pero en cambio la música góspel era la elegida, cuando el ánimo requería remiendos mayores a los culinarios.

Al escuchar la melodía del día, JOSE presuponía ya el menú, con el que soñaba desde la mañana cuando salía al pueblo a trabajar, a hablar en el café con los de su generación, o a traer la granola que Helena impuso como el único requisito, para dejarlo volver a entrar a casa. Por su parte él cuando cocinaba, variaba entre carne, arroz y papa o carne, arroz y plátano, solo por la petición de Helena de reducir un poco las harinas, excluía la papa o el plátano. A veces innovaba el menú con una rodaja de aguacate o de tomate.

Algunas tardes iban a las zonas rurales que rodeaban al pueblo, recogían cartuchos y flores moradas del cultivo de papa, con las que Helena diseñaba variados floreros por toda la casa y uno especial que siempre decoraba su habitación. Recogían el abono natural, para alimentar las matas y aromáticas sembradas en el jardín, y alguno que otro tronco, para completar los muebles de la sala.

José escribía cuando le robaba el tiempo, a su hábito de leer el periódico, una y otra vez las misma noticias, una y otra vez, solo que con personajes y ciudades diferentes. Trabajaba en el pueblo dando clases de música, y de lectura, y llevaba el pan para las onces, antes de dormir una de las tres siestas que hacía en el día. Helena cuidaba todo, la casa, el espacio para su hijo, para los perros, para los libros y para las ensoñaciones de su amado. Trabajaba por horas, en la titánica labor de siempre, ayudar a que otros sonrieran más, o por lo menos, de verdad.

El viajaba cada cierto tiempo a la ciudad, para hacer diligencias, visitas, llevar recados, y comprar encargos de Helena. Poco a poco, anhelaba menos la ciudad, entendiendo que solo al construir un lugar lejos, ese dulce lugar con Helena, era más él, y menos los otros, aunque cada vez recordara más a su padre.

Así mismo, HELENA lo extrañaba desde el amanecer del día en que se iba, sin haberse ido aún; le acomodaba la camisa, le ayudaba con la lista de cosas por hacer, revisaban la billetera de ambos, y le empacaba unas frutas y claro, la granola infaltable para el viaje, con un termo para aguas aromáticas que lo sanaban de los males de la separación temporal.

Al llegar el hijo de Helena y los dos perros, llegó también la hija de él, el sobrino y las mamás de ambos, para estar unos días con ellos; volvieron a ajustar algunas rutinas, pero ya estaban perdidos en quererse tanto, como para perdonarse no haberse arriesgado antes, para contar con más tiempo para vivir la maravilla que vivían, en la casa del pueblo.

Durante los años juntos, tuvieron una discordia fuerte que pudo ser definitiva, cuando el extranjero fue a buscarla, creyendo que sus vaticinios de que José no era el amor para Helena, estaría confirmado.

A llegar allí, por primera vez José, se paró en la puerta, con la firmeza y decisión de defender lo suyo, decisión que nunca le había conocido Helena, y le dijo que se marchara. La discordia ocurrió, por el hecho funesto que ocho días después de la visita del extranjero, José viajó a visitar a su hija sin ton ni son, olvidando llevar a Helena, o si acaso preguntarle si quería ir, como si hubiese un campo en el que ella no existía para él.

Helena lo dejó marchar sin mayores comentarios, solo guardó un silencio raro en ella. Al irse llamó al extranjero y pasaron juntos una semana que se debían; sin consumar nada, pues HELENA tenía claro a quien le pertenecía, pero necesitaba conformar si JOSE lo tenía claro. José, molesto y algo dolido por la escapada inocente de Helena, entendió el mensaje sin mayores palabras, y desde el siguiente año, siempre viajó con ella, cuando el viaje duraría más de unos días, o en su defecto acordaba con ella, algunos manuales de navegación.

Cuando notaban las cosas que no les gustaban el uno del otro, que resultaron varias y aquellas que solo se conocen en la convivencia bajo el mismo techo, la misma cobija, el mismo baño, la misma cocina; aprendieron a recurrir a la ternura, ella siempre los sacó de laberintos sin sentido que a veces llenan de maleza la vida.

José tenía una manera sencilla y limpia de calmar las molestias de Helena, el uso de la suavidad para hablarle y mirarla, y el uso de palabras imprudentes que finalmente la hacían reír; y perdonarlo dándole ella a él, un beso natural en su mano.

La vida transcurrió tranquila y amorosa; tal como ellos habían sido desde que se conocieron, esperaron mucho, creyendo tener todo el tiempo infinito; desde siempre la risa y la calma, el cariño y la ternura, el abrazo y el beso, el estremecimiento de las vísceras, las impertinencias lingüísticas, la complicidad segura, les había advertido de una posibilidad maravilloso juntos. No sabían ya, porque habían cedido tanto tiempo, de un TIEMPO irremediablemente finito.

Helena algunos años después, murió en los brazos, aún fuertes y cálidos de JOSE, en medio de muchos besos no pedidos, sabiendo que aquella mañana sentada en el andén cuando dejó todo atrás, había dado el paso para que esta mañana de julio pudiera morir a paz con sus búsquedas, y tan feliz, por lo bailado, con este hombre, poeta de sus sueños.

Algún tiempo después, como era costumbre cuando los ilustres del pueblo morían, el hijo de Helena pegaría en aquella casa de felicidad, una dulce plaquita con los colores de ella, y mariposas volando, en la que con letras diseñadas por él mismo escribió: “aquí vivió el poeta, con la mujer que lo amó”.

helena y josé

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