Me he construido una cabaña. Está ubicada en una pequeña llanura rodeada por inmensas colinas. Los campos son verdes, los inviernos son crudos y dolorosos pero las primaveras son un festival de colores y sonidos frescos. Los veranos son calurosos y rojizos; pero gracias a un pequeño río cerca del lugar hay momentos confortables. Mi pequeña cabaña está alejada de cualquier civilización humana, pocos saben de la existencia de este lugar, con lo cual las intromisiones son escasas. Dedico mañanas y tardes a la reflexión y a escribir. A veces doy largos paseos por las llanuras, el aire es fresco y acogedor, y las espigas de trigo se balancean bajo el movimiento aleatorio de olas de aire. De vez en cuando salgo a montar a caballo y disfruto de incontables silencios. No se crean que por algún momento me aburro, no, me dedico a destripar la soledad y los arrecifes de mi alma.

Por desgracia hay en aquel páramo un lugar al cual no me atrevo a pasar. Al otro lado de las colinas que rodean mi parcela hay una llanura de constantes tormentas. Un espacio comprendido de relámpagos y rayos que devoran el aire a su alrededor. El rugido de aquellos rayos es tan ensordecedor que los escucho diez kilómetros antes de llegar al fin de mis fronteras. El miedo y la congoja se apoderan de mi caballo que se niega a andar y yo he de seguir a pie el camino que me resta.

En las noches, grandes bestias vagan a sus anchas aullando y matando animalillos inocentes, recién nacidos y hermosos renos desprotegidos. Hay un animal en particular que creo conoce mi existencia, algunas noches golpea y araña las puertas de mi casa. Sus rugidos son tan calamitosos como los mismos rayos. La mayoría de las noches que aquel monstruo viene a llamar a mi puerta tengo tanto miedo que me acurruco en la esquina de el lado de mi cama con la escopeta entre las piernas y allí acurrucado paso las noches, hasta que llega la madrugada y aquella bestia desiste en su intento de asaltar mi casa. Deja sus grandes huellas en mi puerta parecen las pisadas de un oso grizzly, un monstruo.

Las veces que no me veo acosado por aquella bestia, las tormentas de el otro lado de la colina son tan brutales que atraviesan la frontera invadiendo mi parcela embistiendo contra todo lo vivo que halla a su al rededor, derribando árboles y reventando a pobres criaturas en pedazos, chamuscando sus carnes ya muertas. Las noches son terribles y complicadas, bebo hasta perder el conocimiento y a la mañana siguiente el dolor es tan pesado que el hacha para cortar leña me mira con atrevimiento desde fuera. Ese es otro de mis desvelos.

Me he construido una cabaña tranquila, en alguna parte de mi mente donde, donde la razón es escasa.

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