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No cabe duda que desde el primer momento en que recibimos la fe, se nos inculcó la idea de que el cristianismo era la religión verdadera. Al margen de si se está de acuerdo o no con esto, lo que es totalmente cierto es que esta idea forma parte de la herencia religiosa recibida.

Lo que hace que la afirmación de Verdad tenga un peso excesivo en el cristianismo es el hecho de la posibilidad de la Salvación que se presupone detrás de la acogida de la Verdad que el cristianismo propugna. Indudablemente, tanto el Extra ecclesiam nulla salus, o que la Iglesia es Sacramento Universal de Salvación, no parecen favorecer la posibilidad del diálogo interreligioso, ni que la exclusividad de la Iglesia para la Salvación pueda ser puesta en duda.

Ciertamente, otras religiones también se presentan como camino para la Salvación, pero ninguna con la pretensión de exclusividad que plantea el cristianismo.

Con el dato irrefutable de que Jesús -el Mediador para la Salvación- es Dios, difícilmente se puede hacer omisión de un planteamiento exclusivo y excluyente del cristianismo. Este lenguaje, hoy en día, y después del estudio que se ha hecho de cada tradición religiosa, resulta cada vez más difícil de entender y de estar de acuerdo con él, sin tener en cuenta a las demás religiones del mundo.

Un primer argumento para discutir esta pretensión absolutista del cristianismo parte del hecho de que en la Biblia, tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, la revelación de Dios al hombre siempre es parcial o limitada. Toda la infinitud de Dios no nos ha sido revelada en Jesús, sino aquello que podía ser accesible al hombre y que Dios ha tenido a bien compartir con su creatura, a través de Jesús.

A Dios lo entendemos como el "totalmente Otro" y, por lo tanto, no hay parangón humano posible para hacernos una mínima idea de lo que Dios es, ni tan si quiera a través de las palabras y gestos de Jesús, que por muy explícitos que hayan sido, quedan bien lejos de lo infinitamente diferente que Dios es frente al hombre y la creación entera.

Aquí, quien es absoluto es Dios, y no la Iglesia ni la religión en sí. Las mediaciones son relativas y ocupan el lugar que deben ocupar en la historia de la revelación, y sólo ese. Tampoco deberíamos extrañarnos si, al hablar de Jesús, decimos algo equivalente. En diferentes momentos del Evangelio, Jesús afirma claramente que hay cosas de Dios que sólo el Padre conoce, y que ni si quiera Él, que es el Hijo, tiene acceso a ellas.

En segundo lugar debemos afirmar que el Dios cristiano es Uno y son tres personas al mismo tiempo, es decir que la pluralidad forma parte de la misma esencia de Dios y, por lo tanto, la diferencia existe en Dios mismo, cosa que también se expresa en su manifestación en el mundo. Dicho de otra manera, si la revelación de Dios es plural, como Él mismo lo es, el acceso del hombre a Dios, pasa necesariamente por aceptar la diferencia y en buscar en la pluralidad de sus manifestaciones la idea más acertada de lo que Dios es por naturaleza. En este sentido, la diferencia no sólo es mala, sino que es una mediación necesaria para alcanzar la Verdad de Dios.

La intención de Jesús es la de mostrarnos al Padre y la de que vayamos al Padre a través de Él. Dicho de otra manera, en el cristianismo lo importante no es Jesús, sino el Dios de Jesús. Absolutizar a Jesús frente a Dios mismo es algo contrario a la propia identidad cristiana que cree en un Dios plural, donde la mediación de su Hijo juega el papel que le corresponde en la historia de la revelación, pero nunca sin olvidar que la intención de Jesús es la de mostrarnos a Dios, es decir al Padre.

Cuando otras tradiciones religiones se proponen al hombre como camino para la Salvación, sin dejar de mostrar el rostro de Dios, se ponen automáticamente en sintonía con la propia pretensión cristiana, que fija su mirada en Dios y sólo en Él. Por esta razón, el cristianismo se alegra por aquellos hombres que buscan a Dios, desde donde sea, sin por ello exigir que se conviertan a la Iglesia de Jesús.

Con todo esto concluyo que la pretensión de Verdad exclusiva del cristianismo no lo es tal y como se nos ha transmitido. Y esto lo afirmo desde su propia estructura teológica que dimana de la esencia plural de Dios, y por el "relativismo" inherente que conlleva la propia persona de Jesús, que en ningún momento supera al Padre ni pretende ser o saber más que Él.

A partir de aquí, el diálogo interreligioso se puede plantear desde otros parámetros de igualdad para juntos alcanzar la única Verdad que puede salvar al hombre.

Fausto Antonio Ramírez

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