¿Por qué existen tantas religiones? ¿Cómo encontrar la religión verdadera? ¿Ya pensaste en buscarla en la guía telefónica? Buscamos en la guía muchas cosas, pero esa información no está allí. Nuestro objetivo es la verdad. Y la verdad no está en venta. En algunas páginas amarillas podemos encontrar columnas y columnas de iglesias. Pero, ¿cómo elegir con acierto entre tantas opciones posibles?

¿Tendrías el coraje de cerrar los ojos y pasar el dedo sobre página y elegir al azar la iglesia donde cayese tu dedo? No sería un buen método, porque la cuestión es mucho más trascendente que las páginas amarillas. Estamos viviendo en una época de cambios radicales. Y las iglesias, en el intento de mostrar interés por el pueblo, se enrolan en la acción social, la política, la guerra y la pobreza. Y al hacerlo han dejado de lado el evangelio de Cristo.

En los últimos tiempos ha habido un deterioro de los valores morales. Cercados por las dudas, hay quienes piensan en apartarse de las iglesias, por considerarlas innecesarias. ¿Y qué decir de los caminos diferentes, innovadores, será que son guía seguros en la búsqueda de la verdad? Por todo eso, muchas ovejas descarriadas (como las define el evangelio) están regresando al rebaño. Y muchas aún permanecen en duda. Tú puedes ser una de esas personas. la duda puede estar atravesada en tu camino.

Si tu deseo es exclusivamente encontrar la verdad sin subterfugios, no irás en busca de una iglesia por la altura de sus torres, por la riqueza de sus altares o por la elegancia de sus adeptos. Hay millones y millones de personas que se dicen cristianas. Creen en el cristianismo, en oposición al hinduismo, el budismo, el islamismo o el judaísmo. Pero más allá del vago rótulo de cristiano, no tienen más semejanzas.

Hay cristianos e iglesias cristianas de todas las variedades. ¿Estás buscando una organización grande, con muchos millones de adeptos, o un pequeño y discreto grupo? ¿Una iglesia antigua o una iglesia nueva? Algunos eligen una iglesia solo porque está en la esquina de su casa, otros consideran la amistad como un valor importante. Algunos son atraídos por la música de un gran órgano o por el canto de un coro, o buscan un pastor simpático y carismático. Pero pocos, muy pocos, le dan importancia o prioridad a la verdad.

La verdad es el factor más importante. Dios coloca a la verdad ante nosotros,. Vamos a ver lo que nos dice a través del profeta Isaías (8:20):

“¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a este, es porque no les ha amanecido”.

 Sin la luz que brilla desde la Palabra de Dios, nunca llegaremos al pleno conocimiento de la verdad.

La Biblia da una respuesta muy clara y entendible:

“Apareció en el cielo una gran señal: una mujer vestida del sol, con la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas. Y estando encinta, clamaba con dolores de parto, en la angustia del alumbramiento”. (Apocalipsis 12:1, 2)

La mujer, en la profecía bíblica, representa a la iglesia. Dios usa con frecuencia el símbolo de una mujer para representar a la iglesia. Una mujer pura y bonita representa a la iglesia verdadera. Y una mujer ramera representa a la iglesia falsa. Con eso en la mente, entenderemos la profecía. Cuando algunas personas leen el libro de Apocalipsis, exclaman:

¡Qué horrible! ¡El capítulo 17 habla sobre una prostituta!

Sin embargo, es bueno que comprendas bien el lenguaje bíblico y sepas que el profeta no se está refiriendo a la impureza física. En realidad, “la mujer vestida de púrpura y escarlata” (Apocalipsis 17:4) representa una iglesia falsa, infiel al Señor. No olvides que el Nuevo Testamento describe a la iglesia como la novia de Jesús. También se simboliza a la iglesia con una mujer de la cual Cristo es el novio. En el Apocalipsis, las características de la mujer simbolizan a la iglesia verdadera y a la iglesia falsa.

Continuando con Apocalipsis 12:3, 4, leemos la descripción de Juan:

 “También apareció otra señal en el cielo: he aquí un gran dragón escarlata, que tenía siete cabezas y diez cuernos, y en sus cabezas siete diademas; y su cola arrastraba la tercera parte de las estrellas del cielo, y las arrojó sobre la tierra. Y el dragón se paró frente a la mujer que estaba para dar a luz, a fin de devorar a su hijo tan pronto como naciese”.  Apocalipsis  12:3, 4,

El dragón es claramente Satanás, el ángel caído que arrastró con él a un tercio de los ángeles en la rebelión. El dragón estaba delante de la mujer, o sea, de la iglesia, para devorar a su hijo apenas naciera. Recordemos que Satanás, por intermedio de Herodes, el gobernador romano, trató de destruir a Cristo, decretando que se mataran todos los niños varones que estaban en Belén. Pero Satanás no tuvo éxito.

Veamos el versículo 5:

“Y ella dio a luz un hijo varón, que regirá con vara de hierro a todas las naciones; y su hijo fue arrebatado para Dios y para su trono”.

Jesús está a salvo, al lado del Padre. Pero Satanás no abandonó sus intentos. Después de fracasar en la tentativa de destruir a Jesús, dirigió su atención hacia la mujer, la iglesia, y se propuso destruir al pueblo de Dios. Eso es lo que describen claramente en las Escrituras.

El versículo 6 aclara que

 “...la mujer huyó al desierto, donde tiene lugar preparado por Dios, para que allí la sustenten por mil doscientos sesenta días”.

La iglesia, atacada por Satanás, pasó momentos terribles. El período de persecución duró 1.260 días proféticos. Cada día simboliza un año literal. La iglesia huyó al desierto porque necesitaba refugiarse de la persecución incansable que comenzó inmediatamente después de la muerte de los apóstoles y se incrementó bajo el poder de Justiniano I, en el año 527 de nuestra era.

Justiniano oprimió a la verdadera iglesia (la iglesia primitiva) quitándoles toda protección a los que llamaba disidentes. Los cristianos pasaron a ser perseguidos por el simple crimen de permanecer leales a la Palabra de Dios. Esa opresión alcanzó una furia incontrolable en el año 528. Ese número, sumado a 1.260 nos lleva a 1798. Después de pasar casi 13 siglos en el desierto, Dios evitó que su iglesia fuera exterminada. Ahora observa lo que dice el versículo 14: “Y se le dieron a la mujer las dos alas de la gran águila, para que volase de delante de la serpiente al desierto, a su lugar, donde es sustentada por un tiempo, y tiempos, y la mitad de un tiempo”. Tiempo, tiempos y la mitad de un tiempo representan el mismo período de 1.260 años.

Según el versículo 16, “la tierra ayudó a la mujer”.

En las montañas, en los lugares más apartados, la mujer (la iglesia) se protegió de los ataques de Satanás y pudo sobrevivir. Luego de lo cual, la vemos victoriosa. Y así continúa hasta el final de los tiempos. Y llegamos al versículo 17 del capítulo 12:

“Entonces el dragón se llenó de ira contra la mujer; y se fue a hacer guerra contra el resto de la descendencia de ella, los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo”.

Vamos a repasar lo que estudiamos hasta aquí. San Juan, el revelador, vio una mujer hermosa que representa a la iglesia verdadera de Jesucristo, que estaba de pie en el cielo. Estaba encinta, esperando un hijo. Tenía una corona de 12 estrellas que adornaba su cabeza. La iglesia, como se ve, con la coronación de gloria de los doce apóstoles, se encuentra sobre la luna, que no tiene luz propia y solo puede brillar con luz prestada. Ese fue el principio de la era cristiana. La luna simboliza las figuras y las ceremonias del Antiguo Testamento, que caducaron para siempre con el sacrificio de Cristo.

Una mujer vestida con el fulgor del sol, o sea, con el brillo del evangelio, se proyectó hacia el futuro. Su hijo fue perseguido por el dragón, pero finalmente permaneció a salvo en el cielo. La iglesia se convirtió en el blanco de la persecución por 1.260 años. A pesar de toda esta furia destructiva, continúa viva en nuestros días, consolidada en la fe de Jesús y en los mandamientos de Dios.

Durante nuestro estudio, cuando utilizamos la palabra iglesia, no pensamos en ninguna denominación religiosa. En el Nuevo Testamento, el término iglesia significa una sociedad religiosa fundada por Jesucristo. Sus adeptos son, por lo tanto, los escogidos de Dios. Es muy reconfortante saber esto, ¿no crees?

¿Y qué decir de la predicación? ¿Se cumplió? Perfectamente. Una tremenda avalancha de persecución se desencadenó contra los seguidores de Cristo. Comenzó con Nerón, más o menos en la época del martirio de Pablo. Los cristianos fueron falsamente acusados de los crímenes más aberrantes, incluso de las calamidades naturales y los terremotos. Muchos fueron arrojados a las fieras o llevados a las hogueras, y algunos hasta fueron crucificados.

Las cosas no quedaron allí. La persecución continuó. Pero los cristianos permanecieron firmes. Los que dieron su vida por causa de Cristo fueron sustituidos por otros que también eran leales. Satanás vio que no podría destruir la iglesia por la violencia y resolvió pergeñar otros métodos: actuar en silencio y trabajar dentro de la iglesia. Como lobo vestido con piel de cordero, su táctica colocó a la iglesia en tremendo peligro. La condescendencia se convirtió en una arma más eficiente que la muerte.

La iglesia, con la pretensión de ser popular, cortejó al mundo. Los paganos se unieron a ella en gran número trayendo consigo sus ídolos, supersticiones y ceremonias. La iglesia popular visible se había corrompido. Ya no podría ser representada por la mujer bonita y pura de la que nos habla Apocalipsis 12. El pequeño núcleo de cristianos que se mantuvo firme, siguiendo a Cristo y a los apóstoles,  jamás  podría aceptar la herejía y la corrupción. Sólo le quedaba una opción: esconderse, huir al desierto, tal como estaba predicho.

Durante toda la Edad Media, por casi 13 siglos, la iglesia tuvo que sobrevivir con su pequeño núcleo de fieles en la clandestinidad. Sólo Dios sabe cuántos padecieron el martirio en aquellos años terribles. La persecución ya no provenía de fuera. Se trataba de cristianos persiguiendo a otros cristianos. En el nombre de la religión, se practicaron las mayores atrocidades. No hay nada más terrible que el terrorismo practicado en nombre de Dios. Sin embargo, a través de toda la Edad Media la luz de la fe y de la esperanza jamás se apagó.

Las amenazas, los riesgos y la propia muerte no fueron suficientes para apagar la llama viva de la verdad según la experiencia vivida por los valdenses, en 1655. Estaban reunidos en la “Chiesa della Tanna”, la iglesia de la tierra, donde por muchos años habían cantado, orado y compartido su testimonio valiente. Un día, 250 de ellos fueron sorprendidos en aquella caverna. Los soldados hicieron una hoguera en la única entrada existente. Mientras el oxígeno se consumía por el fuego, ellos cantaban loores a Dios hasta quedar sin aliento, hasta que le llegó el momento de la muerte. John Milton, el poeta ciego, autor del célebre poema “Paraíso Perdido”, impresionado con el martirio que sufrieron esos héroes, escribió:

“Ven, Oh Señor, a tus santos cruelmente despedazados

cuyos huesos yacen esparcidos

por la fría montaña alpina.

Aquellos que mantuvieron tu verdad pura,

cuando nuestros padres adoraban ídolos de piedra”.

Pero la antorcha de la verdad nunca se extinguió por completo y, en 1798, el período de 1.260 llegó a su final. En la mayor parte de Europa, la persecución había cesado 25 años antes. Jesús había predicho que si aquellos días no fuesen abreviados, ninguna carne se salvaría. El Movimiento de la Reforma había cumplido con su papel. Los traductores de la Biblia habían terminado su trabajo. Las imprentas estaban publicando las Escrituras para que fueran esparcidas por el mundo y estuvieran al alcance de todos.

La iglesia primitiva, la verdadera iglesia, la mujer de la que nos habla Apocalipsis 12, nació al comienzo de la era cristiana y representa la fe inamovible de Jesucristo en toda su pureza. Ella se perpetuó a través de los siglos.

Es como si hubiera ingresado en un túnel para atravesar los siglos. Buscó refugio. Desapareció durante un período de 1.260 años, tal como lo previó el Apocalipsis, y salió del túnel en 1798, con los estigmas y las marcas de su largo sufrimiento, pero como guardiana de la verdad, con la pureza aún resplandeciente de la fe recibida de Jesús y de los apóstoles.

¿Te imaginas cuánta confusión habría si de ese túnel no saliera una única iglesia verdadera, sino más de 212 ramificaciones de la fe cristiana, con diferentes denominaciones, credos e ismos, que se enfrentaran entre sí la mayoría de las veces? Creo que dirías, con justa razón, que algo debe de haber sucedido en el túnel del desierto. Pero las verdades de Dios, fielmente mantenidas a pesar de todas las presecuciones, también deben haber regresado del desierto.

No hay duda de que la iglesia verdadera sobrevivió en su largo ostracismo. Pero, ¿cómo podemos saber cuál es hoy la verdadera iglesia, en medio de tantas denominaciones?

¿Cómo vamos a distinguir a la verdadera de la falsa? Debemos evaluar la iglesia como Dios lo hace. El mide a la iglesia por su posición ante la verdad. Y él nos mide de la misma manera. Nadie puede decir que su iglesia es la única que será salva al final, porque Dios salva a las personas individualmente, no salva iglesias. Pero puedes medir a tu iglesia por sus enseñanzas.

Regresando a Apocalipsis 12:17, Satanás se airó con la iglesia y fue a hacer guerra al resto de su simiente, al resto de la iglesia en los últimos días, a los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo.

 Como se ve claramente, Satanás fue a hacer guerra contra el resto de la iglesia, no contra la iglesia primitiva, ni la de la Edad Media, sino con la iglesia del tiempo del fin, el resto de su simiente, los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesús.

¿Cómo hará la iglesia del final de los tiempos para mantener la verdad? La iglesia mantendrá la verdad guardando los mandamientos de Dios, incluyendo el sábado, y manteniendo el testimonio de fe. Es necesario recordar que las marcas distintivas de la verdad salieron inmaculadas del túnel del desierto y esperan el retorno de Jesús. Dios se interesa tanto por su pueblo que en el último libro de la Biblia —el Apocalipsis— desarrolla claramente su verdad desde el comienzo de la iglesia cristiana, en los días de Cristo, hasta nuestros días, y nos da la seguridad de que no pueden haber confusión ni malentendidos en nuestra búsqueda de la verdad.

Si amamos verdaderamente a Jesús, debemos recordar que nos prometió enviar a su Santo Espíritu para iluminar el camino de la verdad. Tan sólo debemos elegir que él conduzca nuestras vidas, tan sólo debemos ser sensibles al sonido de su voz que nos dice: “Sígueme”.



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