Hay domingos que no deberían terminar.

Tal vez sería necesario que duraran varias porciones de tiempo, un tiempo sin nombre, quizás lo podríamos llamar Chicán solo como por decir algo, sería un tiempo de días y días en un solo día.

Lo necesario sería que el tiempo se extendiera lo suficiente, lo suficiente cuando se requiere vencer la tristeza, ese tipo de tristeza que brota en lágrimas sin esfuerzo, como si ellas salieran por voluntad propia, o como una incontinencia de sentimiento, sentimiento vuelto agua salina.

Hay domingos que no deberían terminar, tal vez sería necesario antes de que acabe el día, antes de dar la cara a todo, antes de volver a besar... reparar ilusiones, acoger en la mano todas las gotas de esperanza perdidas, aquellas que se escaparon en medio del esfuerzo de contenerla, y rasgar al aire un toque de nube que nos devuelva la fe.

No quisiera decir, nombrar, detallar, describir, relatar, contar, y repetir frases y palabras, de lo que como un puñal hiere la carne de mi pobre vulnerabilidad. Hoy me rindo, renuncio al poder libertador de las descripciones.

A veces solo se necesita tiempo para callar; no sé si a alguien le ha sucedido, no sé si a alguien tiene un nombre para ello, cuando la tristeza absorbe las palabras, los reclamos o quejas, cuando se siente que ya para qué, que se ha pedido, se ha dado y se ha expuesto la debilidad en vano; cuando las palabras, peticiones, quejas, reclamos, sutilezas, resultan desgastadas por la sordera, cuando la rudeza nos impone dar por vencida de una vez la ilusión, reparada tantas veces.

Hay domingos en los que algunos detalles simples, abren la senda de la tristeza, detalles tan simples como cuando el hombre que quiero deposita su tranquilidad en mi TRISTEZA.

hay domingos

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