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HAMBRUNA

HAMBRUNA DE PODER FRENTE A LA NECESIDAD BÁSICA DE COMER


La HAMBRUNA DE UN GOBIERNO que intenta lanzar mensajes positivos y de optimismo. MENSAJES, que dan a entender que, según ellos, la crisis económica se ha terminado. Según ellos, que no la han sentido nunca en piel propia. Mensajes que quieren hacernos creer que lo peor ya ha terminado, la situación está cambiando y que, a partir de ahora, estamos remontando. Estos mensajes llenan las noticias y, para ello, presentan unas estadísticas que, según se supone, deben darnos ánimo y ayudarnos a creer. ¿Creer?

No obstante, ¿son reales estos datos? Es bien sabido que los números se pueden borrar, cambiar, falsificar. Pero, ¿cuál es realmente la situación en España? La respuesta para ello, la encontramos en la calle y en los hogares de millones de personas. Solamente hace falta mirar alrededor, observar y escuchar. 

Hace dos días acudí por la tarde noche a un supermercado de una cadena cuyo nombre no viene al caso. Al lado de dicho mercado se halla un pequeño terreno separado de la carretera por una acera y, junto a esa cera, se encuentran unos contenedores de basura. A partir de cierta hora de la tarde, empiezan a llegar personas a este terreno guardando respetuosamente el orden de llegada poniéndose en fila y esperan pacientemente. Al cabo de un rato, salen dos empleadas del supermercado con dos carritos repletos de comida para votar a la basura, comida aún en buen estado, pero que no se ha podido vender. No había suficientes clientes que compraran toda la comida. Faltan compradores, sobra la comida y se tira. Aquellas personas que esperaban pacientemente en el terreno delante de los contenedores, al divisar los carritos de compra llenos de comida, se alegran al ver la cantidad de artículos que hay. Comienzan a abrir sus bolsos, mochilas y carritos para llevar toda la comida que puedan de forma gratuita. Comida, que otros no han querido o no han podido comprar. La desesperación por llenar el carrito es grande. Solteros, casados, madres con sus hijos, padres de familia, gente sin trabajo y sin ningún tipo de ingresos, desesperados por poder comer.

Esta situación se repite día tras día, al atardecer, para cubrir unas necesidades básicas que deberían estar aseguradas. Personas sin hogar, destrozadas y desesperadas. Con ganas de trabajar, de regularizar su situación, pero marginadas y sin esperanza alguna. Esa es la realidad con la que me encuentro en la calle.

Ya no hablamos de encontrar un empleo que permita pagar los gastos, un alquiler, un coche, o poder ir de vacaciones o simplemente cenar en un restaurante o ir al cine. Hablamos de comer al menos una vez al día. Un hecho tan básico y necesario a la vez que simple.

Mientras una mayoría lucha por sobrevivir, otros se atienen a la amnistía fiscal, se preocupan por (volver a) gobernar al país.

Recuerdo de mi infancia haber visto fotos en libros y revistas de personas que pasaban hambre en África, un continente sin recursos, desierto, sin agua, donde la mayoría de sus habitantes malvive el día al día. Hoy, veo la hambruna en la calle, en el vecindario. Solamente hace falta abrir los ojos y mirar alrededor. Lo que se ve es hambre, tristeza, desesperación, ojos secos. Ya no hay lágrimas que derramar.

En una ocasión, un amigo fue a votar basura cuando se le acercó una señora que le preguntó: “Señor, ¿acaba de votar ropa?” Los contenedores de basura se convirtieron en el mercado para muchos. La calle, los parques y las cajas de cartón en su domicilio. La hambruna es sobrecogedora. Aquellos que aún pueden, derraman sus lágrimas nada más ver la situación de esas humildes personas que no se derrumban ni se dejan vencer. Han perdido ya su vergüenza y pudor. Aún les queda algo de esperanza que, algún día, podamos creer al mensaje tan optimista que nos cuentan en la televisión: el trabajo está ahí fuera. ¿Cuál es realmente ese trabajo que hay por ahí? Se llama restituir los derechos humanos y acabar con la hambruna.

 

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