A veces, siento algo parecido al hambre, solo es parecido, porque es más bien, una especie de apetito de palabras; necesito oír, deglutir, nutrirme, de una palabra, una frase, una expresión, o tal vez también sea cierta condición, no sé si humana o femenina, de necesidad, necesidad de recibir, alguna vez, ni mucho ni poco, tal vez como las flores que requieren sin pedirlo, cierto rocío, goticas dulces y suaves de agua, un detalle, una manifestación, que llegue eso sí, y tan solo pido, con la suficiente e intrínseca generosidad de la ternura.

Quizás sea algo así, como lo que experimentamos, frente a la sorpresa de un manjarcito no solicitado, o como cuando una visita te lleva un pequeño presente, una manzana por ejemplo, esa fruta toma una posición particular en la nevera; es que no fue comprada por uno, ni pedida específicamente, simplemente es un regalo, sin pedido, pero necesario; ahí, ofrendada, para deleitar un capricho que da vida.

Esas simples palabras, esas simples manzanas, responden la pregunta que todos tenemos en relación a sabernos amados; y ellas, las respuestas, las palabras, el rocío, y sí, en muchos casos las manzanas, nos cuidan de la cruda certeza, de la existencia en este mundo.

Dice un famoso escritor, que el amor, es hacer el amor, con el mejor amigo, y con ternura; que amar sin preocupación en diferente al apego, pero al mismo tiempo, también sentencia que sin preocupación no quiere decir, no priorizarnos ni cuidarnos, lo que es diferente al simple desinterés.

Cuerpo, alma, cuerpo y alma míos, es necesario renunciar.

He recibido pistas y todas confluyen.

Ayudar más de lo necesario, invalida al otro, aunque se haga en nombre del pasado; mesurar las expectativas sobre él, no implica desaparecerlas, y por último diré que, el amor, el amor nace de la amistad, y ella marca la diferencia, pero se define en el sexo, y ese también marca la diferencia, pero, luego, solo se estabiliza, en los proyectos y la TERNURA; en esa posibilidad, creadora, sencilla, tranquila, y común, de crear o proyectar, aventuras juntos… con ternura.

Pero lo mejor que he recibido en medio de este apetito que me agobia, es la claridad de que el condimento fundamental en la conspiración del universo que converge en la unión de dos almas, en medio de este mundo, es que ninguna de estas faces o caras de la vida al lado de alguien, es vivible como si fuera una carga y que mejor se tratara con mil vericuetos de evitar o esquivar, para encartarse lo menos posible, o una obligación cansona, de la que se huye mientras se pueda, sino que más bien, se entiende que es un deleite natural, la elección conciente, amorosa, y voluntaria, que cada quien hace por otro, y la degustación deliciosa de compartir con él, los multisabores de la vida.

Eso es lo que quiero.

No sé, si esté lista totalmente para sentarme a la mesa de esa manera, pero sí sé lo que no quiero, recibir boronas, platos insípidos, nada a trancas y a mochas, como si fuera a la fuerza y además en la ignorancia de despreciar el vivir un privilegio de los dioses.

Y entonces, la voz en el audio me dice, renuncia a lo que no quieres, para esperar lo que quieres.

Suspiro y enfrento el peculiar apetito de este tiempo, y la insondable tristeza de sentirlo a su lado, por hoy, como dicen los alcohólicos, es como un hambre de cariño que no se abastece, que me avisa que algo no está bien, que no es saludable seguir así, no es nutritivo para mi alma, que algo falta, y que algo a su lado, me deja con hambre, y que no es una especie de voracidad personal, sino más bien, puede ser, que realmente hay algo que no es abastecido, dado, ofrecido, colmado.

Pero, ¡si él es mi mejor amigo!!...

¿es mi mejor amigo?

…pero no hay coincidencia, en disfrutar cuidarnos.

Entonces el hambre a veces, se mezcla con agotamiento, ese cansancio de pedir, sugerir, como quien ruega e insiste por lograr una feliz limosna, para finalmente, resentir acciones, manzanas dadas, que parecen obligadas.

Y abro los ojos, mientras en la mesa, ríen y conversan, y descubro con el cierto júbilo que me ocasiona entender, aunque el hallazgo sea cruel, que él no tiene interés, de ningún plan, aventura, proyecto, juntos, pero que sobretodo, que la ternura hacia mí, escasea; no hay abrazo, soy una flor, y me sabe, insípido.

El amor sí nació, encantador, sorprendente, pero amenazado al estar lleno de temores, y nos, nos, nos; se confirmó, claro, el sexo mágico y antológico, con algo nuevo construido entre dos, un lenguaje que no existía, pero a pesar de la intuición, se debilita la esperanza de estabilidad, los proyectos y la ternura no están, unas vacaciones juntos en el mar, o en la selva, se imponen imposibles, la esperanza muere; ella que es la brisa suave de primavera, que anuncia el olor de las flores.

Cada escalón que voy descendiendo, es un aroma, una decisión, un no autoimpuesto, que me aleja, duele, pero la vida dice, que es mayor el dolor de insistir, que las molestias de renunciar, aunque también, duele sentir cerca, tan cerca, otras orillas, que ya no son mi austero amor.

Se puede no responder al amor, a veces se puede, pero cuando es siempre, quizás sí, es simple desinterés.

Cada no que me autoimpongo, requiere soltar lo que antes fue un sí, lo que fui andando decidida, lo que fui asumiendo, externo, diferente, maravilloso, como posible parte de mi vida, pero ahora se presenta como un sabio pero simple regreso.

Tan simple, como dejar de preguntarte, si hoy me pensaste en tus refugios,o cómo estuvo la batalla de tu día, o quizás, no insistir de nuevo, en que me invites a bailar.

flor y el rocío

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