Introducción

Aprender de la historia es siempre un desafío y una necesidad. Se atribuye al filósofo norteamericano-español, George Santayana (1863-1952) ese célebre aforismo que dice que “aquellos que rehúsan aprender de la historia están condenados a repetirla”.

Sin embargo, siempre es más difícil aprender de la historia reciente, en parte porque estamos inmersos en ella y en parte porque al carecer de perspectiva suficiente no alcanzamos a captar todos los elementos importantes y concomitantes que están en juego.

En años resientes, y muy a tono con la filosofía postmoderna imperante, existe una cada vez mayor desconfianza de las instituciones y de quienes las representan. En este ámbito, las religiones van perdiendo la fuerza moral que tenían en años pasados. Los últimos incidentes en relación a la gran cantidad de religiosos comprometidos en casos de pedofilia han arrojado un manto de sospecha no sólo en relación a la Iglesia Católica como institución centenaria, sino también sobre el conjunto de denominaciones cristianas. Quienes por años buscaron una excusa para negar la fe y alejarse de los religiosos han encontrado en estos acontecimientos una buena razón para desechar definitivamente la posibilidad de creer.

Por otro lado, los cristianos en general a través de la historia, no se han caracterizado por saber manejar bien los problemas morales que puedan dañar la imagen de la iglesia. Lo que más indigna de la gran cantidad de casos de abuso a jóvenes en manos de sacerdotes es el constatar que muchos de los jerarcas de la Iglesia Católica sabían del problema desde hace muchos años, y se optó por el silencio y el buscar salidas no radicales para poder de esa forma cuidar la “imagen” de la iglesia. Sin embargo, tal como sostiene John Maxwell, en su libro Etica: la única regla para tomar decisiones: “A largo plazo, los atajos nunca dan réditos”. Tarde o temprano la verdad sale a la luz.

Esto nos introduce en un dilema moral: Hablar o callar. Denunciar ante tribunales competentes o sostener que no es tarea de la iglesia el llevar estos casos ante la justicia. Comunicar el asunto de cara a la verdad o silenciar la situación tratándolo sólo con los afectados.

El asunto no es fácil, porque de una forma u otra se tienen pros y contras. Nadie sale ileso de esta situación, siempre, nos guste o no hay personas afectadas.

Las posibilidades: Hablar, denunciar y comunicar o callar, no denunciar y no decir a nadie.

Hay quienes sostienen que nunca se debería denunciar el asunto. Que por ningún motivo se debería llevar a una persona ante tribunales de justicia y que no se debería tomar la iniciativa en comunicar el asunto.

Los argumentos que se dan son varios, en algunos casos, contradictorios.

 

El argumento paulino

El apóstol Pablo sostiene, aparentemente, que no se debería llevar ante tribunales de justicia casos en que se vean expuestos cristianos. El versículo dice: “¿Osa alguno de vosotros, cuando tiene algo contra otro, ir a juicio delante de los injustos, y no delante de los santos? ¿O no sabéis que los santos han de juzgar al mundo? Y si el mundo ha de ser juzgado por vosotros, ¿sois indignos de juzgar cosas muy pequeñas? ¿O no sabéis que hemos de juzgar a los ángeles? ¿Cuánto más las cosas de esta vida? Si, pues, tenéis juicios sobre cosas de esta vida, ¿ponéis para juzgar a los que son de menor estima en la iglesia? Para avergonzaros lo digo. ¿Pues qué, no hay entre vosotros sabio, ni aun uno, que pueda juzgar entre sus hermanos, sino que el hermano con el hermano pleitea en juicio, y esto ante los incrédulos? Así que, por cierto es ya una falta en vosotros que tengáis pleitos entre vosotros mismos. ¿Por qué no sufrís más bien el agravio? ¿Por qué no sufrís más bien el ser defraudados?” (1 Corintios 6:1 -7).

Bajo esta consideración hay miles de cristianos que se enfrentan a las más variadas situaciones, complejas muchas de ellas, pero optan por no acudir a ningún tribunal de justicia basados en el argumento de Pablo.

Sin embargo, muchos cristianos al interpretar la Biblia olvidan lo que señala el teólogo anglicano John Stott en su libro La fe cristiana frente a los desafíos contemporáneos que “un principio elemental de la interpretación bíblica sostiene que no se debe determinar el significado de las palabras sólo por su etimología, sino también y en particular por su uso en el contexto”. Esto implica que si sacamos una idea de su contexto original sin entender su utilización exacta y luego la aplicamos en otro contexto distinto, fácilmente le hacemos decir al texto algo que no dice. Lo que produce, sin duda, deficiencias en la interpretación.

¿Qué quiso decir Pablo en su contexto original? ¿Cómo se aplican sus conceptos hoy, en otro contexto cultural y social?

Está diciendo Pablo que debemos dejar la falta impune, que no debemos hacer nada. ¿Cómo entender este concepto a la luz del mismo Pablo que ha dicho?: “Sométanse todos a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no provenga de Dios, y las que existen, por Dios han sido constituidas. De modo que, quien se opone a la autoridad, se rebela contra el orden divino, y los rebeldes se atraerán sobre sí mismos la condenación. En efecto, los magistrados no son de temer cuando se obra el bien, sino cuando se obra el mal. ¿Quieres no temer la autoridad? Obra el bien, y obtendrás de ella elogios, pues es para ti un servidor de Dios para el bien. Pero, si obras el mal, teme: pues no en vano lleva espada: pues es un servidor de Dios para hacer justicia y castigar al que obra el mal” (Romanos 1:1-4).

¿Cómo equiparamos los dos conceptos paulinos? Por un lado parece enrostrar a sus contemporáneos que ventilen sus diferencias ante tribunales, y en el otro versículo está diciendo que debemos someternos a las autoridades, y que no tenemos nada que temer si hacemos las cosas bien. ¿Cómo entenderlo?

En la historia del cristianismo se ha tendido a favorecer el argumento de Corintios olvidando el principio de Romanos, pero eso no es correcto.

En el libro de Corintios, Pablo les está enrostrando, en primer lugar, que no sean capaces de arreglar sus diferencias entre ellos, y no busquen la orientación de cristianos sabios que les ayuden a juzgar sobre los méritos de sus demandas.

En el libro de Romanos, Pablo sienta el principio de que las autoridades, entre las que se incluyen los magistrados, tienen el deber dado por Dios de administrar justicia y aplicar las consecuencias de la ley a quienes hacen algo incorrecto.

Si unimos estos dos criterios, se puede establecer que:

  1. Hay situaciones en las que no se debería llevar a un cristiano a los tribunales porque hay gente cristiana sabia que puede ayudar a resolver el conflicto.
  2. Hay otras situaciones que constituyen delito, en ese caso, el consejo de los sabios no será suficiente, es menester aplicar justicia, en dicha situación, hay que recurrir a los magistrados, que según el criterio de Pablo son servidores “de Dios para hacer justicia y castigar al que obra el mal” (Romanos 1:4).

Al poner todas las situaciones en el mismo nivel hace que los cristianos aparezcan amparando el mal y actuando con impunidad frente a quienes deberían recibir las consecuencias de sus actos.

 

El argumento de la imagen

Es un argumento popular sostener que el no llevar a una persona que ha obrado mal a un tribunal nos ayudará a que la iglesia cuide su imagen.

Sin embargo, es un argumento engañoso, tal como lo ha experimentado el catolicismo en los últimos años. Se daña más la imagen de una congregación religiosa cuando aparece amparando al mal. El principio es “rechazar el mal y ayudar al que obra de manera equivocada”, sin embargo, no se ayuda con la impunidad. Hacer vista gorda frente a un violador, o un abusador doméstico, es finalmente convertirnos en cómplices.

La Biblia es clara al sostener el principio de la complicidad: “Cuando yo dijere al impío: De cierto morirás; y tú no le amonestares ni le hablares, para que el impío sea apercibido de su mal camino a fin de que viva, el impío morirá por su maldad, pero su sangre demandaré de tu mano. Pero si tú amonestares al impío, y él no se convirtiere de su impiedad y de su mal camino, él morirá por su maldad, pero tú habrás librado tu alma. Si el justo se apartare de su justicia e hiciere maldad, y pusiere yo tropiezo delante de él, él morirá, porque tú no le amonestaste; en su pecado morirá, y sus justicias que había hecho no vendrán en memoria; pero su sangre demandaré de tu mano. Pero si al justo amonestares para que no peque, y no pecare, de cierto vivirá, porque fue amonestado; y tú habrás librado tu alma” (Ezequiel 3:18-21).

Alguien podría pensar: “Bueno, se arrepintió, entonces, no hay nada más que hacer”. No, ese pensamiento es falso. La Biblia sostiene que el arrepentimiento no exime de responsabilidad, en ese caso, se daría pie a la impunidad. Cuando alguien robaba, tenía que devolver lo robado; si alguien dañaba, tenía que compensar el daño; si alguien obraba mal, tenía que enfrentar las consecuencias.

Un abusador arrepentido no es suficiente. Hay que guiarlo para que además, haga frente a la justicia para que enfrente las consecuencias de sus acciones. Sólo así sanará él, y ayudará a la víctima a sanar, entendiendo que no hay impunidad frente al mal.

 

 

 

 

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