hablar por hablar

Ayer hablé con mi marido sin palabras. Él me miraba buscando la respuesta a su pregunta inquisidora en mi lenguaje corporal. Yo escondía mi mirada de sus ojos porque no quería contarle que había pasado la tarde quemando su tarjeta del banco en El Corte Inglés. No quería decirle que su sueldo está gastado. No creo que se enfadara, pero seguro que me volvía a decir que su madre es una mujer ahorradora. Sólo pensar en las alabanzas que hace de su madre, me hizo callar.

No me gusta hablar por hablar, pero inicié una conversación sobre las mariposas. Le conté que a nuestra hija mayor le había caído una mariposa en el vaso de fanta. Afortunadamente, no se la bebió porque me di cuenta de que el insecto nadaba en la bebida azucarada que tanto le gusta a nuestra Leo.

Mi marido asentía y cogía el periódico que tan poco le interesa. Lo vi buscar los anuncios de empleo. ¿Me estaba sugiriendo que me buscara un nuevo trabajo? Seguro. Me hice la sueca y seguí hablando del vaso de fanta donde se había ahogado una mariposa dorada. Una pena, musitó. Casi me emocioné. Mi marido es un hombre tan sensible que se enternece pensado que una mariposa ha acabado su vida en un mar de fanta de naranja recogido en un vaso de cristal. Quise preguntarle qué hubiera pasado si nuestra hija mayor hubiera bebido la fanta con la mariposa. Pero callé. Mi marido ahora leía las esquelas. Seguía hablando sin palabras. Tal vez intentaba decirme que nuestra hija podría haber puesto su nombre en una de aquellas notas mortuorias.

Lo dejé solo. Entré en nuestra casa y me fui a la habitación de las niñas. Jugaban. Leo estaba peinando a su nueva Barby y le hablaba. Se parece a mí, pensé. Su padre nunca le hablaría a una muñeca. Sofi intentaba hacer una suma en una pizarra que había sido de su padre y que su abuela paterna le había traído de su casa. Salía al padre. Me miró con la misma mirada inquisidora y me sentí culpable.

hablar

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