La Habana desde los suburbios

La Habana desde los suburbios

La Habana desde los suburbios

La Habana afortunadamente no entró en mí como una postalita multicolor del Capitolio o la Bodeguita del Medio, mi amor por La Habana no empezó mirándola desde un balcón del Riviera, sino desde sus barrios marginales; desde esos atardeceres tan poco pintorezcos de Mantilla, en que la mala palabra y todo los grotesco se juntan con el polvo y los baches de la calle; no obstante me precio de no ser ni del Vedado ni de Miramar, sino de los suburbios de La Habana.

Entre la Plaza de Armas y mi casa hay todo un desfiladero de columnas dóricas, corintias y romanas; un eclectisismo de automóviles nuevos entre antiguos Puntiac, Chevrolet, Plimun… todo un esplendor de luz que desciende por la Calzada de Jesús del Monte, allá donde vuela el alma de Eliseo Diego; a través de esa calzada, “más bien enorme” se llega a mi casa. Yo vivo LA HABANA desde su periferia, y no dentro de su centro cosmopolita; y me precio de esa dignidad de los que habitan las favelas de Río Janeiro, los arrabales de París, los cerros de Caracas, los suburbios de Moscú o los barrios gitanos de Barcelona. Me precio de que mi amor de ciudad es más totalitario que fragmentador, va más allá de las líneas monumentales del Paseo del Prado y de esas pinturitas de Turismo con la Habana Vieja en amarillo y en naranja chillón.

La Habana que se aprieta dentro de mí es una masa compacta, con rocas del malecón, adoquines, paredes coloniales, calles sin aceras, suburbios, carteristas, el diamante robado del Capitolio, el cuarto de alquiler a pocos metros del Cristo de Casablanca; los travestis del parque de la Fraternidad; la estatua de Louverture donde se coge la guagua para el Cotorro; la iglesia de los Pasionistas en la Víbora con su armonía arquitectónica y su silencio cómplice para la cita lujuriosa de dos amantes; la bahía con sus pelícanos y con su historia de piratas ingleses, explosiones del Maine y la Coubre, esa bahía protegida aún por los cañones barceloneses de la Cabaña.

LA CALLE 23 con la misma soltura citadina que cualquier calle de Europa; el Coppelia como Patrimonio Nacional; los cines Yara, La Rampa, El Chaplín, que parecen las verdaderas catedrales del espíritu del hombre; la luminotecnia francesa del Morro, imposible de ver desde el barrio La Cuevita en San Miguel del Padrón, ni tan siquiera desde los balcones de san Agustín; la ceiba del Templete; los restos de Muralla; la calle Trocadero donde sigue balanceándose en su eterno sillón Lezama; el hotel nacional de Lucky Luciano; el Habana Hilton, ahora Habana Libre; los recientes Meliá Cohiba y Panorama.

El río Almendares con su nombre de fruta y su melancolía bajo los puentes; el barrio ultramarino de Regla convertido en oráculo; el santuario de Santiago de Las Vegas, con su Lázaro pobre afuera y el Lázaro de la Resurrección en el altar de adentro; el barroco de los conventos; el neoclasicismo del Vedado; el Art Deco del Bacardí; el Miramar, ferviente imitador de los barrios norteamericanos y Alamar, heroica reproducción de un reparto soviético.

La calle G con sus nuevos hippies, sus góticos y los metrosexuales; El Focsa con su simetría de herradura, su sueño de hormigón armado al estilo del genial Le Corbusier; la Quinta Avenida con sus palacetes y sus privilegios diplomáticos; el Cementerio de Colón con nuestros grandes hombres durmiendo bajo una arquitectura impresionante, entre espléndidas esculturas, monumentales crucificaciones y cúpulas neoclásicas; la calle Obispo con sus lujosas tiendas, sus joyerías, las boutiques, sus mercado de libro, sus bodegones y bares; la fastuosa iglesia del Sagrado Corazón con su estilo neogótico; el Floridita de Hemingway, los amaneceres de Portocarrero (no el pintor, sino el barrio).

El Don Quijote de la calle 23 como monumento a todos los cubanos y a la fraternidad con el pueblo de España; las noches marginales en las páginas de Leonardo Padura; el Caballero de París y el John Lennon habanero, cuyas esculturas nacieron de la mano de Riverón; el puente de La Palma dando paso a las aguas de albañales; Puente Grande con su reminiscencia poética de Juana Borrero; la Casa del Apóstol con la vajilla del infante; el parque de un modesto barrio con su alegría de aves y novios sentados en los bancos. Eso es para mí La Habana, una masa compacta y a la vez poética, donde cabe todo: los barrios residenciales y los SUBURBIOS.

La Habana desde los suburbios

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