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Agentes secretos se trasladaron desde Francia a Venecia en 1665 por orden del rey Luis XIV para descubrir los secretos de los especialistas en espejos y entrar en contacto de forma disimulada con los artesanos para conseguir llevarlos a Francia. Desde el siglo XII Venecia era el centro de la industria del vidrio que se centraba en la isla de Murano donde triunfaba el famoso cristalino que inventó un experto en esta materia, Angelo Barovier. Sobre el siglo XVI se impulsó la fabricación de espejos que muy pronto llamó la atención de los europeos pues eran perfectos y no distorcionaban la figura, su composición se mantenía en secreto como la formula de la composición de vidrio de Murano.

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El Consejo de los Diez, el organismo político que controlaba el sector de los negocios estableció un rígido control para que ningún competidor extranjero arrebatara al estado lo que era la mayo fuente de ingresos. Luis XIV era un gran amante del lujo y encargaba lujosos espejos venecianos invirtiendo en ellos grandes cantidades de dinero por lo que sus asesores más cercanos le aconsejaron montar una industria de espejos propia. Como en Francia no había expertos en espejos ya que la industria del cristal aún era muy incipiente pensaron que lo mejor seria importar a los expertos venecianos pagándoles grandes sumas de dinero.

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Con el objetivo de captar artesanos venecianos que eran los únicos que sabían el secreto de los buenos espejos, se trasladaron varios enviados que con la ayuda de embajador francés en Venecia convencieron a varios maestros cristaleros para que se trasladaran secretamente a Francia prometiendo una suculenta recompensa. Dos de ellos marcharon primero, luego les siguieron otros y montaron una industria en el barrio de Saint-Antonie en París donde empezaron a fabricar espejos con la misma técnoca veneciana.

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Cuando el embajador veneciano que estaba en París se enteró de la fábrica montada por los artesanos fugados de Venecia se puso en contacto con el Consejo de los Diez y estos reaccionaron amenazando incluso a los familiares para que los cristaleros regresaban. Ante su negativa la tensión fue en aumento y las cosas se fueron complicando hasta que dos de los más importantes trabajadores aparecieron envenenados. Esto asustó mucho al resto que pidiendo perdón regresaron a Venecia y el conflicto se resolvió con un acuerdo de exportación de espejos venecianos a Francia. No obstante, años más tarde se prohibieron los espejos venecianos y solamente se podían adquirir los que se fabricaban en Francia en la fábrica de Saint-Gobain. De allí salieron todos los espejos que se colocaron en la Calería de los espejos del Palacio de Versalles cuando se construyó en 1679.

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