Para CLAUDE MONET, el hecho de pintar era una lucha constante y un esfuerzo agotador, al mismo tiempo que un placer y un objetivo personal. Encontró que era necesario desplazar el ejercicio de la pintura desde las normas de la armonía, la proporción, la representación objetiva, la alusión a mitos, tópicos y lugares comunes, a aquello que el ojo ve, y trata de decirlo visualmente tal como el ojo lo ve y lo percibe.

El gran Claude Monet

En la pintura de Monet el mundo exterior se hace visible de acuerdo con la LUZ que lo define. Se acentuan los efectos de la luz que prescinden de la descripción de las formas, que dan color a los fondos, que permiten las manchas de color puro. Manda la luz, que se traduce en color, que reduce la representación a efectos cromáticos. El movimiento y el cambio se perciben como una realidad constante, un color al lado de otro color, que es su complementario. Insistencia como método, dejarse llevar de la lógica de los hechos que permite intuir un resultado satisfactorio. Para Monet, nada se deja al azar.

Almiares por la mañana

Monet renuncia al tema grandioso por el tema sencillo de la naturaleza. Repite los mismos motivos con la voluntad de entenderlos como algo no definitivo, sino como reflejo de algo en cambio continuo. Los nuevos temas se convierten en grandes retos: el movimiento del mar, el humo de las locomotoras, la fachada de la catedral, los reflejos del agua.

Ninfeas azules

Cuando el esfuerzo se expande sobre el único motivo, se identifica cómo la pintura es del pintor que la hace. Monet vio la PINTURA en la hierba, las flores, las nubes movidas por el viento pero también en el agua que se refleja y que se mueve, en el humo, en el paso del tiempo, en los cambios de luz en el estanque aparentemente tranquilo de las ninfeas.

La estación de Saint-Lazare

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