La conocí una tarde de invierno, tal dia como hoy, tres años atrás. Su nombre era Sansa. Tenía unos penetrantes ojos verdes y el pelo lacio más bonito que había visto en mi vida. Era delgada y menudita: su aspecto se asemejaba más al de una niña que al de alguien de su edad, y mientras la observaba, su ángel de la guarda me explicaba que la vida hasta entonces le había tratado bastante mal.

Sansa era una superviviente del maltrato, del abandono y del hambre, y para completar su desdichada existencia, no sabía ni por asomo lo que era el cariño: llevaba demasiado tiempo vagando por la calle como para saberlo. Cuánto más conocía su historia, más intriga despertaba en mi interior, y sólo quería seguir escuchando acerca de ella.

De pronto me devolvió la mirada, clavándome sus pupilas y atravesando mi pecho como el más afilado de los cuchillos. En ese instante comprendí que el amor podía aparecer representado en cualquier forma, y me enamoré de ella locamente. 

En seguida quise averigüar como podría ser mía, y busqué la forma de convencerla para que se viniese conmigo. No fue fácil, pero le hice ver que a mi lado la vida sería distinta y que nunca más volvería a saber lo que es el frío, ni la calle, ni los peligros que la acechaban ahí afuera. Desde entonces compartimos el mismo techo, y creo que puedo decir que la sé hacer feliz como jamás lo ha sido, que ha olvidado todos sus fantasmas y que ha aprendido lo que es querer y ser querida.

Cuando llegó a casa vivía enfadada con el mundo y no quería salir de su cama ni relacionarse con nadie. A día de hoy es todo lo contrario; es alegre, divertida y traviesa, imparable. Cada día me recibe con una sonrisa y me persigue por la casa mientras hago mis cosas. Todavía sigue sin querer salir de la cama, pero es de mi cama de la que no hay quien la mueva. Por momentos es tremendamente independiente y no quiere saber de nadie, pero ha sabido adaptarse bien a vivir con alguien que sabe que no le hará el daño que sufrió en el pasado. Ha debido cumplir ya los 4 años, porque cuando yo la conocí, el veterinario me dijo que apenas tendría un año de vida. Ella es la gata más misteriosa que he tenido nunca. Pertenece a la raza "azul ruso", y tiene un pelaje gris ceniza que la convierte en una auténtica belleza.

Su comportamiento roza la bipolaridad, tanto que sorprende. A veces es arisca y a veces es un saco lleno de cariño, otras huye de mí despavorida y otras me persigue sin fin, ¡quién la entiende! Bebe agua cogiéndola con la pata, come la misma cantidad de comida que una hormiga, se esconde en rincones cálidos, no juega con nada, y nunca se sube a ningún lado exceptuando el sofá. No sabe lo que es ser un gato. Pero eso en el fondo es genial si lo que buscas es un gato tranquilo, es como un mueble más de la casa. Así que puedo decir que me alegro enormemente de haberla conocido, porque es perfecta para mí, es mi gran amor felino.

Os contaría como conseguí que ella también se enamorase de mí, pero la verdad es que no lo sé. Tanto me odia como me adora, así que es difícil poder asegurar lo que siente en su pequeño corazoncito. Supongo que de vez en cuando sus demonios todavía la atormentan y la enloquecen durante un rato, pero por suerte se van en seguida, y cada vez tardan más en reaparecer. 

A todos aquellos que contáis con un amor felino en vuestra vida, y os podáis sentir identificados, a vosotros va dirigida esta breve anécdota de cómo conocí a mi diminuta, (apenas pesa 2kg), compañera de aventuras.

Y a ti, Sansa, que siempre estás ahí para mí cuando el resto del mundo está demasiado ocupado girando, te dedico mi primer texto. Por toda la compañía y cariño que me has brindado en estos años sin pedir nada más que amor a cambio. Por todos los viajes y mudanzas que has superado de forma estoíca a mi lado. Y por muchos años más acompañándome. Gracias.

 

La protagonista del texto. Mi preciosa gata azul rusa Sansa

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