Forzada Reclusion

Por varios detalles recuerdo al profesor de filosofía y sus doctrinas, de dientes y dedos tabacosos, su corpulenta apariencia tenía esa peculiar e indeleble aureola que generalmente el seminario estampilla en quienes por allí transitan. Pausadamente Filiberto Bautista programaba y exponía solemne su apreciada materia, con modales delicados y un tono casi imperceptible, paseándose, o mejor, meciéndose parecía nómada errante por toda el aula, orientando su temática en un continuo susurro, que en el letargo de la media tarde iba arrullándonos hasta adormilarnos.

Terminada la tediosa exposición y siendo ésta su última clase del día, con la indumentaria que lo caracterizaba y distinguía, camisa blanca de cuello y puños de negruscos bordes, vestido cruzado, chaleco de lana de tejido grueso, cachucha de cuero, voluminoso maletín, libros, diccionario ilustrado, algunos fólderes, bufanda, gabardina y paraguas lloviera o no. Obediente y solicito acudía al llamado de dependencia que su reloj orgánico y actividad fisiológica le dictaban siempre puntualmente 60 minutos antes de terminar las labores académicas. Su humanidad entonces metódicamente se dirigía a los repelentes y mal diseñados baños localizados en el semisótano de la casona, encerrándose se instalaba frecuentemente en su sanitario preferido. Ni hoy ni nunca se entendió cómo hacía Bautista para distribuir y acomodar en tan reducido, incomodo e inadecuado lugar la cantidad de prendas y abultados objetos que constantemente cargaba. Imaginábamos que posiblemente procedía a deshacerse de toda la envoltura, que como una cebolla, lo forraba, o contrariamente con todo puesto en su lugar sin suprimir ninguna prenda, se las ingeniaba aquel pedagogo para que por alguna incomoda abertura y con precisión de cirujano llevara tan desagradable evacuación a buen término.

El caso es que permanecía allí en un silencio relativo, de no ser porque de tanto en tanto se dejaban escapar de aquel cubículo, unas sonoras y estruendosas explosiones acompañadas previamente de aflautados, agudos y prolongados silbidos, al punto de que en alguna oportunidad un vecino casual de sanitario, alarmado al escuchar tan sonoro y pestilente alboroto, sin saber de quién provenía, con curiosidad se atrevió a preguntar ¡Con quién tengo el gusto!, recibiendo como respuesta inmediata un contundente y apretado silencio, insistió dos o tres veces, ¿Con quién tengo el gusto?, sin obtener ninguna respuesta, parecía como si aquel maestro hubiera desaparecido de pronto, tan misteriosamente como el gato Cheshair lo hiciera desde el árbol en aquel país de las maravillas.

De lo que si estamos seguros era de lo complacido o contento que debía sentirse don Filiberto en aquel lugar, a juzgar por el prolongado tiempo de permanencia en él, donde cocinándose en su hedor, aprovecharía seguramente aquel fétido profesor para corregir con cuidado sin inmutarse los exámenes, preparar las clases o filosofar, porque de lo contrario qué otra cosa podría hacer un exseminarista en tales circunstancias.

Cumplido tan obligado, natural y terrenal acto, salía de allí curiosamente directo al gastado espejo que colgaba en la pared de la entrada, donde se entregaba a observarse detenidamente la cara en busca de una nueva espinilla y ausentarse extirpándola. Terminado su cometido, arremetia a peinarse en seguida y en seco su espesa y grasosa mechamenta, con su pequeña peinilla de bolsillo que celosamente guardaba en su libreta de apuntes. Luego del acicalamiento, soplándola y resoplándole fuertemente los entredientes para dispersar la caspa acumulada en ellos, dándole finalmente dos leves y rotundos golpes contra el filo del marco de la puerta y ritualmente guardarla con cuidado en su plástico estuche. Porque el reconocido y necesario lavado y aseo de manos después de la función, que acostumbran prudentemente los mortales, para este personaje era totalmente desconocido, o seguramente encontraba superflua la costumbre tan higiénica, que no era definitivamente de su incumbencia.

Al oír el repique de la campana que anunciaba la inmediata partida de los buses al atardecer, agitado corría después de su encierro con todas sus pertenencias al hombro, resoplando alcanzaba con dificultad a subir en uno de ellos, ocupando pesadamente el puesto asignado a los profesores, quedándose adormecido, roncando y babeando placidamente durante todo el camino de regreso, engrasando con su amodorrada nuca el vidrio de la ventana.

Pero un día para este metódico y rutinario profesor las cosas cambiaron. Aprovechando el ensimismamiento en el que absorto estaba, como de costumbre allí encerrado en el sanitario, alguien tomó una bomba de baño, artefacto conocido comúnmente y de forma popular como chupa, utilizada generalmente para destapar cañerías obstruidas. Sigilosamente se acercó a la puerta del cubículo y colocándola frente a ésta, sobre el piso húmedo del baño, presionó su base de caucho, por la succión resultante ejercida, este artefacto quedó fuertemente sujeto y adherido a la lisa superficie del piso. El otro extremo de la chupa, el del mango de madera lo dirigió e incrustó, apoyándolo a manera de cuña apretada y forzadamente en el relieve formado por un bocel o moldura del marco que aquellas viejas puertas de madera tenían a manera de recargado adorno, de tal forma que el profesor Bautista a partir de aquel momento quedó empalado. Tan herméticamente encerrado por aquella improvisada palanca, imposible de destrabar desde adentro del cubículo, porque este tipo de puertas por seguridad se construyen para abrir hacia fuera, de modo que ni el propio Houdini con su magia evasiva hubiera podido escapar de aquella atrapada prisión, de aquel ataúd vertical, de aquella forzada reclusión.

Al sonar los campanazos que anunciaban la hora de partir, oímos por última vez en aquel aislado sótano del baño los violentos golpes y patadas a la puerta, que como energúmeno y brioso garañón en su establo daba el normalmente atildado educador por salir rápido de aquel atroz infierno. Con ansiedad mirábamos atentos desde el bus en que salíamos si de pronto aparecía como siempre su corpulenta silueta corriendo conmocionado, pero no fue así, ni aquella tarde ni nunca más se conoció noticia alguna de Filiberto. La única señal de supervivencia que tuvimos de aquel atrapado, fue al día siguiente, cuando observábamos atentos como la puerta, su marco y todo el sanitario, estaban destrozados, astillados, y rotos totalmente, sus restos fragmentados, esparcidos y diseminados por todo el baño, al igual que la mayoría de sus pertenencias tiradas y abandonadas.

Conjeturando, reflexionábamos como hábiles y competentes detectives forences en la escena de un crimen, a qué horas de la noche, en qué penosas y dramáticas circunstancias finalmente habría podido huir y escapar aterrorizada y jadeante nuestra filosófica victima. Las indelebles pistas continuaban por las arenosas canchas de volleyball, el voluminoso maletín allí, los fólderes adentrándose en el bosque de frondosos eucaliptos, la bufanda y la cachucha de cuero colgando de un chamizo, su casposa peinilla más allá y mil pertenencias e intimidades perdiéndose por el sendero del seco arroyo limítrofe hasta cansarnos de seguirlas, porque sólo conducían a la inexplicable y absurda desaparición de Filiberto Bautista el volumétrico profesor de filosofía, según el comentario general que se escuchaba en el plantel y nosotros, chitón, chitón.

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