Esa tarde del viernes conversaba Don Roger con Carlos. La procesión de Santiago había salido tiempo antes y el pueblo deseaba sacar sus coloridas y musicales comparsas por la misma ruta que lo habían hecho con las imágenes de su “santo” Santiago.

-¿Sabes que dicen los Gnósticos al respecto?

-¡Ni idea! –replicó atónito Carlos- He oído poco de ellos… -guardándose en secreto sus opiniones.

-La verdad es tuya cuando te la apropias por experiencia… Una verdad de segunda mano no es tuya hasta que es de primera, como tus verdades. ¿Has leído el libro “El Secreto”?

-¡No! –con cara de sorpresa- ¿Quién es el autor?

-Allí verás más de lo que te digo. Sé que no lees a Osho, pero es un líder espiritual para muchos...

Carlos, más que dar informaciones, quería oír y conocer. Roger, proyectando más aún sus ideas, tocaba frecuentemente el hombro de éste, para asegurarse robar la atención de aquellos inquietos ojos que miraban a muchas jóvenes muchachas pasando del otro lado de la calle.

-¿Sabes por qué terminan la mayoría de los matrimonios?

-¡No! Tengo una leve idea, pero no creo que mi experiencia sea tan universal –respondió Carlos, con cierto desánimo.

-Muchos hombres, debido a la edad y, principalmente, a un fenómeno cultural, comienzan a desear una mujer muy distinta a la que tienen. En lugar de concentrar sus atenciones en la compañera que los ha elegido, no obstante, comienzan a codiciar a la mujer ajena y, muchas veces, se equivocan irremediablemente con mujeres más jóvenes y lindas.

Pocas fueron las interrupciones en el negocio de Don Roger. Carlos procuraba concentrar los ojos sobre los anteojos de su amigo, mientras éste le miraba de reojo, evitando mirarlo directamente.

-¡Mire! Tengo un amigo cercano a los 70 años. Me contó su reciente aventura y la experiencia con una jovencilla y, la verdad, su trauma pudo llevarle al suicidio… Pero hablé con él y le recomendé cambiar esa actitud… ¡Hasta me dijo que aprendería a vivir su ancianidad!

-¡Vaya! Así sería su problema –reparó el viejo Carlos.

-Este amigo, por fortuna, comprendió que no puede seguir como un muchacho de 18 y que, esa clase de apetitos debe controlarlos dejando de pensar en ellos. En último caso, si desea una relación estable, debe buscarse una mujer no tan bonita. ¡Que le guste! Pero no que le controle la vida: Si le da mucho poder, hasta lo arruina; incluso económicamente.

Carlos no reparó en decirle una mentira. A fin de cuentas, sólo él conoce toda su historia.

-¡Caray! Con esa chica que acabo de ver ahorita -¡que me gusta!- no importa lo mucho que “arruine” de lo que quede de mi vida… ¡Sé que no le gusto! Pero tiene unas hermosas piernas y una definida pantorrilla.

Un amigo de Don Roger se acercó para saludarlos. Todos fueron muy educadamente corteses y Roger fue muy inteligente en darle a conocer -a ese anciano- que ambos tenían una conversación pendiente. Esa delicada cortesía permitiría a ese dúo proseguir con algunos aspectos de su conversación.

-Hay un momento de la vida en que a uno no debe importarle tantas cosas para pasar un momento –prosiguió Carlos, tratado de recapitular sus ideas- Sin embargo, comprendiendo parte de lo que revuelve mi realidad, no aspiro a un milagro tan hermoso o codiciable con una chica así ¡aunque lo desearía! Pero sólo sería eso, un momento y yo no quiero sólo un instante, algo pasajero. Sé que mis ideas no son compartidas por muchas personas (no lo espero) pero sería muy rato poder ir al lugar que me gusta con la mujer que me gusta. Sería deseable ir a una iglesia con la misma comunión de ideas que tenga uno y su pareja; pero estas personas no están aquí por la religión ni por la cultura, sino por lo que cada una busca. Yo delito mis ojos con las migajas de lo que la gente desdeña. Esa juventud, en un par de años significará nada y, cuando se llene de hijos, ¿qué hombre verdaderamente la querrá cuando tenga un hijo y las mañas de otro? En mi experiencia de vida, señor Roger, no he podido controlar mis deseos con las realidades y, es probable que suceda lo mismo con cada ser. Al momento, no he tendido a quien deseo con las esperanzas que toda dama –justificadamente- desearía y ¡qué sé yo lo que desean! Sé que la belleza o su ternura no durarán para siempre. Que todo esto del amor requiere realimentación y ¿quién no se aburre de comer pan o de “la arepa con huevos”? Yo tengo mucha tolerancia y a la sazón, hay muchas cosas que no me aburren pero –cuando esté más viejo- ¿qué garantías tengo de que no estaré aburridamente acompañado?

-¡hay que aprender a envejecer! –repuso Roger, acomodándose la montura de sus espejuelos.

-¡No quiero llegar a más edad! Sé qué deseo de una compañera, no es sólo la garantía de la lealtad de su cuerpo, sino que su alma tenga comunión con la mía. Lo que soy (como todos) es un producto social, modelado por sus deseos innatos y lo que le ha sembrado su entorno social y familiar, pero no me gusta la idea de “compartirla” con el apego de esos gustos que no son míos. No podría convivir ampliamente con una joven que se irá a la calle a “bailar” con otro,  que procura meterse en los sitios de sus ídolos y hasta sigue los “Twitts” de chicos cuyo idioma ni entiende... No podría sentirme bien con una chica que delira por el cuerpo de Brat Pitt o cualquier otro galán de películas de TV o de su MTV. Lo que quiero, me parece, es un pacto de exclusividad, de mutuo consenso sexual y espiritual. Si alguien no me da lo que yo deseo y, en efecto lo he dado, me vuelvo a una instintiva búsqueda que sé no he culminado hasta el día en que muera. ¡Venga ese día final de reposo!

-¡Amén!... Si crees que debe ser así ¡Amén! –aclaró Don Roger- Esa debe ser tu verdad... Pero si no aprendes a envejecer no llegarás más lejos de lo que hayas llegado.

-¿Qué tanto debo aprender y qué tanto puedo gozar? No quiero volver a verme rodeado de nietos (que no son mis hijos) y sentir este recurrente pesar de que la vida es hermosa, grata y, que después que la haya experimentado –como un orgasmo- se me va y no puede ser mía.

Un cliente largamente aguardaba en el mostrador del negocio de Roger y, al no poder ser atendido por dos de sus empleados, se acercó hasta el dueño para saber si podía ser atendido.

-Tal vez te convenga buscar “El Secreto” –acotó el señor Roger, mientras se retiraba adentro con su cliente.

Carlos, asegurándose de no olvidar ese detalle. Tomó su bolígrafo e hizo la nota sobre la palma de su mano.

-¡De acuerdo! –asintió con una inclinación de la cabeza- Veré de qué se trata.

Levantó su mano, en señal de despedida y salió en una de las bicicletas que acostumbra a tomar prestada. La gente, agolpándose en la plaza frente a la iglesia católica, lo tenía incómodo por el ruido de fuegos artificiales en la marea de pasos trepidantes de transeúntes y autos de turistas.

¡Sincretismo universal! Son como la televisión por cable: Se conectan a un canal con una sesión de Yoga tántrico, luego se desplazan a un programa de cultura afrocubana que presentan el culto de un babalao con los instrumentos del “guaguancó” de sus orichas y, sin darse cuenta de cada giro mental, pueden conectarse a la TV en un sermón de “Enlace” y continuar todo un día dándose tal sucesión de giros… (llegando a ninguna parte).

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