Bangladesh, 24 de abril de 2013. En las afueras de Dhaka, ( capital del segundo país exportador mundial de ropa ) los cimientos del Rana Plaza, un deteriorado edificio de 8 plantas que alojaba 4 fábricas textiles, cedieron y engulleron a 1.127 personas, dejando heridas a otras 2.500

Una nueva tragedia humana, no achacable en esta ocasión a fuerza alguna de la Naturaleza, tuvo que convertirse en terrible portada de los tabloides de todo el planeta para que algo se agitara con violencia en la conciencia de OCCIDENTE; una brusca sacudida que ha obligado al mundo entero a volver sus ojos hacia esta depauperada región del sur de Asia.

El dueño del inmueble, cinco propietarios de talleres textiles ( de los cuales dos se dieron a la fuga ) y dos técnicos municipales han sido finalmente detenidos y acusados de negligencia, construcción ilegal y de persuadir a los empleados para que acudieran a su puesto de trabajo, a pesar de que un día antes habían aparecido varias fisuras en la estructura del edificio. Ulteriores investigaciones desvelaron que se utilizaron materiales de baja calidad y se incumplió el código técnico de edificación en la construcción del edificio.

Empleando una metáfora descarnada y terrible, podría asegurarse que el nuevo modelo de Capitalismo imperante, el Capitalismo Salvaje, se transmutó en forma de pozo de cimentación y devoró a más de un millar de esforzados trabajadores bangladeshíes, cobrándose una vez más un altísimo precio por seguir manteniéndose como el modelo económico mundial dominante.

Inéditas manifestaciones y protestas se han sucedido desde entonces en Bangladesh; un clamor creciente que va más allá de la exigencia de un salario digno, que apela a las más básicas demandas humanitarias y que ha conseguido clausurar cientos de talleres de confección por tiempo indefinido. Ante la inesperada ofensiva social, el Gobierno de este país ha decidido crear una comisión para estudiar un incremento de los salarios en el boyante sector de la confección nacional, del que su economía depende en un ochenta por ciento. Triste consuelo para los familiares y allegados de las víctimas de la catástrofe, que solamente ven en ello un papel mojado con la sangre de aquéllos.

Las fábricas textiles de esta nación ubicada en el delta del Ganges, son en realidad talleres miserables donde los costes de producción se cuentan entre los más bajos del mundo y la hora laboral se paga a tan sólo 38 céntimos de euro. En la Unión Europea, por ejemplo, la media es de 20 euros e, incluso en China, es cuatro veces más que en Bangladesh. Los empresarios occidentales que buscan grandes márgenes de beneficios se suministran de ellos, atraídos además por la connivencia de los dirigentes del país con las prácticas laborales más inhumanas.

La voluntad de varias de las más emblemáticas cadenas mundiales de distribución de ropa ( H&M, Inditex y PVH - comercializadora de Tommy Hilfiger, Calvin Klein, Wal-Mart y Gap - ) de concretar un acuerdo para la mejora de la seguridad en las fábricas textiles de BANGLADESH, no deja de ser un insuficiente e hipócrita parche aplicado apresuradamente con el propósito de acallar las voces críticas y tranquilizar las conciencias. Una medida a destiempo tras la que se oculta el pánico a un drástico quebranto de los pingües beneficios y el temor de no poder seguir alimentando la voraz codicia de todo un sector, el textil, que en el marco de la peor crisis mundial de las últimas décadas, no sólo no está viendo mermados sus astronómicos ingresos, sino que ha visto incluso cómo aumentaban.

Por todo ello, es urgente que la población occidental, destinataria del producto final del esfuerzo de los explotados trabajadores bangladeshíes, pase a la acción en la medida de sus posibilidades, exigiendo en primer lugar que, de igual modo que los productos alimentarios están obligados por ley a mostrar el origen y las condiciones de su producción, los artículos textiles se adhieran a protocolos y certificaciones similares y, en segundo lugar, poniendo en práctica un boicot a todas las prendas susceptibles de haber sido fabricadas bajo condiciones de esclavitud laboral.

Urge también la reconfiguración y relocalización de la ia industria textil española ( paradigma de la salvaje deslocalización del sector en Europa y de la que la mitad de su producción se llevó a otros países en las últimas dos décadas ) lo cual, a su vez, permitiría la creación de más de 100.000 puestos de trabajo, aliviaría la dramática situación económica de muchas familias y rebajaría considerablemente la cifra nacional de desempleados.

Mientras no se adapten acciones como las mencionadas, en las que la sociedad occidental concienciada debe asumir un papel especialmente relevante, ejerciendo de grupo de presión contra los gobiernos involucrados y las empresas de distribución textil, el CAPITALISMO SALVAJE continuará devorando vidas humanas entre sus insaciables fauces.

Bangladesh: Edificio Rana Plaza tras derrumbe

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