Publicado en el País 02/04/2010

El mayor activo que tiene una sociedad está en la capacidad, la imaginación y la iniciativa de la juventud. Pero todos estos valores los anula un sistema educativo impropio de un país avanzado, que no busca las posibilidades reales de los estudiantes y que pretende orientarles desde pequeños sin haber analizado en ningún momento cuál es el camino adecuado para cada caso en particular.

Ellos son muy jóvenes para decidir sobre su futuro, y la maquinaria educativa (padres, profesores y legislación) no sabe encontrar sus verdaderas aptitudes. Este desconcierto genera desgana, aburrimiento y un fracaso absoluto. El joven, carente de perspectivas y oportunidades, se limita a vegetar, ya que somos incapaces de ofrecerles alternativas. Les encasillamos, bautizamos sus tendencias y despreciamos sus iniciativas. Les hemos convertido en el problema, desviando hacia ellos las culpas de nuestra impotencia y responsabilizándoles de una situación causada por nosotros.

Y nosotros somos los verdaderos culpables; padres, centros y profesores, atrapados por malas leyes educativas ideadas por incapaces legisladores.

No es de extrañar, entonces, que nuestros hijos se refugien en botellones y fiestas varias, que abandonen su voluntad al alcohol y al consumo de drogas, que se borren, en definitiva, de un mundo que no es cosa suya, que nada tiene que ver con sus deseos e ilusiones. Se aburren con todo, pues todo lo tienen, y buscan divertirse de la manera más fácil y, tampoco hay que olvidar este punto, más económica.

La oferta cultural es cara, con lo que cuesta una entrada de cine para dos, se colocan 10, y por el precio de un refresco en un local se compran una caja de cervezas. Suspenderán matemáticas, pero saben sumar.

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