De la misma manera que durante la etapa de la burbuja inmobiliaria a unos cuantos caciques les dio por construir aeropuertos de difícil justificación, a los rectores de España de la época se les ocurrió solicitar al Ministerio de Educación la apertura de nuevas facultades de periodismo y/o de comunicación audiovisual. Un sinsentido más, otra burbuja que también nos ha estallado en plena cara, con funestas consecuencias.

Y es que el periodismo nunca fue un negocio demasiado rentable para los curritos, por tratarse de una profesión ingrata y desasosegante, en la que, siendo muchos los llamados, siempre terminaron siendo muy pocos los elegidos.

Muy pocas estrellas con estatus de millonarios, frente a un ejército de redactores esclavizados, con horarios interminables e imposibles, y un mísero suelo de mileurista.

Eso, en 2007 y 2008, porque hoy son muchos los nostálgicos que recuerdan que hubo un tiempo en el que por mil euros fue razonable llegar a perder la dignidad.

En lo económico, y en lo profesional, porque ¿quién, a medida que crecía la burbuja, no ha tenido que someterse a los caprichos del político censor, el director botarate y miedoso, o el editor / constructor, colaboracionista e interesado?

Todas esas penalidades se producían cuando el caballo de la burbuja inmobiliaria corría de estampida a toda velocidad, en una especie de huida hacia adelante, con destino a ninguna parte. Allá por 2007 y 2008.

Lo que sucede es que, desde entonces, según los datos aportados por la Federación de Asociaciones de la Prensa (FAPE), en España han perdido su puesto de trabajo más de DIEZ MIL periodistas, que ha visto cómo eran expulsados de las redacciones, en el mejor de los casos, o cómo las redacciones, en muchos otros, saltaban por los aires y desaparecían.

Acabada la construcción, se redujeron considerablemente los ingresos por publicidad, y desapareció la necesidad de determinados tipos de lavar dinero negro, con lo que se dio una nueva vuelta de tuerca a la independencia de los periodistas, que o bien perdían su trabajo, o veían cómo su alma era secuestrada por gente que no dudaba a la hora de aludir a aquel manido y falso aforismo, según el cual, “quien paga, manda”.

Y lógicamente, como faltaba la cuarta pata para el banco, los políticos se han hecho más presentes que nunca en determinados medios, a los que generosamente financian, para que los directivos recuerden diariamente a sus trabajadores que si quieren seguir comiendo y pagando la hipoteca, deben seguir sometiéndose gustosos a los caprichos de la élite.

En ésas estábamos cuando el sector decidió ir un poco más lejos: ya no se trata solo de combatir al enemigo ideológico, ahora también se intenta someter, y se somete, a los dirigentes de los grupos ideológicamente afines, en nombre de sabe Dios qué principio.

Y en paralelo, cuando la crisis lo ha arrasado casi todo, han proliferado, como las setas en temporada, las facultades de periodismo y comunicación audiovisual.

A menos puestos de trabajo, la incoherencia de que sea posible cursar estudios de periodismo en la práctica totalidad de las universidades españolas. Por si no hubiera ya suficiente desempleo y frustración en el sector, incrementamos cada año, por miles y miles, el número de periodistas abandonados a su suerte. Todo un ejemplo de irracionalidad en política educativa, porque, cabría preguntarse, ¿tiene sentido que el Estado siga gastando recursos para formar a los jóvenes en algo de lo que probablemente, nunca podrán trabajar?

¿No sería más lógico destinar esos recursos siempre limitados, a fomentar otro tipo de formación, más acorde con las necesidades del mercado laboral español?

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