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Factores protectores y factores de riesgo asociados a la Prevención del Consumo de Drogas en mi Historia de Vida

Pretendo con este artículo compartir un conocimiento y una estrategia teórico-práctica, que según mi criterio,  debe manejar cualquier actor social interesado en la prevención del consumo de las drogas en niños, adolescente y jóvenes.

 

En primer lugar, definamos los conceptos que nos interesa tratar:

 

Factores de Riesgo: Son características personales,  grupales, sociales o familiares que estando presentes y combinadas entre sí,  pueden  facilitar o aumentar la probabilidad de que se produzca determinado fenómeno. La imagen más visual y representativa podría ser la de un gran  precipicio o barranco.

 

Factores Protectores: Son características personales,  grupales, sociales o familiares que estando presentes y combinadas entre sí, contribuyen  a modular, prevenir o reducir el uso de las drogas y problemas asociados a la misma. La imagen más visual y representativa podría ser la de un gran escudo.

 

Una síntesis de lo anterior sería: “se han logrado identificar una gran variedad de condiciones llamados factores de riesgo que determinan o aumentan la posibilidad del consumo de drogas y existen otros que reducen la posibilidad del consumo que son conocidos como factores protectores”. Madrigal, E. y Sayago, L. (1999). Manual de capacitación para docentes Habilidades para la Vida: prevención del consumo del tabaco, Alcohol y otras Drogas.

 

Me gustaría enlazar estas definiciones con mi experiencia autobiográfica para comprender mejor qué es un factor protector y qué es un factor de riesgo. Permítanme compartir con ustedes algunas de mis  travesuras de infancia. Les invito a que vayan identificando algunos de estos factores que van apareciendo en la historia, tomando en cuenta la definición de ambas categorías.

 

Historia de Juan:

 

Tengo muy pocos recuerdos de mi abuelo paterno. Pero el recuerdo de infancia que más me impactó fue su funeral. Mi abuelo Juan, murió un 10 de diciembre cuando yo sólo tenía 4 años. La verdad es que a esa edad,  por lo general, son muy pocas las cosas que puedes recordar. Pero recuerdo con nitidez su urna en el centro de la sala de su casa. Sin embargo, cuando pienso en él, en vida, lo recuerdo con su saco gris y su sombrero de  cogollo, sentado en la entrada de la casa con su botella de anís… Sólo cuando alcancé la adolescencia comprendí la causa de su muerte: Cirrosis Hepática. Él tomaba mucho… Esta fue una de las experiencias más fuertes y más incomprensible de mi infancia.

 

Viví mi infancia en un barrio marginal de Caracas. Aún teniendo padre y madre que velaban por mí, acostumbraba como el resto de los niños a hacer mi vida en la calle. Era como mi segunda casa, en ella jugaba, trabajaba y, en algunas ocasiones hasta comía. Aunque estudiaba, pasaba con mis hermanos y amigos mucho tiempo en la calle. Recuerdo que los fines de semana eran los días predilectos por la pandilla de amigos… ¡Era el momento para estar en la calle hasta la 1 ó 2 de la madrugada jugando a policías y ladrones, mientras mi padre y los padres de mis amigos disfrutaban tomando cervezas, jugando al dominó o a las cartas! Más tarde, empezaba la música con el cuatro, la guitarra,  el arpa y las maracas en la casa de los Plazolas. ¡Más de una vez pillé a uno de los padres de mis amigos preparando y fumándose un porrito o como le llamaban en el barrio popularmente “tabaco de marihuana” y también cocaína “perico”!

 

Recuerdo que por ser uno de los más pequeños de la pandilla, más débiles e ingenuos, tenía que mostrarme como más grande, más fuerte y más listo. En ocasiones, me juntaba con los líderes negativos, los más respetados por el resto del grupo para sentirme protegido. Me la pasaba en el callejón del barrio jugando a las metras (canicas), el trompo, la perinola, al perolito, pared, a la pelotica de goma, al  cero contra pulsero y,  al carro sin placa no anda (juego que me ocasionó en varias oportunidades tremendas peleas por hacerme respetar por los más fuertes). También me buscaban para ponerme los guantes de boxeo y apostar por mí (porque era muy ágil) o por los más gallitos. Mi protector de boca era una concha de naranja… ¡tremendo artilugio! ¡Al final del combate no sé qué me ardía más… si la boca o la cara por los golpes! Nuestros vecinos, algunos adultos, también me buscaban para irles a sellar el cuadro de caballos,  botar la basura o para descargar un camión de arena. Mis padres y mi abuela  paralelamente me recordaban siempre que tenía que ir a la escuela.

 

Nuestros padres nos tenían prohibido recibir cualquier tipo de drogas y procuraban cuidarnos lo mejor posible. Por supuesto que para ellos “drogas” eran: Marihuana y Cocaína, porque el uso y abuso del alcohol y el tabaco eran considerado lo más normal y natural en el barrio.

 

Otra prohibición era llevar objetos robados a la casa. “Mi abuela siempre nos decía que el que andaba con cojo al año cojeaba” “Que dejáramos las malas juntas y la calle porque en ella no íbamos a aprender nada bueno”.  ¡Tantos sermones de mi abuela han valido para que con el tiempo siempre estuviese  orgullosa y contenta de ver a sus “nietos preferidos” hechos hombres de bien!

 

En mi casa mis padres no fumaban cigarro, y papá, cuando lo hacía, era porque  estaba con su grupo de amigos (cosa que a mí me extrañaba mucho). También tomaban cervezas, anís, o “caballito frenado” (Ron Pampero). Sin embargo, en la calle y en las fiestas  del barrio, era normal ver a mucha gente fumando y tomando (cosa que a mí no me resultaba extraña).

 

Recuerdo que la primera vez que me fumé un cigarro tenía 8 años, y lo hice para ser aceptado en mi grupo de pares. Ellos tenían sus códigos y se ponían de acuerdo para ir a fumar en el cerro cerca de la casa de la Sra. Ilda. Yo, como era tan despierto y curioso, siempre estaba pendiente de sus códigos. Pero como era muy pequeño no los entendía. ¡Algo me imaginaba! ¡Hasta que un buen día, me les planté de frente para que me explicarán qué hacían! Eduardo (apodado “Cara”),  me dijo que yo era muy carajito (pequeño) y eso era cosa de hombres. Así que le dije, que yo también era un hombre y que me pusiera una prueba. La prueba consistía en conseguir un medio para completar y comprar una caja de cigarro y una caja de chicle de menta.

 

Así que llegó el día,  creo que era viernes o sábado,  porque eran  los días más propicios para nuestras travesuras. ¡No recuerdo quién compró la caja de cigarro, pero eso no era ningún problema porque a cualquiera de nosotros nos las hubieran vendido! Lo cierto es que ese día llevé mi medio. ¡Yo me sentía importante, grande, aceptado y con un poco de miedo por la novedad de la experiencia! Primero, tuve que cantar la zona (vigilar con atención) junto a un grupo de cinco amigos. Mientras que el otro grupo se fumaba sus cigarros y luego nos tocaba a nosotros… Al principio, un poco de tos y hasta malestar por lo caliente del humo. ¡Sentí inmediatamente cómo se cargaba y se calentaba mi garganta, pero sólo con ver a mis amigos más experimentados me sirvió para terminar de fumarme mi cigarro!  Al terminar nos repartimos la caja de chicle menta y cada uno bajamos al callejón a jugar como si nada hubiera pasado. Esta escena se repitió varias veces hasta que un buen día casi nos pillan y, por el temor de que se enteran nuestros padres lo dejamos por mucho tiempo. Yo tuve la suerte de dejarlo por siempre… hasta el día de hoy. Lamentablemente, para otros de mis amigos de la infancia, eso fue la puerta de inicio y trampolín para el uso de otras sustancias.

 

En algunas oportunidades he escuchado a la gente mayor decir: “los niños tienen un ángel que los protege” En nuestro caso, yo creo que realmente es así, porque nosotros retábamos al peligro, y hoy tengo la suerte de contarlo. Un ejemplo es el hecho de correr y lanzarnos por un barranco o pendiente a toda velocidad para pasar la autopista de Montalbán antes que los coches. Incluso, en algunas ocasiones, nos daba tiempo de tumbarnos en plena autopista y pararnos muy rápido… ¡Hoy recuerdo esa escena y hasta me da escalofríos de pensar lo que pudo sucedernos!

 

Debo confesar que el barrio donde vivía era tan  peligroso que no subía ni la policía. En oportunidades, cuando entraba la Guardia Nacional no quedaba ningún malandro en la calle. ¡Desaparecían! ¡Todos se enconchaban en el cerro! Sin embargo, con frecuencia, en mi casa algunas noches teníamos que tumbarnos en el suelo para evitar encontrarnos con una “bala perdida”; producto de  las peleas entre pandillas o los intercambios entre malandros y policías.

 

No todo era malo en el barrio. Había mucha gente buena que quería el bien para nosotros. En primer lugar, nuestros padres, que se sacrificaban trabajando por nuestros estudios. La abuela María, quien nos vigilaba y velaba por nosotros. El Sr. José Bracho, mejor conocido como el “Sr. Can”, quien nos sacaba del barrio los sábados para llevarnos a jugar beisbol en un terreno de Moltabán y, algunos domingos, nos llevaba al parque del Este para trotar. Afición a la que a día de hoy le dedico con mucho gusto parte de mi tiempo libre junto a mis “amiguetes” del Club Maratonianos de Leganés.

 

También recuerdo al P. Wyssenbach (sacerdote jesuita), era todo un ejemplo de sacerdote solidario. Para mí fue el primer contacto con un representante de la iglesia institucional. Este hombre era un profeta que anunciaba, denunciaba y proclamaba la palabra de Dios en comunidad. Era uno de esos curas que predican y viven con el ejemplo,  de los que hablan poco y hacen mucho por el bien de la gente.

 

Más tarde, cuando me preparaba para la primera comunión conocí a Luis Germán, (Salesiano de Don Bosco). Él fue para mí un amigo, un guía y un ejemplo de vida saludable y feliz que hasta el momento no había conocido. Gracias a su presencia en mi vida pude cambiar de ambiente y de amigos, creando una nueva red social de relaciones. Estoy seguro que desde ese día mi vida tomó un nuevo sentido. Fue el Carisma Salesiano y el Sistema Preventivo (amabilidad, razón y religión), los que nos salvaron de la calle. Había sustituido la calle por un patio al estilo de Don Bosco: como una casa que acoge y un espacio de encuentro entre amigos. Ahí, aunque seguía con mis travesuras, el ambiente era sano y recreativo. Los valores eran otros: el compartir, el respeto, el deporte, la amistad, el estudio, el trabajo, la vida… Ahí aprendí las habilidades necesarias  para convivir y resistir en ambientes de alto riesgo asociados al consumo.

 

Más tarde, llegó mi primera medalla de “oro” por participar en un campeonato de futbolito. Luego las excursiones, convivencias, estudios. Experiencias muy significativas en mi vida que recuerdo con mucho cariño y a las cuales debo mucho de lo que soy.

 

Con este breve relato subrayo la importancia de reconocer los factores de riesgo y los factores protectores que rodean la cotidianidad de nuestras vidas. Sobre todo destacar que en el problema del consumo de drogas no existe una condición causa-efecto sino una serie de variables conjugadas que aumentan o disminuyen las probabilidades del uso y abuso del tabaco, alcohol y otras drogas.  

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Comentarios:

  1. Escrito por Red
    Fecha: 2009-10-29 05:26:41

    Aparte de que me he reído con tus anécdotas y también reflexionado... me has hecho pensar mucho en esa experiencia previa que algunos tenemos con situaciones que pueden perjudicarnos (factores de riegos) pero que oportunamente, superamos, con la ayuda de personas y acciones. Aunque algunas veces no sean adicciones prec...isamente a las drogas, pues hay muchas más cosas a las que ser adictos... Gracias al encuentro con la espiritualidad y el amor a la vida. Eres un resiliente y un hombre maravilloso.

  2. Escrito por Red
    Fecha: 2009-10-30 03:10:24

    Muy buen artículo!! Al principio tiene un aire de prólogo de un gran libro, de hecho genera mucha espectativa y uno se queda como esperando la otra parte... La mayoria de la música occidental se basa en el principio de tensión-resolución en el que se genera una sensación de necesidad de resolver o concluir a algo y luego descansar. Mas o menos análogamente el artículo es algo asi.. A mi modo de ver...

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