libreria

Las dimensiones de la aparición se tornan volubles, dijimos no hablar, les explico, es como una manera temporal de existir.

Garramuño nos anticipa, nos describe como si fuera un mago, pero al final, todos lo somos.

Me pide amor, no cualquier amor, quiere ser amado, quiere que lo ame, y bien, yo le pido respuestas, no cualquier respuesta, quiero entender, quiero que me explique.

Que me enseñe, cómo se ama.

Quién es él, me preguntan.

El, es un día, alguna noche y también todas. El, es el amor, es tiempo, es no saber, pero sobretodo, es mi maestro. No, no es un hombre sabio como dijo el inocente del pueblo de Antioquia escuchando alucinadas opiniones. Es otra cosa de la que hablo, él es mi maestro, él me-muestra las costelaciones del momento, a la vez, aprende lo que quiere él mismo aprender y deja pasar lo que no quiere ver aún. Su método es básico, es llevarme, eso sí con cierta dulzura extraña, a rincones del laberinto donde quedamos cobijados por la paradoja de la compañía y la ausencia.

Esa misma paradoja que nombró hace poco con los párpados cansados, con exquisita parsimonia y una especie de amorosa paciencia como quien explica una ecuación matemática o variables complejas asidas tan sólo recientemente, sentado en la silla de una panadería vieja a la que siempre vamos. 

El se muestra a mí, mientras también aprende.

Aprende que puede amar pero que no sabe sentirse amado por una suerte de confusión congénita, aprende que protesta pero casi nunca entiende sus rebeliones interiores, a favor, pero a la vez, contra sí mismo.

Camino a su lado, a veces triste, otras tranquila, otras más bien aburrida y casi siempre lo hago con una benevolencia innata hacia nosotros, tomo su mano con los ojos vendados, desnudando todo de mi, todo de él, creyendo que me guía un maestro.

Con los ojos vendados, escucho, huelo, saboreo ¿qué puede ser entonces, amar?

No tenemos pretensiones revolucionarias, ni tampoco buscamos llenar plazas públicas como si produjéramos algún tipo de tratado nuevo sobre el amor o la esperanza o el futuro. Tan sólo quizás aspiramos a no aspirar nada, y visitar entonces el mar, y así, confiados ya, mirarnos en paz una noche cualquiera, una, todas, y abrazarnos ya, como siempre en la cama, y .. sí, de pronto una cosa más, repetir, repetir ya, ese encantador silencio que exhaló hace poco, sentado en el sillón de la librería, perfecto y hermoso, observando mis pasos tristes pero enamorados y que lo sostenían sin percatarse, como a un volcán incontrolable, nuevo, antiguo, usado, inedito, confuso, pacífico, en fin, un volcán que palpita en mi pecho, desde antes, desde ayer, ese tiempo sin lugar ya.

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