Antonio acelera el paso para montar en el ómnibus, hay tal desorden de ideas en su mente que olvida pagarle al conductor, se percata casi a la mitad del pasillo, pero de todas formas este no le llamó la atención y él continuó. Tenía que asegurarse de que era ella. ¡Silvia otra vez, no puede ser!  Estaba sentada al final del pasillo.

  Al igual que la noche anterior, también tropezó con ella en el parque por la mañana; dos días atrás la vio conversando cuando ella salía del trabajo.

  Él no lograba olvidar aquella tarde cuando regresaban de la casa de sus padres; Silvia iba a su lado mientras manejaba, ambos se entregaban AMOR. Entonces ocurrió, él no se fijó en la luz del semáforo y provocó el fatal accidente.

  ¡Tenía que ser su Silvia! Decide acercársele; logra vencer el espacio que los separa sin notar el contacto con los demás pasajeros. Entonces ella se pone de pie para abandonar el ómnibus y casi tropiezan en la puerta.

— ¡Silvia! —ella mueve levemente el  rostro, pero sigue caminando.

  (Es lógico, yo la maté aquella tarde, SÍ, PORQUE FUI YO, por supuesto ella no puede oírme, pero por qué aparece a cada momento), especula Antonio.

  Continúa detrás de ella, al menos con la satisfacción virtual de contemplarla; aunque sin calmar sus expectativas de amor.

  Llegan hasta la puerta del Campo Santo, la cruzan y Antonio no lo advierte, solo mira a Silvia, se pregunta si es bueno mirarla así, con amor, ternura, o tal vez con lástima; una lágrima hace lo indecible por humedecer su rostro, pero no aparece.

  Él espera un momento para estar completamente seguro de que su Silvia se acercará al lugar donde hace ya casi tres meses se despidieron para siempre.

  ¿Será verdaderamente tan difícil asumir la muerte?

   Encuentra la respuesta al leer la sencilla lápida donde Silvia colocó las flores:

  “Para Antonio y para siempre. Mucho amor de su Silvia”. (Septiembre 20, 2003).

Flores de amor

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