En lo personal reconozco que nunca creí en videntes, siempre los catalogué como charlatanes y vividores; sin embargo, mi percepción cambió cuando conocí y traté a muchos de ellos, no por iniciativa propia, sino porque entré a trabajar, hace unos quince años, como agente vendedor de una sucursal en Colombia de una multinacional estadounidense, cuyo producto estrella es una famosa colonia, la cual es usada —a pesar de que no fue creada para ello— por chamanes para celebrar rituales, pues supuestamente atrae la buena suerte. Esa empresa también fabrica jabones esotéricos. Los principales clientes de la Compañía eran empresas mayoristas y droguerías, pero también almacenes esotéricos donde por lo regular hay videntes a disposición de la ansiosa clientela.

De esta forma conocí a muchos, pero la relación que mantuve con ellos era estrictamente profesional, de vendedor a comprador, nunca me interesó que pasará de allí, pues no creía en esas cosas. Pero un par de videntes me impresionaron, y fue por casualidad.
La primera fue Lola*. Llegué a su consultorio a cobrarle una factura y se me quedó mirando seria, fijamente a los ojos, y me preguntó qué me pasaba pues me notaba decaído. En efecto, acababa de pelearme con mi novia, a quien amaba pero que lastimosamente no me inspiraba confianza, y así se lo expresé a Lola en un arranque de sinceridad. Ella sonrió y, muy compasiva, me invitó a seguirla a su oficina. Allí barajó unos naipes indicando que me sentara y los partiera en tres partes, que me sacaría de dudas inmediatamente. Yo temblaba y empecé a sudar. Ella lo notó y me tranquilizó arguyendo de que no me dolería. Asentí, tomé aire y separé los naipes en tres partes, no niego que también sentía temor por lo que podría escuchar.  Entonces empezó... Me dijo que mi novia era inestable emocionalmente, y que su anterior relación con un hombre moreno terminó porque ella lo traicionó con un hombre blanco. Quedé de una pieza, un amigo ya me había contado de eso y no le creí; y Lola no tenía cómo saberlo pues Barranquiila es una ciudad grande. Para consolarme Lola me dijo que no me preocupara y disfrutara de esa relación hasta donde pudiera pues mi destino final no estaría al lado de ella, sino junto a una mujer muy morena, y eso ocurriría un par de años después. La duda me invadió, pues no sé si por la ley de compensación (soy moreno) prefiero a las rubias, y aunque no tengo nada contra las de color, mis anteriores relaciones fueron todas con chicas de piel clara.También me dijo que mi hija mayor me presentaría a un buen amigo con el que meses después se casaría. Lo de la mujer morena se cumplió, no a los dos años pero si al año y medio, y es con la que estoy casado actualmente. A los tres meses de aquel suceso, mi hija mayor me presentó al buen amigo y meses más tarde celebrábamos una boda en casa.



Un vecino atravesaba por un terrible problema sentimental y en medio de unas cervezas me pidió un consejo, y no sé por qué se me dio por enviarlo donde Lola. Su angustia era tanta que no tardó en visitarla, pero regresó frustrado porque ella le predijo que pronto se iría del país, él lo tomó a burla porque nunca haría tal cosa pues amaba a los suyos. Actualmente vive en Venezuela lejos de su familia.
Y la otra vidente es Ana Lucia*. No ve cosas del futuro pero si enfermedades, incluso antes de que ocurran. Una de las tantas veces que la visitaba, entré a su consultorio y decidí devolverme pues el recinto estaba lleno y ella se encontraba dentro de un cubilo, en trance. No era el momento propicio para atenderme. Sin embargo, escuché que me llamó con una voz muy gruesa, distinta a la suya. Me ordenó entrar y obedecí. El cliente siempre tiene la razón. Su mirada era vidriosa, y sudaba copiosamente. Entonces me dijo sin preámbulos que debía revisarme la presión arterial con urgencia; y luego se desentendió de mí. Me marché no muy preocupado, contaba en ese entonces con treinta años y jamás sufrí de la presión, ni alta ni baja. Dos meses después me desmayé al experimentar una súbita baja de presión. Hoy en día mantengo siempre dentro de mi nevera mucha canela.
La empresa cerró sus puertas en Colombia hace ocho años, tiempo desde el cual no he vuelto a ver a Ana Lucia ni a Lola.

*Nombres cambiados.

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