“En este mundo existe una ley en la que todos nosotros pensamos muy poco” escribe un empresario. “Todo lo que ganamos por un lado en materia prima, energía y bienes materiales, lo perdemos por el otro. En esta vida tenemos que pagar por todo. Unos pagan su éxito con la mal afamada úlcera de estómago, otros con la pérdida de su moral, otros pierden el amor y la confianza de sus hijos… Para mí, el precio de mi carrera fue pérfido y peligroso: perdí toda relación con Dios. En el fondo no tenía la impresión de hacer un mal papel ante él: yo no robaba, no cometía adulterio, le dedicaba tiempo a mi mujer, era amable con mis vecinos y donaba para “el pan del mundo”… Pero en mi ser interior vislumbraba que esto no podía seguir así, pues sabía que autodeterminar mi vida y confiar en mi propia justicia era la peor forma de indiferencia hacia Dios. En un momento dado esto me quedó claro y decidí resolver el problema”.

Luego el empresario relata que reunió material acerca de Dios y leyó libros sobre teología y filosofía de las religiones, pero ninguno le ayudó. Al contrario, cada vez estaba más confundido. Pero un día halló la solución a su problema mediante la lectura de la Biblia: Jesucristo quería ser su Salvador… y lo fue. El empresario comprendió que Dios no le pedía méritos, sino su confianza, es decir, la confianza en la gracia divina y en todas sus promesas. Sólo después de esto las cosas cambiaron para él.

Comparte este Goo:

¿Tiene contenido inapropiado?

Comparte este goo con un amigo: