Excalibur, la mascota de la auxiliar de enfermería ingresada por contagio del virus del ébola en Madrid, ha sido sacrificada esta misma tarde, según ha anunciado la propia Consejería de Sanidad de la Comunidad de Madrid.

De nada han servido los ruegos, las peticiones que han inundado las redes sociales, las protestas y acciones que han llevado a cabo activistas animalistas en la puerta de la vivienda donde Excalibur estaba encerrado, desde que sus dueños habían tenido que dejarle, camino del Hospital.

Porque el perro permanecía en esta vivienda desde que sus dueños fueron ingresados en el hospital y absolutamente nadie, ni de la Consejería de Sanidad ni del Ministerio habían acudido a aquella vivienda, ni hablado con uno solo de los vecinos que comparten morada con los contagiados.

Excalibur, asomado a la pequeña terraza de la que hasta el día de hoy era su casa, observaba el exterior con curiosidad, ajeno a todo el movimiento en su favor que se producía en la calle, a los movimientos de multitud de coches de policía, tentáculos de los políticos que no han osado acercarse a la vivienda. Ajeno a las decisiones que sobre su futuro se tomaban a distancia.

Había otras opiniones. Expertos autorizados, no políticos sin formación nombrados ministros o consejeros a dedo, habían resaltado que el animal podía haberse mantenido en cuarentena, que era incluso muy improbable que hubiera un contagio humano-animal. Nada de eso ha valido. Debía ser que la pésima gestión del Gobierno, haciendo aterrizar en Europa un virus que hasta el momento solo se había generado en África tenía que encubrirse con la desaparición de un símbolo perruno. Por si acaso, la decisión inmediata ha sido incinerarle. Se supone que un análisis negativo del virus en sus restos no hubieran dejado en buen lugar a sus “sacrificadores”.

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